Escrito por: LARA COTO
Cuando era niña, pensaba que ser escritora sería algo parecido a lo que yo veía en los libros y las películas: una vida tranquila, introspectiva, con mucho tiempo de lectura y de escritura, sobreviviendo a las épocas de frustración y bloqueo y disfrutando las de pura inspiración. Creía que las horas que mi madre pasaba fuera de casa trabajando de enfermera, yo las pasaría en mi escritorio, sumida en mis historias. Y que después, me pagarían por lo que escribiera y vería mi nombre en la portada de algunos libros. También solía pensar que, cuando fuera una adulta independiente y funcional, me liberaría por fin del concepto de “deberes”, dedicaría a mi profesión las horas que debía dedicarle y me pasaría el resto del día leyendo, jugando y viendo películas.
Qué tierna e inocente es la infancia, ¿verdad?
La realidad es que ser escritor, al menos en España y para la mayoría de las personas, viene a ser más bien como estar pluriempleado. Solo que uno de los empleos es normal y el otro es errático, suele estar mal pagado y se ejerce a horas totalmente imprevisibles. Porque nos guste o no, vivir exclusivamente de la escritura en este país es algo que está al alcance de pocas personas. Lo más habitual es que los escritores hagamos otra cosa para ganarnos la vida y, o bien dediquemos a la escritura las horas que nos sobran (rascando fines de semana, ratitos antes de cenar o viajes en transporte público) o bien adoptemos una disciplina de monje Shaolin, sacrificando tiempo de ocio, vida social o descanso.
Sea como sea, lo que está claro es que mi yo infantil se equivocaba de medio a medio: mi vida de escritora se parece mucho a la vida de cualquier empleado, las horas que dedico al trabajo (si contamos la escritura como un trabajo) son más que las de una jornada laboral normal y la sensación de tener “deberes” no se me va a quitar nunca, porque uno de mis trabajos lo tengo que ejercer en casa y durante mi tiempo libre. La buena noticia es que adoro esos deberes. Disfruto de cada minuto que puedo dedicarle a la escritura por mucho sacrificio que requiera y, puestos a tener un segundo trabajo, no se me ocurre otro mejor.
Pero no vengo a hablar del amor por la escritura, que eso ya lo he hecho antes. Vengo a hablar de tiempo.
Porque desde el momento en que comprendí que ser escritora no iba a ser una vida tranquila e introspectiva sino una lucha constante por llegar a todo y no dejar de escribir, crear tiempo se convirtió en uno de mis objetivos vitales. Durante años, he implementado hábitos y rutinas, probado métodos de organización y leído sobre productividad. He planificado y replanificado muchas veces. He probado todas las combinaciones posibles para encajar la escritura en mi semana: escribir antes del trabajo, escribir después del trabajo, escribir un ratito corto al día, dos ratitos largos a la semana, escribir en vacaciones, no escribir en vacaciones, escribir en fin de semana, escribir solo entre semana, escribir nada más levantarme, escribir antes de acostarme… Todo ello con el objetivo de dar con el sistema que mejor me funcione para tener más tiempo de escritura.
Después de todos estos experimentos, he aprendido dos cosas importantes.
La primera es que al final, si quieres escribir, escribes. Puede que no todos los días o ni siquiera todas las semanas. Puede que no tanto tiempo como querrías ni con toda la eficiencia que desearías. Pero escribes.
La segunda es que, en realidad, el tiempo no lo es todo.
Esto último lo aprendí hace relativamente poco y fue uno de esos golpes de realidad que te tiran al suelo. Pero, cuando te levantas, sientes que el cuerpo te pesa un poco menos que antes.
Porque en ese afán por sacar horas de escritura, llegué a convertir mi semana en una carrera de fondo para hacer todo lo demás en menos tiempo y ponerme frente al ordenador cuanto antes. Y lo conseguí, vaya si lo conseguí.
Pero cuando me sentaba a escribir, estaba tan exhausta que no me salía una sola palabra.
Ese fue el golpe de realidad.
Las cosas que te importan no requieren solamente tiempo. Requieren energía.
Así que de nada sirve jugar al Tetris con el calendario si no has sido capaz de medir tus fuerzas para llegar a la escritura con aliento. Parece una obviedad, pero en este mundo tan frenético en el que vivimos, no es nada raro encontrar gente que, como yo, se cree capaz de llegar a todo si consigue encajarlo en las veinticuatro horas del día. Y eso es un error. El día tendrá veinticuatro horas, pero tú tienes la energía que tienes (una energía que, con toda seguridad, fluctúa) y debes ser consciente de ello. Permíteme decirte, además, que si llegas a todo a golpe de cafeína y analgésicos, lo único que estás haciendo es posponer el agotamiento, y probablemente acabará apareciendo en forma de burnout, enfermedad, o lesión.
Este descubrimiento ha cambiado mi forma de concebir la escritura dentro de mi agenda. Ya no solo son sagradas las horas que reservo para escribir, sino que también son sagrados mi cuerpo y mi mente, que deben llegar a ese momento con plena capacidad y sin sufrimientos innecesarios.
En la lista de cosas bonitas que la escritura ha traído a mi vida, resulta que ahora me está enseñando a cuidarme: estoy aprendiendo a abarcar menos, a aplazar (o cancelar) cosas y a medir mis energías. Estoy abandonando esa sensación de piloto automático que te hace saltar de tarea en tarea sin disfrutarlas, pensando solo en acabar pronto y pasar a la siguiente. Me estoy acostumbrando a ir un poco más despacio, y eso me está trayendo beneficios que van mucho más allá de poder escribir más. Pero, sobre todo, escribo más.
Así que después de probarlo todo, resulta que lo que de verdad me funciona para escribir más es el autocuidado. Si se lo dijera a mi yo del pasado (esa niña que fantaseaba con horas de escritura infinitas), probablemente me miraría con cara de circunstancia y volvería a fijar la vista en su Game Boy.
Pero como no se lo puedo decir a ella, te lo digo a ti.
Si tú también tienes “deberes” de escritor o de cualquier otro proyecto que te importe; si vives en esa especie de pluriempleo entre tu vocación y lo que te da de comer y necesitas encajarlo todo en tu semana; en definitiva, si te pasa como a mí, recuerda que no basta con reservar tiempo. Eso está bien, desde luego, no dejes de hacerlo: haz pruebas, como yo, reorganiza tu semana, entrena tu disciplina, implementa hábitos nuevos o redefine los que ya tienes. Pero además de hacer lo que sea necesario para reservar tiempo, recuerda reservar también tu energía y tus fuerzas.
Como se suele decir, todo es cuestión de prioridades. Pero si no te cuidas por priorizar tu salud, hazlo por priorizar tu proyecto. Asiste a las citas con tu vocación con el cuerpo descansado, la mente despierta y tus mejores galas. Y así, cuando llegues, podrás disfrutar de lo que de verdad quieres hacer.
Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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