Día de las escritoras (con carga mental)

Escrito por: LUCÍA EMMANUEL

Antes de ser madre, incluso antes de estar embarazada, empecé a sufrir insomnio. Había una constante que me agobiaba en esas noches interminables y me hacía dudar de mis planes de tener familia, un miedo nacido de mis entrañas que no había tenido hasta entonces: miedo a dejar de escribir. Mi miedo más concreto era que la maternidad configurase mi cabeza de tal modo que ya no me quedase energía disponible y que la escritura me dejase de interesar. Era tan grande la parálisis, que llegué a cuestionarme de verdad si la maternidad era un camino para mí. Si la consecuencia sería renunciar a aquello que siempre había tenido claro en mi vida, igual no lo era para nada.

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Tal vez en ese momento me hubiese venido bien leer algunos libros como Maternidad y creación, donde escritoras como Margaret Atwood, Annie Ernaux, Jane Lazarre, Ursula K. Le guin, Toni Morrison o Sylvia Plath, nos relatan su experiencia a través de pequeños relatos o ensayos. O el libro Madres que cuentan, con entrevistas a autoras como Gabriela Wiener, Mar García Puig, Katixa Agirre, Silvia Nanclares, Pilar Quintana, Mónica Crespo o Margarita García Robayo, entre otras, que por aquel entonces no se había publicado todavía.

Pero puede que en ese momento tuviese que atravesar sola esas noches de insomnio, sin la ayuda de una tribu de madres escritoras. Aunque sí acudí a mis escritoras favoritas: mis amigas escritoras. Por lo que pude contrastar con ellas, es un tema sobre el que muchas dudan y, las que dudan, ponen igual que yo la escritura en el otro lado de la balanza. Ese miedo está en todas y algunas ya han decidido que no, que no serán madres, si tienen que sacrificar la escritura.

¿Por qué es tan grande el miedo a la renuncia en nosotras? ¿Tienen los hombres ante la paternidad los mismos miedos de sacrificar su carrera artística o literaria? 

Tres años más tarde y con un niño de dos años en mi vida, he podido comprobar que los miedos no eran infundados, había una razón para tenerlos y hoy ya soy capaz de evaluar si mis peores profecías se han cumplido. Diría que sí, pero no de la forma en la que yo pensaba. 

De mi cabeza no se ha esfumado la escritura, más bien todo lo contrario: ha enraizado aún más, se ha agarrado con uñas y dientes; como si ante una dificultad mayor, el deseo se hubiese hecho mucho más fuerte. La maternidad, además, es una experiencia que remueve tus raíces, te enfrenta a nuevos retos, te pone ante muchos abismos, aporta nuevos conflictos internos, despliega ante ti un nuevo mapa de lo desconocido, con rincones secretos, cuevas subterráneas y amaneceres con otros sonidos, colores y formas. Toda esas profundidades y complejidades son ahora materia de escritura, y no solamente si se escribe sobre maternidad.

Lo que sucede es que sí, inevitablemente la maternidad reconfigura tu cabeza. En gran parte, debe ser así, por el simple hecho de que tienes la vida de una criatura indefensa en tus manos. Ya no estás sola y no lo estarás nunca y debes garantizar la supervivencia de otra persona. Eso hace que aumenten las alertas, que antepongas las necesidades de otro ser antes que las tuyas, que el espacio de lo privado, íntimo, personal, quede relegado a un segundo plano, al menos durante un tiempo, que ya no sea primero un yo y luego un nosotros: el nosotros es el centro permanentemente.

¿Enfrentamos de la misma manera los hombres y las mujeres el reto de ser progenitores? ¿Lo hacemos desde el mismo lugar, con la misma entrega hacia los cuidados y la gestión de lo comunitario?

Tener hijos hace, básicamente, que tengas muchísimas más cosas en la cabeza. En este momento necesitaría un guardia de tráfico para regular todos mis pensamientos. Carga mental, se llama. Y el insomnio que padecí hace tres años no era más que el preludio del insomnio del embarazo, el de año y medio de biberones y el insomnio actual: una alteración permanente del sueño fruto de dormir con un pequeño ser al lado que tose, pide agua, se vuelca sobre tu lado de la cama, te da patadas involuntarias, y los madrugones para poder llegar a todo: trabajo, casa, compra y todas las tardes libres que pueda para estar con mi hijo.

