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Lara Coto (Madrid, 1992) estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Tras graduarse, trabajó como redactora en diferentes medios online, pero pronto se dio cuenta de que le gustaba mucho más escribir historias que escribir artículos, así que empezó a formarse en narrativa.

Durante cuatro años ha recibido formación constante en Escuela de Escritores, con cursos de Escritura Creativa, Relato, Novela I y Novela II, además de completar su primera novela en el taller de Proyectos Narrativos. Un año después de empezar a estudiar allí, pasó a formar parte del equipo de la Escuela y desde entonces trabaja en el departamento de administración y atención al alumno, donde desarrolla diferentes labores, especialmente en el ámbito de los cursos presenciales.

En 2017 y 2018 trabajó además como Project Manager en el proyecto CELA de escritores y traductores emergentes, lo que le permitió colaborar codo con codo con creadores y profesionales literarios de diferentes países de Europa. Actualmente, sigue participando en el proyecto como asistente en tareas de administración y logística.

Su trabajo en distintos departamentos de la Escuela le ha permitido aprender constantemente tanto de profesores como de alumnos, ha alimentado su pasión por la escritura y ha despertado su interés por la enseñanza. Gracias a ello, imparte cursos en la Escuela desde 2021.

Lara es una profesora fantástica, su trato con los jóvenes es maravilloso y sabe encontrar lo mejor de cada uno. Ha resuelto todas mis dudas con mucho cariño y con claridad. Me ha motivado para seguir aprendiendo y escribiendo.

Rocío Ruiz, desde Las Palmas de Gran Canaria

Entrevista a la profesora

Creo que se puede aprender y enseñar a todo, eso es lo que nos define como seres humanos. Es verdad que en todas las ramas artísticas hay un componente de creatividad que parece ser más o menos inherente a cada persona, pero a la hora de la verdad, lo que te ayuda a construir una buena historia es la técnica, y la técnica se aprende. También creo que cada persona tiene su propio proceso: hay quien aprende más rápido y quien necesita más tiempo; hay métodos de enseñanza que resultan más efectivos con ciertos estudiantes y con otros, no tanto. Hay personas autodidactas. Nada de esto es mejor o peor. Lo importante es encontrar lo que a ti te funciona.

Me gustaría decir que quiero ser profesora para contribuir a una causa mayor en la escritura: para difundir un arte que amo y que me hace feliz, y para acercárselo a otras personas. Pero la verdad es que mis motivos reales para enseñar son egoístas: aprendo muchísimo de los alumnos, de las alumnas y de otros profesores, por supuesto. La primera vez que corregí un texto, me sorprendí de la cantidad de cosas que yo misma podía extraer de esa corrección para mi propia escritura. Y cuando se trata de algo tan creativo como construir historias, conocer otras perspectivas y otras formas de trabajar me parece apasionante. Al enseñar, siento que estoy creciendo como escritora.

La Escuela ha sido un refugio para mí muchas veces, en muchos sentidos. Cuando me apunté a mi primer curso, yo estaba en paro, escribía muy poco (a pesar de que me encantaba) y tenía una incertidumbre total sobre mi futuro. En la Escuela no solo me dieron un trabajo, sino que me reconciliaron con la escritura, me ayudaron a redescubrir mi pasión por la misma y me acogieron como si este siempre hubiera sido mi sitio. Me siento afortunada por cada día que cruzo la puerta de la Escuela, y sé que no es por la Escuela en sí, sino por las personas que me esperan al otro lado.

Por lo general, intento aplicar lo que funcionó conmigo cuando era alumna, pero sé que cada persona es diferente y que a menudo tendré que adaptar la metodología a las necesidades de cada estudiante. Creo que la flexibilidad es fundamental. Y nunca me ha faltado libertad en la Escuela, porque aquí saben bien que el arte no es como las matemáticas, que no hay una respuesta exacta ni una fórmula correcta, y eso también se aplica a la enseñanza del arte. Pienso que debemos estar abiertos a evolucionar, tanto a nivel creativo como pedagógico.

Para empezar, les pido confianza en sí mismos y en el grupo, ya que me parece indispensable a la hora de escribir con libertad y de enseñar lo que has escrito. También les pido, en la medida de sus posibilidades, cierto nivel de constancia y de compromiso, porque así es como se puede sacar el máximo provecho a un curso de escritura: escribiendo a menudo. Y por supuesto, la apertura a las críticas y la predisposición a corregir y mejorar son también muy importantes. Al acabar, en realidad, les pido lo mismo, pero con una dificultad extra: que lo hagan solos, solas, sin el apoyo del grupo (que, por lo general, ayuda mucho a sostener la rutina y la actitud de mejora). En mi opinión, si un escritor consigue mantener siempre esa confianza, esa constancia y esa apertura al aprendizaje, su escritura nunca se estancará.

