Escrito por: ALEJANDRO MARCOS

Escribo este artículo envuelto en plena anticipación por la Feria del libro de Madrid. Es un evento que siempre disfruto por varias razones: significa la llegada oficial y definitiva del buen tiempo, me permite saludar y conocer amigos y escritores que de otro modo sería imposible conocer y, por último, me hace sentir un poco menos solo en esto de la literatura.

He vivido el evento desde los dos lados, desde el del escritor que tiene firma como el del lector a la caza de un libro concreto (nunca es un solo libro concreto en realidad). Evidentemente, he disfrutado de la Feria muchas más veces como lector que como escritor. Habré firmado unas cinco veces en la Feria del libro de Madrid, mientras que he acudido a ella como lector muchas más veces. 

Blog "Las firmas diminutas" por Alejandro Marcos - IMG915 Zoom

Es, precisamente, de esa experiencia como escritor primerizo de la que me gustaría hablar hoy. La mayoría de los escritores que conozco sueñan y disfrutan con las primeras firmas de cada libro. Es el momento en el que quizás (con suerte) se te acerque alguien que no conoces a decirte que tu libro le ha gustado mucho o que a alguien le pique la curiosidad y se acabe llevando a tu pequeño bajo el brazo.

Y hay veces que pasa eso y vuelves a casa con una sonrisa enorme.

Aunque también hay veces en las que ninguna de las dos cosas sucede. En las que quizás nadie (conocido o desconocido) se acerca a por el libro. Y hay que estar preparado para ambas situaciones.

Vaya por delante que a mí me encanta firmar en la feria, aunque nadie se acerque a mis libros. Paso bastante vergüenza, no lo voy a negar, pero simplemente el hecho de estar en la Feria me hace sentir más validado como escritor. Y todos sabemos de la necesidad de validación que tenemos los escritores. Aunque también es cierto que cuando no se vende ningún libro o cuando se venden pocos, uno se siente mal por la caseta que lo ha acogido (y algo herido en su orgullo). Porque tener una caseta en cualquier feria cuesta bastante dinero, más aún si es la Feria del Libro de Madrid. 

Por eso me gusta pasarme por las firmas de conocidos a saludarlos. No solo para que se sientan vistos en medio de toda la avalancha de firmas y eventos sucediendo al mismo tiempo, sino también para que los transeúntes que pasean se den cuenta de que ahí hay alguien firmando y, quizás, sientan un poco de curiosidad por el libro.

Porque yo, y lo siento por los caseteros que me acogen, me veo incapaz de llamar la atención de los transeúntes para que se acerquen al libro y lo compren. Es algo que, como lector, no soporto que me hagan. Cuando voy a la feria como lector quiero pasear, ojear tranquilo. Si algún escritor o algún vendedor continuamente me habla, lo más seguro es que me vaya de la caseta rápidamente. Además, me daría una vergüenza inenarrable ser de esa clase de escritores. De hecho, lo he pasado mal cuando algún curioso se me acerca y me dice: ¿por qué debería comprar tu libro?, convénceme.

Firmando cuando eres un donnadie puede pasarte cualquier cosa. Sobre todo, que te confundan con un librero (lo cual tampoco me molesta, se me da mejor vender los libros de otros que los míos propios). 

Uno sueña con una firma llena de gente, con colas y colas de lectores ansiosos por tener una firma tuya, hablarte durante un minuto de tu libro y hacerse una foto. Pero eso no sucede casi nunca. Y menos aún si no eres conocido principalmente por otra actividad que no sea la literatura. Lo más normal es que las personas que se acerquen sea gente que tú ya conoces previamente.  

Y eso lo vuelve difícil y a veces incómodo. 

Durante esas horas sentado en un taburete viendo pasar la gente te da tiempo a plantearte muchas cosas. En esos momentos, sobre todo si tienes algún autor exitoso compartiendo firma y caseta al mismo tiempo (me ha pasado también, no lo recomiendo), es casi imposible que aparezcan las dudas y las inseguridades. ¿Qué estará pensando la librera?, ¿debería irme? ¿Porque no dejas de estar ocupando un espacio que, para ellos, como negocio, podrían ocupar con otra persona u otros libros que sí se vendieran? Mírate, qué lástima, sonriendo a la gente, mendigando una venta y agarrándote a la esperanza de que la gente llegará en el último momento. Nunca me he encontrado con ningún casetero que no fuera amable, que no compartiera tu sufrimiento o que incluso lo aliviara, diciéndote frases que a ti te suenan a mentira, pero que eliges creer: Hoy la gente está mirando mucho, pero comprando poco; Ayer pasó exactamente lo mismo con X; Este año la cosa se mueve menos, etc. 

Y yo tengo suerte. Nunca me he ido de vacío de la Feria, pero sé que puede llegar el día en el que pase y que no venda/firme ningún libro. Hay veces en las que, con suerte, puedes culpar a los factores externos: la firma era temprano y entre semana, está lloviendo, la caseta cambió la hora/día en el último momento, en la caseta de enfrente está firmando X, la editorial es muy pequeña y no he tenido publicidad, etc. Excusas hay muchas. Pero lo cierto es que me ha pasado también firmando en días primaverales, con la feria llena de gente y con una buena distribución y publicidad. Y ahí solo estás tú frente al hecho de que no eres un superventas. Y te dices que ser un superventas, que tener una cola inmensa en las firmas de las ferias no es el objetivo de la escritura. Y tienes razón, claro, pero no puedes evitar verlo como otra excusa, porque en el fondo, dice otra vocecilla que empieza muy floja, pero que acaba gritando, si fueras bueno, de una manera u otra, ese éxito llegaría. 

Entonces te despides del librero, recoges tu mochila y te mezclas entre el gentío de las casetas, sin que nadie se dé cuenta de que eres un escritor, con una mezcla de melancolía y alivio, en la que te encoges de hombros y piensas: quizás en otra ocasión.

Porque a pesar de todo, de esto y de otras cosas que no he contado, siempre digo que sí y siempre diré que sí cuando me invitan a firmar a las ferias. Quién sabe, quizás llegue el día en el que agote los ejemplares de la caseta. 

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