Termina aquello que un buen día empezaste a escribir

Escrito por: PAULA BENCOMO

Bien podría existir un Museo de Relatos Inacabados. Cada uno expuesto junto a su correspondiente cartela: Relato Nº 27. La trepidante persecución de un personaje que no sabe muy bien a dónde va. Relato Nº 34. El maravilloso mundo lleno de reglas distópicas que al final se quedaron flotando en el aire. Relato Nº 76. El problemón que crece y crece hasta que se nos hace bola. Y así con todos y cada uno de los retazos de historias que empezamos a escribir pero que, por un motivo u otro, dejamos a medias. Claro, es que si solo valiese con escribir el principio de una historia, ¿cuántas colecciones tendríamos ya? 

Vaya por delante que empezar a escribir cualquier texto tiene un mérito tremendo y que, si no fuera por todos esos bienintencionados comienzos, ninguno de nosotros aprendería a escribir.

Eso sí, estarás de acuerdo en que, aunque el inicio es lo que logra despertar la curiosidad y el desarrollo nos permite hacer una gran inmersión psicológica en el conflicto, todos los lectores de ficción, en el fondo, necesitamos saber cómo acaba una historia. 

Escribir el principio tiene una recompensa inmediata: una idea, una voz, un mundo, una situación. Comenzar nos permite imaginar todas las posibilidades. En cambio, avanzar nos obliga a elegir. Ya lo decía Kierkegaard: la angustia es el vértigo de la libertad. ¡Ajá! Y es que el verdadero reto de terminar una historia no es solo llegar hasta el final como quien coloca un ladrillo sobre otro; es aceptar que escribirla significa renunciar a todas las historias que podría haber sido.

Nos aferramos a ese limbo de posibilidades que alberga nuestra mente porque, frente a aquella historia que sí decidimos escribir, esas otras poseen una ventaja desleal: nunca podrán decepcionarnos. Los finales que no escribimos permanecen eternamente suspendidos en ese maravilloso territorio donde ninguna frase puede arruinarlos.

Escribir, como la vida misma, consiste en tomar decisiones (aunque sean imperfectas) que nos conduzcan a algún lugar.

Tocar el final con la punta de los dedos

El texto puede arrancar con una atmósfera llamativa, una idea brillante o una voz deliciosa, pero si no tiene motor narrativo, es decir, si los hitos no producen consecuencias o el protagonista no tiene un deseo claro, es muy probable que la historia acabe aburriéndote tanto que la dejes apartada para poder empezar otra nueva cuanto antes (en busca de tu dosis diaria de entusiasmo).

Y te entiendo. El ansia por terminar una historia siempre me ha generado tal agotamiento que muchas veces he pecado de escribir finales precipitados donde los resúmenes copaban las páginas y la acción era tan frenética que incluso acababa siendo monótona. 

En ese sentido, un antiguo profesor me dio un consejo que intento seguir siempre: «si te mueres por terminar una historia, coge una hoja en blanco y vomita todo lo que al final quieres que ocurra». 

Dicho de otra forma: ¿a dónde quieres llegar tú con todo esto? 

Gracias a esa purga improvisada, antes de ponerme manos a la obra, me vacío por completo y encuentro cierta claridad al encontrar ¡por fin! el atisbo de un desenlace, un objetivo, un destino al que encaminarme. La meta me resulta menos lejana.

Cuando no sé qué camino seguir (y qué otras rutas descartar), en la mayoría de las ocasiones he optado por elegir aquella idea que, aunque sea ficticia, ha resonado más con mis vivencias personales. No para escribir una historia de autoficción, ni mucho menos, sino porque es más sencillo escribir de lo que sabemos (y nos hace cosquillas en el corazón) que adentrarnos en territorios muy desconocidos, donde siempre hay más riesgo de atascarse y abandonar. 

Una vez que tengas clara tu meta, solo queda armarse de paciencia y escribir.

Parecerá una pregunta absurda, pero ¿cómo sabemos que una historia ha llegado a su última línea?

Una historia podría continuar casi indefinidamente: después de resolver un conflicto vendría otro, y después otro, y luego otro más, porque así funciona también la vida. Entonces, ¿qué genera la sensación de cierre?

Quizá terminar una historia tenga menos que ver con haberlo explicado todo que con haber llegado al lugar al que necesitábamos llegar. El final aparece cuando la pregunta que sostenía el relato ha encontrado una respuesta, aunque alrededor queden sombras, detalles o incluso misterios.

Por ejemplo: una mujer recibe una llamada de su hermano después de diez años sin hablarse. La pregunta aparente es por qué ha llamado. Podemos terminar el relato sin saberlo porque el verdadero conflicto era si ella está dispuesta a perdonarlo; esa es la pregunta que la historia debe resolver.

Como ya apuntaba mi antiguo profesor, hacer una reflexión previa nos ayuda a escribir con la mirada siempre puesta en esa pregunta vertebral que recorre el argumento. Así, sabiendo que todo lo que suceda en la historia debería empujar y conducirnos hacia esa misma dirección, es mucho más fácil estructurar cada bloque y no desfallecer durante el proceso.

¿Por qué es necesario terminar lo que escribimos?

Primero, porque no existe ningún Museo de Relatos Inacabados donde podamos exhibir nuestra (casi) obra. Al menos, de momento.

Pero, sobre todo, por tu realización personal. 

Más allá de tener como objetivo publicar o contar con una comunidad que te lea, te recomiendo terminar lo que un buen día empezaste a escribir porque es el mejor ejercicio de disciplina, constancia, compromiso y, por qué no, de amor propio. 

Dar por terminada nuestra historia es la demostración de que de verdad nos importa cumplir nuestras propias promesas, de que sí nos importamos a nosotros mismos.

Y puede que, por eso, terminar una historia tenga algo más de íntimo de lo que parece. Porque cuando abandonamos un texto, no dejamos solamente unas páginas sin escribir: dejamos suspendida una posibilidad de nosotros mismos. Ese escritor que un día tuvo una idea, encontró una voz y se sentó a escribirla sigue ahí, esperando que alguien vuelva a abrir aquel documento.

Además, terminar no significa demostrar que la historia fuese perfecta. Significa darle la oportunidad de convertirse, por fin, en lo que sea que pueda llegar a ser.

Quizá, después de todo, el Museo de Relatos Inacabados no sea tan mala idea. Podríamos recorrer sus salas y reconocer en cada vitrina una versión de nosotros mismos: el escritor que encontró una voz, el que tuvo una idea brillante, el que imaginó un mundo entero. Un lugar que honre cada una de tus facetas y, al fondo, una sala grande que celebre esa historia pendiente que estás a punto de terminar.

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Acerca de los autores

Jorge Corrales, escritor - fotografía de Nines Mínguez -IMG570

Jorge Corrales

Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).

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Lara Coto, profesora de Escritura Creativa para Adolescentes en Escuela de Escritores - IMG570 - fotografía de Ático26

Lara Coto

Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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Chiki Fabregat

Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.

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Lucía Emmanuel, profesora de Escuela de Escritores - IMG300 - fotografía de Ático 26

Lucía Emmanuel

Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).

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Alejandro Marcos

Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.

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