En cuanto al nivel de exigencia, creo que más que marcarlo, mi trabajo es ayudar al estudiante a que lo reconozca por sí mismo: las personas que se apuntan a un curso no siempre tienen el mismo objetivo. Hay quienes quieren dedicarse a esto profesionalmente y hay quienes buscan una nueva forma de disfrutar de la escritura. Teniendo en cuenta eso, no puedo marcar un nivel de exigencia único. Mi labor es ayudar al alumno a que identifique su meta y pincharle lo justo para que no se aparte del camino.

Para mí, lo más importante es que el grupo se sienta cómodo, que la clase sea un espacio seguro. Compartir lo que escribes no es fácil, sobre todo al principio, y exponerte a las opiniones de los compañeros y compañeras requiere cierto tipo de valentía. Intento enfocar los grupos como un proceso de retroalimentación constante, no como un camino de un solo sentido en el que yo explico y ellos aprenden. Para mí, es importante que sepan que pueden aprender de los demás y que también tienen algo que enseñar al resto.

Sin duda. Creo que el escritor debe estar en continuo aprendizaje y descubrimiento y, para ello, la enseñanza es tremendamente útil: no solo por el hecho de estar en contacto con otros escritores y conocer perspectivas diversas, sino también porque asistir al aprendizaje de otros nos ayuda a revisar nuestro propio aprendizaje. El ambiente de tertulia que se crea en un curso de escritura, sea este presencial o virtual, es lo más enriquecedor que he encontrado para mi técnica hasta la fecha. Mis alumnos y alumnas tienen la capacidad de enseñarme cualquier cosa, en realidad, porque a mí siempre me quedará algo por aprender.

Esa pregunta es muy difícil de responder para mí, porque igual que no creo en la receta del escritor ideal, tampoco creo en la receta del profesor ideal. Pienso que lo fundamental es que tenga un interés genuino por la enseñanza, que disfrute formando parte del proceso de aprendizaje de otros. Si cuenta con eso, el resto de cualidades son secundarias, porque tenga las que tenga, sabrá aplicarlas a su metodología de enseñanza. Sea más o menos exigente, más o menos lúdico o más o menos cercano, seguro que habrá estudiantes que puedan beneficiarse de su método, siempre que lo aplique con el objetivo de que aprendan de verdad y disfruten del proceso.

Eso es algo que aún estoy descubriendo y estoy segura de que pasaré por diferentes preferencias a lo largo de mi vida como profesora, pero ahora mismo siento especial interés por conseguir que el estudiante encuentre una voz propia a la hora de escribir. Es habitual, sobre todo durante nuestros primeros años escribiendo, que nos basemos en referentes, que “copiemos” (de manera consciente o no) las técnicas que por lo general nos satisfacen como lectores. Pero en el fondo, todos tenemos un estilo propio que es nuestro y de nadie más, y que viene dado por muchísimas circunstancias más allá de nuestros gustos. Creo que hay un antes y un después del momento en que empiezas a descubrir tu voz en la escritura, y me encanta presenciar ese momento en otras personas.

Soy bastante metódica con el tema de la organización. Tengo un hueco en mi día a día dedicado a escribir, siempre a la misma hora. Es un hueco pequeño pero irrenunciable. Así que, aunque vaya despacio, siempre estoy avanzando con mis proyectos. De esa forma, tengo la tranquilidad de que puedo dedicar el resto del día a mi trabajo y a otras tareas. También tengo días y horas concretas reservadas para las labores de profesora. Para mí, es muy importante estar totalmente presente en lo que hago, concentrarme en corregir cuando corrijo y en escribir cuando escribo. Por eso intento separar mi jornada de forma clara.

La verdad es que no tengo escritor favorito, pero sí muchos que me gustan o por los que siento gran admiración. Tampoco soy muy selectiva con los géneros, porque disfruto de casi todos de una forma u otra. Tengo especial debilidad, tanto al leer como al escribir, por la fantasía y la ciencia ficción, así que Ursula K. Le Guin y Ray Bradbury están entre mis referentes. Ahora mismo estoy leyendo El temor de un hombre sabio, de Patrick Rothfuss, que me tiene totalmente atrapada. Siento un inmenso respeto y cariño por la literatura infantil y juvenil (crecí con Roald Dahl, Laura Gallego y J. K. Rowling) así que, cada cierto tiempo, vuelvo a ella como una hija que vuelve a casa. Si busco crudeza, algo que me remueva y que despierte esa parte oscura del ser humano, mi preferida es Gillian Flynn. Si me preguntan por los primeros autores con los que aprendí a escribir, creo que diría Cortázar y Carver, ya que me acercaron a ámbitos muy distintos de la literatura. Y sé que esta lista seguirá creciendo, porque me queda muchísimo por leer.

Lara Coto, fotografía de Ático26
Fotografía: Ático 26
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