Escrito por: LARA COTO
Si algo se le puede reconocer a la realidad occidental de hoy es que las fuentes de entretenimiento son infinitas. Entre las plataformas de streaming, las redes sociales, las aficiones de moda (que si el croché, que si las manualidades, que si esas maquetas adorables que se colocan entre los libros…) y el acceso instantáneo a cualquier tipo de información en Internet, es prácticamente imposible aburrirse.
Y si estás hasta arriba de obligaciones y no tienes tiempo para practicar una afición, no hay problema: existen medios de entretenimiento que puedes disfrutar sin detenerte. Los podcast y los audiolibros son una opción estupenda para rellenar el tiempo que dedicas a desplazarte, limpiar la casa o hacer deporte. ¿Te da pereza pasar la aspiradora? Engánchate a un buen audiolibro de fantasía y estarás deseando que llegue ese momento de la semana. ¿Tienes una larga espera por delante antes de entrar en la consulta del médico? Busca un podcast divertido y se te pasará volando.
Todo ventajas. ¿Verdad?
Pues si escribes, quizá no.
Y es que esta tendencia actual a ocupar cada segundo de nuestro tiempo y cada rincón de nuestra cabeza no es precisamente beneficiosa para la creación. Al contrario. Puede ser muy nociva.
En esta época de apogeo del entretenimiento, existen ya varios estudios que relacionan la sobreestimulación con la dificultad para concentrarse y la reducción de la creatividad. En otras palabras: si llenas tu mente de ruido, le quitas la posibilidad de escucharse a sí misma, y eso es fatal para la creación.
Seguramente pienses que tu entretenimiento es diferente porque es enriquecedor. Tú no pasas horas haciendo scroll en redes sociales: lees libros, escuchas podcast de divulgación científica, ves películas de calidad. Desde luego, el entretenimiento puede ser más o menos provechoso y no es lo mismo fulminar tu capacidad de atención a base de reels de treinta segundos que concentrarte en una novela de Faulkner. Hay aficiones que son muy beneficiosas para la cabeza, para el alma y, a veces, para la creatividad.
Pero para escribir, tu mente también necesita aburrirse. Aburrirse con todas las letras. Realizar acciones monótonas. Tener huecos vacíos, vacíos de verdad, en el día. Observar. Divagar. Estirarse perezosamente como quien se estira en el sofá un domingo por la tarde. Es en ese espacio de monotonía, vacío, observación y divagación donde nuestra capacidad creativa se expande. Ahí, empezamos a hacernos preguntas, a cuestionarnos ideas, a plantearnos posibilidades. Ahí nacen las buenas historias y crecen las que ya han nacido. Ahí, en ese espacio. No en mitad del ruido constante y la sobreestimulación.
Si no me crees a mí, quizá creas a autores tan prolíficos como Brandon Sanderson o Agatha Christie. Sanderson ha admitido más de una vez que su empleo más aburrido, cubriendo el turno de noche en un hotel, supuso un impulso para su escritura porque le daba tiempo y espacio mental para tener ideas y desarrollarlas. Por su parte, Agatha Christie contó en una entrevista a The New York Times que solía elaborar sus tramas de misterio mientras hacía tareas tediosas y repetitivas como fregar los platos. Piensa en la cantidad de giros argumentales que se te están escapando por empeñarte en escuchar un podcast mientras tiendes la ropa en vez de dejar que tu mente divague en libertad. ¿Por qué crees que de vez en cuando te vienen ideas magníficas mientras te duchas? Sí, es tu cerebro, desesperado por aprovechar el único minuto de vacío que le has dado en el día para dejarse llevar por la imaginación.
Después de hablar sobre esto con varias personas, decidí ponerlo a prueba. Yo también había caído en el bucle de la sobreestimulación. Estaba encantada con la posibilidad de avanzar en mis lecturas poniéndome los cascos. También me aseguraba de llevar un libro encima siempre que iba a coger el metro o que cabía la posibilidad de esperar a alguien. La tarde de colada era, en realidad, tarde de podcast, y los ratos de desplazamiento eran tiempos de lectura. Si todo esto fallaba, sacaba el móvil y entraba en Instagram. Y por supuesto, una hora libre en casa debía ocuparse, obligatoriamente, con alguna afición.
Así que lo paré todo durante un tiempo. Decidí darle un descanso de estímulos a mi mente. Dejé de ponerme los cascos para hacer las tareas de casa y, en vez de eso, me limité a hacerlas. Me permití, de vez en cuando, salir a la calle sin música ni entretenimiento, con los oídos al aire, y subirme al metro o al autobús sin un libro entre las manos. Aprendí a aprovechar las oportunidades que el día me daba para, simplemente, existir. Mirar un rato por la ventana, ver cómo cocina mi marido, fijarme en las personas del metro, escuchar la vida a mi alrededor.
En todo este proceso, descubrí tres cosas muy importantes. La primera: que, en efecto, la mente se vuelve más creativa cuando le doy espacio para serlo. La segunda, imprevista pero no inesperada: que ese espacio no solo me permite crear mejor, sino que también me hace sentir mucho menos cansada. Porque sí, nos guste o no, la sobreestimulación agota, también físicamente. Y la tercera, la más sorprendente de todas: que no se puede poner en práctica el aburrimiento como una técnica de escritura. Debes aburrirte por aburrirte.
Las primeras veces que me obligaba a doblar la colada sin cascos o a subirme al metro sin libro lo hacía dándole órdenes a mi mente con urgencia: “Venga, ya tienes tiempo y espacio. Ponte a crear. Dame una buena idea. ¿Qué hago con esa escena que tengo atascada? ¿Cómo continúo esa otra historia? ¡Vamos! ¡Vamos! ¡A trabajar!”. Mi pobre mente, por supuesto, se quedaba paralizada ante mis expectativas y no hacía nada de nada. No se puede ser improductivo pensando en ser productivo. Cuando dejé de forzar las cosas y me limité a estar presente en lo que hacía (limpiar, caminar, viajar en metro, lo que fuera), todo pareció suavizarse. Mi cabeza se relajó y las ideas, poco a poco, surgieron. No de la forma en que yo las reclamaba, sino tal como ellas necesitaban nacer. Porque ahí está la clave: en dejar de forzar las cosas, dejar de hacer tanto y, en lugar de eso, permitir que todo sea.
Así que, si eres escritor o creador de cualquier tipo de arte, deja de huir del aburrimiento y de las tareas monótonas. No es que no puedas entretenerte de vez en cuando, pero no caigas en el bucle de la sobreestimulación. Dale un espacio a tu mente para dejarse llevar y te recompensará con buenas creaciones.
El aburrimiento no es tu enemigo, es tu aliado.
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