Escrito por: SARA G. RUIZ
Entre los que guardan como hormiguitas, hasta un día que quizá no llegue, y los que dicen sí sin haber terminado de escuchar la pregunta, soy fan del segundo tipo. Desde la distancia. Tengo la teoría de que exprimiendo se disfruta más del verano y no solo de los limones; que no hay mejor objetivo que vagar sin rumbo por un pueblo que no conocemos, explorando sus casitas encaladas y las flores cuyo nombre desconocemos; o pasarse el día en la playa sin el móvil, ni el libro, ni mayor entretenimiento que abrir los ojos, despejar los pulmones y tomarse un helado de frambuesa. La vida debe pesar menos sin mirar atrás, ni esperar ningún permiso, sabiendo que el único permiso necesario es el que nos damos nosotros mismos a usar estos cinco minutos que vas a tardar en leerme.
Para los que esperamos, el ahora tiene una plasticidad limitada. No nos vale todo, no justo en este momento. El tiempo es un esclavo de nuestros proyectos y neurosis. Programamos y encontramos consuelo en cumplir con nuestro programa. El deseo por lo que no está es un sabor agridulce en nuestras lenguas que nos gusta, quizá demasiado. Proyectamos toda melancolía, y nos regodeamos en la espera, para imprimirlos en una única fotografía que manoseamos al contar los días que quedan para sacar la bufanda que nos tejió la abuela.
El uno de septiembre los melancólicos volvemos al trabajo a regañadientes, y, para compensarnos, hacemos sonar un pistoletazo de salida para todo el anhelo que hemos acumulado frente al ventilador, sin saber gestionarlo. Ese que nos mantendrá cuerdos cuando la rutina nos arrolle. Nos encontramos ensoñando el disfraz de Halloween y el primer adorno navideño para el árbol. Algunos notamos el aumento de las publicaciones de redes sociales, que ya preparan NaNoWriMo (National Novel Writing Month), necesitando de una excusa para ponernos a escribir, en lugar de llevar once meses haciéndolo. Y si me preguntan por qué, la mayor parte del tiempo no siento que tenga un motivo justificado para apuntarme a ninguna de estas iniciativas. Ni conozco a nadie que lo tenga. Miento y digo que es porque creo que el año empieza en septiembre, no en enero, pero todos sabemos que no es ese el motivo. ¿Qué ganamos al marcar cuentas regresivas, al anotar fechas de entrega para generarnos una falsa sensación de urgencia?
Azarosamente me he topado hace poco con una definición maravillosa del anhelo en el blog de la artista visual Ksenia Odintsova: «El anhelo es la emoción que aparece cuando el deseo se encuentra con la distancia». Quizá sea esa la verdadera razón para trazar planes y marcarnos un carrera contrarreloj en cada actividad: alejar el objeto de deseo para hacerlo alcanzable sólo en el último minuto. Si todo se cumple. Volverlo «controlable», predecible. Es posible que, donde hemos ubicado el placer de anticipar, este sólo la tierna mentira de que controlamos nuestro destino. Quitarle incertidumbre a la vida, y dejar que las únicas sorpresas que recibamos sean pequeños desvíos de diseño, parece aburrido, lo sabemos, pero nos hemos convencido de que duele menos. Nos da soporte. Es algo así como nuestro tacataca emocional. Y mientras nos haga sentirnos más capaces es un alivio, pero también ocurre que, a veces, nos paraliza.
Escribir, sobre todo aprender a escribir, supone entregarse a guardar un rato de escritura al día, a la semana, qué sé yo, al mes si nos apuran, y tiene un poco de poner al servicio de algo muchos ratitos. Incluso para quien disfruta muchísimo de escribir, todos y cada uno de esos momentos se van guardando. Son granitos de arena en un reloj que acumula lo que cuesta ponerle un traje de verdad al emperador, y no engañarnos a nosotros mismos. Porque sí que puede que se te haya ocurrido la mejor idea para una novela de la década, pero mientras no la pones por escrito, nunca nadie podrá valorarla. Ni siquiera tú mismo. Sin embargo, cuando sacrificamos esos granitos de tiempo en acciones, en sentarnos a pensar, a escribir, a diseñar, incluso a soñar con nuestra historia, parece como si trazásemos un poco de ese destino que queremos. Somos el protagonista que hace cosas y no solo deja que las cosas le sucedan.
Lo que pasa, sobre todo al principio, es que lo que planificamos que ocurra (que nos sentaremos y escribiremos la escena y nos levantaremos encantados con nosotros mismos y muy satisfechos con lo que hemos escrito) no sucede tal y como imaginamos. Rara vez es tan fácil. Y quizá tenemos una escena que vuelve a veces a visitarnos sin que la capturemos nunca, porque no era el momento. O porque la capturamos torpemente la primera vez. No tenía papel, no me iban los dedos suficientemente rápido en la pantalla del móvil. Era justo esa escena que se nos ocurrió aquella noche, intentando no quedarnos dormidos en el metro, de vuelta a casa, escuchando Artic Monkeys en los cascos. Esa que nunca vuelve igual, y siempre parece haber perdido algo. Y si ponemos la mitad de ilusión en romantizar el momento en que nos sentemos a escribirla, y le quitamos el noventa por ciento de presión a que “salga bien”, puede que se convierta en un regalo imprevisto. No por el triunfo moral ni por su utilidad en sí misma, más bien como truco de magia. Aunque sea magia de la que se cuece muy poco a poco. De la que invoca una ruta de escape y una llave maestra, para que nuestro animal interior se sepa más fuerte que las ataduras que una vez lo domaron.
Escribir así, sin necesidad de enseñarlo a nadie, sin necesidad de cumplir curriculum, sacando solo de dentro, bien o mal, es la aventura planificada que os propongo, por si a vosotros os ayuda a entrenar el hábito de no esperar nada. Ni de nosotros mismos. Y al menos yo, en este principio de curso, quiero apuntarme a esto de enfrentar las cosas con más espacio para abrazar la imperfección. Y con la idea de que enfrentarme a la incertidumbre nunca podrá aniquilarla, así que no es obligatorio elegir entre planificarlo todo, porque no nos valga si no es perfecto, o dejarnos caer por un barranco.
Así que mi pregunta, ahora que has terminado de leerme es, ¿dónde te gustaría empezar a creer en que tu próxima aventura es más que trazable? Marca el punto de inicio, no te dejes acompañar por quien no alimente tu espíritu aventurero, prepara con mucho amor el petate con tus dulces favoritos y pocas excusas para escaquearse. Y quema después el mapa si lo necesitas.
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