Así que, cuando hago mil malabares para conseguir la casuística para poder ponerme a escribir, cuando hago mis trucos de magia y convierto el tiempo un fractal que se repliega y repliega sobre sí mismo para contener un montón de segundos en uno solo, cuando llega ese momento, mi momento de escritora, muchas veces estoy literalmente agotada. Y es que, como decía Lara Coto en un artículo del blog de la temporada pasada: El tiempo no lo es todo. 

Hoy es el Día de las Escritoras, que se celebra siempre el lunes más cercano al 15 de octubre, aniversario de la muerte de Teresa de Jesús. Un día que, igual que el 8 de marzo, no se trata de una celebración, sino de una reivindicación. Como dice una página de la Biblioteca Nacional de España dedicada a este día: “reivindicar la labor y el legado literario de las mujeres, tantas veces relegadas a un segundo plano a lo largo de la historia”.

Hasta este año no he sabido por qué elegían esa fecha, ni tampoco que esa página contiene una sección dedicada a las Autoras donde, lo primero que te presentan al pinchar en una de esas fotos, no es una biografía como podríamos esperar, sino fragmentos breves de su literatura. No puede haber mejor forma de presentar a una mujer escritora. Una vez dentro, hay otros botones donde pinchar: “Obras en BDH” (Biblioteca Digital Hispánica) y, mi favorito, un botón llamado “Semblanza”, donde adentro puedes ver, ya sí, la biografía de la autora y, en algunos casos, una cronología de su vida literaria y la obra que tienen digitalizada. Si os interesa, podéis entrar por ejemplo en la fascinante Carmen de Burgos. Cuando descubrí esto, me pareció una mina de oro, un canal de comunicación directo con nuestras ancestras literarias, donde acudir a su literatura, dialogar con sus ideas o, simplemente, mirarlas directamente a los ojos y preguntarles: ¿lo estamos consiguiendo? ¿estamos honrando vuestra memoria, vuestra fuerza, vuestras luchas?

En esa página no solamente hay escritoras fallecidas. También hay mujeres en pie que siguen llenando páginas y páginas de nuestra literatura. Una de ellas es Rosa Montero. Nunca olvidaré la charla que nos dio en la Escuela de Escritores, la franqueza con la que nos habló a un elenco de estudiantes de narrativa: “No se puede vivir de la literatura”, incluso ella misma se metía en ese saco, al decir que ella vivía de ser columnista y dar charlas, no de sus novelas; “No se puede ser arquitecta y escritora”, aludiendo a que debes de tener un trabajo que te permita tener suficiente tiempo y tranquilidad mental para poder escribir obras.  

Agradecí mucho la franqueza de Rosa Montero y he seguido dialogando con esa charla mucho tiempo después. Tal vez ahora más que nunca, cuando más ganas tengo y más dificultades para hacer literatura.

He mencionado de pasada el término que aparece en el título de este artículo: la carga mental y que, si he querido poner en el centro, es para traer a debate una reflexión por el Día de las Escritoras.

En un tiempo (y una sociedad privilegiada respecto a otras) donde ya no tenemos que sortear las mismas dificultades que esas mujeres que nos miran desde la página de la BNE, donde ya no tenemos que disfrazarnos de hombres o firmar con seudónimos o vivir a expensas económicas de un hombre y supuestamente (supuestamente) podemos decir abiertamente lo que pensamos, ¿cuáles son las luchas a librar y dónde debemos librarlas?  ¿dónde están las brechas ahora? Porque haberlas haylas y no son meigas precisamente. 

Una sociedad donde hay feminicidio, machismo y micromachismos, violencia de género, brecha salarial, mansplaining y dobles jornadas, es una sociedad no igualitaria y eso se refleja en todos los aspectos, también el literario. Porque, “lo personal es político”, como dice esta frase que ya es de todas, porque desde el comienzo siempre fue de todas y nunca se le atribuyó a una autora en concreto.  

Lo personal nunca es exclusivamente personal y aquello que te sucede siempre le sucede a más gente. Una prueba son las viñetas de Emma Clit sobre carga mental de su cómic No me lo has pedido, algunas de las cuales se pueden leer en la página web de la Asociación AMIGA por los derechos humanos de las mujeres. Allí se pueden ver algunas situaciones cotidianas en las que nos vemos reflejadas las mujeres. 

