Escrito por: LUCÍA EMMANUEL
¿Para qué sirve la poesía? Se pregunta y nos pregunta la poeta puertorriqueña Mara Pastor en uno de los capítulos del manual Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025). Y cita al filósofo francés Alain Badiou, que concibe los poemas como lugares y dice que debemos “entrar en el poema, no para saber de qué habla, sino para pensar qué pasa con él”. Esto sería, concebir la poesía no tanto para ser entendida, sino para ser atravesada.
Mañana, 21 de mayo, es el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo. A raíz de esta fecha declarada por las Naciones Unidas desde 2002, el Ayuntamiento de Bilbao y Unesco Etxea llegaron a las puertas de Escuela de Escritores, con una propuesta: la acción poética como herramienta para convocar voces sensibles y distintas que nos permitan trabajar desde y sobre la diversidad. La propuesta se materializó en dos talleres en librerías locales de la ciudad, La ilusa y La saturnina, que se celebraron la semana pasada. La propuesta era híbrida: poética y artística, y fue elaborada en colaboración con una artista plástica colombiana llamada Marcela Muñoz, con el siguiente lema: el tejido como metáfora de la diversidad.
Dicho proyecto me ha permitido trabajar en torno a la poesía de manera muy distinta a la habitual y reflexionar en torno al rol que tiene o puede tener la poesía, qué efecto en los grupos en los que trabajamos con propuestas poéticas y cómo esas experiencias también nos modifican a quienes hacemos taller. De dichas reflexiones nace este artículo que hoy os comparto.
«Como un instrumento dentro de una orquesta, un poema no «suena solo», sino que su sonido reverbera en conjunto con otros instrumentos, léase época, lengua, geografía, historia, cultura, política, imaginario colectivo específico y/o imaginario colectivo general». María Auxiliadora Álvarez (Caracas, Venezuela), Escribir Poesía.
Reflejar la diversidad de una ciudad es algo tan sencillo y tan fascinante como poner encima de la mesa la multiplicidad del lenguaje cotidiano.
Así, una manta es una cobija y es una frazada, las palomitas de maíz son popcorn y crispetas; el autobús es una guagua y un combi y un microbus o una buseta y para los bilbaínos siempre tiene prefijo: Bilbobus, Bizkaibus; el bolígrafo se dice también lapicero; y el dinero es plata, panoja, lucas, lana, perras y txines.
Junto a algunos participantes de origen bilbaíno, había participantes de México, Colombia, Brasil, Perú y Afganistán, toda una orquesta de voces poéticas. Con ellos hicimos metáfora urbana, relatos entrelazados, mandalas de trazo y palabra y poemas infinitos. Algunos tenían libros publicados, otros nunca habían escrito un poema. Las mujeres afganas se comunicaban a caballo entre el inglés y el castellano. Algunos de sus textos los leyeron en farsi. Las voces sonaron al unísono desde sus multiplicidades.
El paisaje: poema de la vida interior
«Todo poema es un paisaje, todo paisaje es un poema. (…) No todo paisaje tiene que ver con la exterioridad, sino que existen también paisajes de la vida interior (…) Mirar hacia dentro y mirar hacia fuera forman parte del mismo movimiento». Rosa Berbel (Granada, España), Escribir Poesía.
El frottage es una técnica que consiste en colocar un papel sobre una superficie y, con un marcador, frotar hasta que emerja una figura. La ciudad está llena de texturas, son tantas y tantas las formas del suelo que pisamos, las farolas que nos alumbran, las paredes urbanas, las rejas de los comercios.
Marcela y yo quisimos introducir ese tejido urbano en el taller y utilizarlo para construir metáforas a partir de los paisajes de la vida interior: aquellos que están lejos, en el lugar o en el tiempo, pero que a su vez están muy dentro de nosotros.
La metáfora consiste en mezclar dos términos que aparentemente no tienen relación entre sí, ya que pertenecen a universos distintos. Para que la metáfora tenga efecto, debe existir cierta tensión entre los términos, esto es, que estén suficientemente alejados entre sí. Así, emergieron flores de asfalto y en el camino al metro salieron al encuentro animales exóticos, el suelo bilbaíno fue el muro de la cocina de una abuela brasileña, y una farola fue un cuerpo sonoro de mujer fuerte y también un miembro mutilado a causa de una mina anti persona.
Si además, elegimos enlazar esas vidas unas con otras, si dejamos que la sensibilidad y la palabra del otro se cuele en nuestro camino, nuestros pasos toman rumbos desconocidos y fascinantes. O, como dice la poeta colombiana María Gómez Lara: «La voz, si es que existe, se nutre de otras voces que le suben el volumen. Hay versos ajenos que llaman a los versos propios».
Y es que el ejercicio poético se construye siempre desde la intertextualidad, no solamente de forma explícita (dejando caer la palabra ajena en el poema propio), sino de forma intrínseca: qué somos, quiénes somos, qué hay de nosotros en los otros, qué hay de los otros en nosotros, qué lugares despiertan, qué paisajes alimentan o reflejan. Nuestras vidas son hebras de colores que se entrelazan continuamente y en nuestros poemas permea así un poco de rojo, algo de verde, un poco de cian.
