Escrito por: HÉCTOR HERNÁN
De camino a la biblioteca de Fuen, recuerdo mis pasos sobre el granito y las hojas naranjas, señoras de negro saliendo de misa y el vaho calentito entre las manos. El chirrido de las bisagras de la biblioteca ya me catapultaba a esa ilusión —una que tenía desde muy pequeño— de encontrar pasadizos que me llevaran a habitaciones con secretos.
—Fuen, me quiero llevar El señor de los anillos.
—Léete el El Hobbit y luego hablamos —me dijo con las gafas en la punta de la nariz mientras colocaba fichas en el catálogo.
—¿Y qué es El Hobbit?
Y así empecé a trastear en la biblioteca de Fuen, entre consultas a libros de historia del arte que me prestaba para hacer fotocopias en color —casi un ritual para los trabajos de clase—, novelas que a veces terminaba y el calor de las piñas en la chimenea. Mis visitas se parecían a un juguete sin instrucciones, pero creo que de eso se trataba: de jugar como si lo único que importase fuese jugar.
A veces eso es justo lo que necesito cuando le doy vueltas a una historia: no usar el libro de instrucciones. Me enredo, hojeo ese libro traducido en ocho idiomas y no me encajan las piezas. A veces sobran, a veces faltan. Y paso más tiempo intentando buscarle un sentido que en empezar a colocar las piezas, aunque sean de distintos colores o el capitán del barco termine metido en la bodega y al timón ponga una de las focas con un pescado entre los dientes. Claro que es importante conocer las técnicas, leer a maestros y maestras, y estudiar. Estudiar mucho. En algún momento nos tienen que enseñar a recortar bien esas fotocopias en color de los cuadros de Rembrandt, que, si no, luego se queda un reborde blanco y se ve feo al pegarlo, pero también quiero doblar alguna página del libro, subrayar a lápiz a escondidas o mirar la ficha de la primera hoja para ver quién se lo ha llevado ya.
La biblioteca de Fuen tenía dos salas. Una con tijeras, restos de pegamento por las mesas y trozos de cartulinas de colores por el suelo. Allí dejaba la mochila en la primera silla libre, mordía un regaliz —de los rojos, que los otros sabían amargos y me hacían arrugar la cara— y daba una vuelta por las estanterías. Mi obsesión eran las puertas con llave que condujeran, como a Alicia, al jardín de la Reina de Corazones o a grutas inexploradas. Siempre andaba buscando los libros de elige tu propia aventura. «Si decides llevarle la carta a Prufrock, pasa a la página 93». Ni quería llevarle la carta al inspector Prufrock ni buscar a un experto en la 92, así que arrancaba una página del cuaderno, la recortaba y la ponía justo entre la 92 y 93. En ocasiones, la historia dejaba de tener sentido y me aburría. Pero también podía pasarme la tarde dibujando al inspector con un bigote de varios metros y nadando entre cientos de cartas falsas.
La otra sala la custodiaba un mueble de madera con decenas de cajones, todos repletos de tarjetas escritas a mano con letra redonda: el catálogo. La sala del catálogo era la de los trabajos para clase o la de los mayores, los que alzaban la mirada en cuanto alguien se atrevía a parpadear. Allí todos los libros estaban escrupulosamente alineados. Los lomos estaban a la misma distancia del borde en todas las estanterías. Me imaginaba a Fuen con una escuadra y un cartabón ordenando todo cuando no mirábamos.
En la sala de los trozos de cartulina, poco importaban las fichas ni los catálogos. ¡Como si pudiera ordenar las manchas de pegamento! Allí todo valía, dejábamos los libros de texto por toda la mesa y más de un día me llevé un libro de sociales que no era mío. Lo reconocía enseguida porque, en vez de dibujos en todas las páginas que ya habíamos visto en clase, me encontraba con subrayados a lápiz y con regla. Dibujaba o escribía lo primero que me venía a la cabeza. No planeaba qué quería dibujar o escribir: simplemente lo hacía. Aunque me regañasen. Tampoco pensaba si lo expondrían en un museo o si la cera se me salía un poco al pintar una chimenea. Si se notaba mucho, repasaba el contorno de toda la casa para que quedara más grueso y no se notase que la chimenea tenía azul que se había colado del cielo. A veces me gustaba más el dibujo de esa manera que como lo había pensado.
Ya no soy un niño y la biblioteca de Fuen cerró hace años, al menos tal y como la conocía, pero vuelvo a ella cada vez que quiero escribir. Solo cierro los ojos, escucho el chirrido de las bisagras y ya huelo a las piñas de la chimenea. La sala del catálogo a la izquierda; la de la colección de elige tu propia aventura a la derecha. ¡Ningún paseo es igual! A veces necesito estudios sobre Proust y abro y cierro cajones tallados a medida para buscar entre sus fichas, siempre con cuidado de no doblarlas. Otras me quedo en el otro lado, me limpio el pegamento de las manos en la mesa y recorto cartulinas de colores, sin miedo a que caiga al suelo algún trozo. Cada uno y cada una es libre de elegir si va a la página 92 o a la 93, pero yo personalmente procuro no dejar de visitar la sala de los recortes por el suelo. Y es que allí nada me da miedo porque, en ese lado de la biblioteca, Fuen tiene quitado el cartel de silencio.
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