Para indagar sobre el tema desde un punto de vista no solo de lo cultural, sino también de la psicología, recomiendo mucho leer este artículo de la agencia SINC (Servicio de Información y Noticias Científicas), publicado por la periodista especializada en salud, Verónica Fuentes, el pasado 8 de marzo.

Dice Verónica Fuentes que “a efectos prácticos, tener carga mental implica que una persona está en alerta constante para dar respuesta a todas las demandas que se le presentan”. Y la doctora en Psicología Montserrat Lacalle explica que “las mujeres hemos sufrido más carga mental porque, por distintos motivos, siempre hemos liderado los cuidados” y menciona sus efectos físicos y psíquicos: “el sistema nervioso se hiperactiva y desencadena una serie de síntomas físicos: cansancio, agotamiento, falta de energía y alteraciones del sueño o en la comida. Y en el plano emocional aparecen irritabilidad, tristeza y la no realización o insatisfacción general”. 

Aunque, lo más interesante del artículo me ha parecido que señalan la culpa como uno de los enemigos número uno para la resolución de este problema. Ya que las mujeres, aunque deleguen parte de las tareas para que las realice otra persona de la familia, sienten culpabilidad cuando lo hacen.

Lo de la culpa es algo que ya comentaba Nuria Labari hace años en esta entrevista de Lecturápolis al hilo de su publicación La mejor madre del mundo, aunque ella hablaba de mujeres que se sienten culpables cuando están escribiendo. Y es que en el propio título del libro está la clave: en la maternidad las mujeres no somos madres, debemos ser las mejores madres del mundo, y cuando realizamos cosas fuera de lo esperado, aflora la culpabilidad. Incluso aunque el hombre de esa novela es, según Labari, maravilloso y dispuesto a todo, la carga mental y la culpabilidad recae más en nosotras. Algo que, para Labari, sucede no solo cuando hay hijos.

¿Partimos los hombres y las mujeres de las mismas condiciones a la hora de escribir? ¿Disponemos del mismo tiempo, el mismo apoyo, la misma disposición mental, la misma libertad?

Si Rosa Montero está en lo cierto y no se puede vivir de la literatura y tampoco se puede combinar un compromiso fuerte con la escritura con un trabajo de alta responsabilidad (y, por ende, de alto salario), las mujeres que ya venían ejerciendo una doble jornada, si además son escritoras serán, en muchos casos, mujeres precarizadas ejerciendo una triple jornada: la literaria.

En este artículo, Diana Clouet (unaeditora) nos cuenta el secreto para escribir cuando eres madre: “tener las facturas pagadas y la posibilidad de delegar las tareas de cuidado es lo que permite dedicar el tiempo necesario para escribir algo que merezca la pena”. Y nos habla sin tapujos del caso de Stephen King, que escribió sus primeras novelas en una caravana donde vivía con su mujer y sus tres hijos, mientras Tabitha King (también escritora) “paró su producción como poeta al poco de nacer su primera hija (1970), y no volvió a publicar nada hasta diez años después, cuando el tercero de sus hijos tenía ya cuatro años”. Otro artículo que recomiendo leer con creces, por su franqueza y todas las recomendaciones de lecturas y de su experiencia en el terreno literario. Y termino aquí mi reflexión y mis recomendaciones, traslado el debate hacia el otro lado del papel. 

Con un embotamiento mental y un ligero dolor de cabeza, que espero que me cure el primer café de la mañana, cierro todas las pestañas abiertas, todas las notas en mi chat de whatsapp, mezcladas con links a concursos literarios a los que no me he presentado, todas las fotos de escritoras que me siguen mirando desde sus semblanzas, borro la larga ristra de frases mal hechas, sin sentido lógico, de párrafos inacabados o maltrechos detrás de estas palabras y resoplo por lo conseguido: terminar este artículo que no sabéis cuánto CUÁNTO me ha costado escribir, mientras del otro lado de la pared una voz diminuta despierta y dice: “ama, ama”. El padre a su lado lo vuelve a dormir con el chupete. La tensión en mis hombros ya está activada, como un resorte. Un nuevo día comienza.

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Acerca de los autores

Lucía Emmanuel, profesora de Escuela de Escritores - IMG300 - fotografía de Ático 26

Lucía Emmanuel

Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).

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Jorge Corrales

Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).

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Lara Coto, profesora de Escritura Creativa para Adolescentes en Escuela de Escritores - IMG570 - fotografía de Ático26

Lara Coto

Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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Chiki Fabregat

Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.

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Alejandro Marcos

Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.

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