El encuentro es una de las riquezas de un taller de escritura porque el texto literario se construye desde la intimidad, en este caso la intimidad poética. Así como dos palabras pertenecientes a universos lo suficientemente alejados entre sí pueden provocar una chispa en el lenguaje, el contacto con una persona alejada de tu contexto habitual, por breve que sea el encuentro, puede abrir en ti todo un mundo nuevo. O, como dice Milan Kundera: “El amor puede surgir de una sola metáfora”. El taller de poesía posibilita ese encuentro de personas, sensibilidades e intimidades poéticas capaces de abrirnos universos enteros.
Lo que el poema le hace al lenguaje
«Lo que dice el poema no es tan crucial como lo que el poema le hace al lenguaje. Un poema es un cambio de estado físico (no químico). Así como podemos estrujar, doblar, rasgar una hoja de papel, pero el resultado sigue siendo papel, así también el poema puede operar sobre el lenguaje (estrujándolo, doblándolo, rasgándolo) y el resultado seguirá siendo lenguaje». Mario Montalbetti (Callao, Perú).
Atravesar un poema puede ser como cruzar un puente o nadar a la otra orilla del río. Podemos salir ligeros como una pluma o calados hasta los huesos, pero seguiremos siendo nosotros.
El papel fue el tejido físico de nuestra propuesta poética, en este ejercicio concreto unas bandas de papel donde elegimos hacer una operación física sobre el lenguaje: escribir juntos, uno después de otro, frase a frase, verso a verso, hasta completar lo que matemáticamente se conoce como una Cinta de Moebius: una superficie infinita. Construyendo así una forma particular de cadáver exquisito colectivo: un poema infinito.
Caminamos juntos de ese modo por esa superficie infinita que puede ser metáfora de nuestros recorridos urbanos que, cada día, recorren otros con nosotros, junto a nosotros, antes y después de nosotros.
El mundo que se forma en nuestra ensoñación
«Un mundo se forma en nuestra ensoñación, un mundo que es nuestro mundo. Y ese mundo soñado nos enseña posibilidades de crecimiento de nuestro ser en este universo que es el nuestro. En todo universo soñado hay futurismo». Gaston Bachelard (Bar-sur-Aube, Francia)
Lo que más me gusta de impartir talleres de poesía son las reflexiones que suscitan los grupos en mí. Muchas veces tienen que ver con tratar de hacer visible conceptos poéticos. Una de las cosas que decimos siempre a todo aquel que quiere aprender poesía es que debe ser concreto. Pues es en lo concreto donde se encuentra la materialidad y, por tanto, también la sensorialidad. Los términos grandes y abstractos no suelen servir para definir ninguna sensación o sentimiento. Paradójicamente, mis alumnos siempre me obligan a lo mismo cuando imparto clases: a ser concreta. De nada me vale decirles que deben tender puentes con el lector, si no les muestro cómo tender esos puentes con ejemplos concretos.
En este caso, la propuesta que llegó hasta Escuela de Escritores desde Unesco Etxea y Ayuntamiento de Bilbao, en un primer momento reflejó ciertas carencias en mí: el desconocimiento de la diversidad cultural de la que se nutre mi propia ciudad.
La propuesta junto a una artista de otro campo distinto al mío y de una cultura distinta a la mía también supuso trabajar en diálogo desde nuestras diversidades artísticas, culturales y sensibles. En definitiva, disponer nuestras herramientas en hibridación con otras formas y sensibilidades: el papel, la palabra y sus formas; el papel, la palabras y sus sonidos y colores; el papel, la palabra y sus texturas; el papel, la palabra y sus caminos.
Nuestra propuesta híbrida poético-artística no vino tanto a enseñar la escritura poética o la práctica artística sino a proponer el diálogo a partir de herramientas creativas. En este caso especialmente considero que el público tal vez tenía más que enseñarme a mí (a nosotras) que yo a él y la reflexión nacida de estos talleres no ha tenido tanto que ver con cómo mostrar de forma más clara y concreta cómo aplicar un concepto poético, es decir, cómo explicar cómo se escribe poesía, sino qué lugares, espacios, paisajes nos permite atravesar el poema.
Cuáles son las fronteras que mueve la poesía, mucho más allá de ser decantación de sensibilidades personales. Para qué sirve, para qué puede servir, si dejamos que esta permee y nos modifique, si escuchamos el lenguaje ajeno, el poema escrito de derecha a izquierda, si tomamos una buseta y pagamos con lana, qué nos pasa, a dónde nos llevan los esferos, los lapiceros, las plumas, dónde vamos, dónde podemos llegar, si expandimos el mundo y las fronteras desde el ejercicio poético, si caen las gotas y el sirimiri, se elevan los puentes y los caballos echan a correr. ¿Y si nos enamoramos?
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