Escrito por: CHIKI FABREGAT

Llevo un tiempo pensando que al perder la costumbre de escribir cartas hemos renunciado a algo que nos hacía más humanos, más felices y mucho más saludables. Mi compañero Javier Fonseca y yo hemos participado en un taller epistolar y hemos disfrutado muchísimo. El taller era una maravilla que nos propuso el Museo del Prado que consistía en gestionar un intercambio de cartas entre visitantes del Prado y visitantes del Museo de Bellas Artes de Asturias, en Oviedo. La idea original era hablar de algunos cuadros que irían viendo un grupo y el otro, cada uno en su museo, pero las cosas buenas nunca salen como están previstas y los cuadros pronto pasaron a un segundo plano. Los cuadros se convirtieron en la excusa para hablar, para contar, para preguntar. «¿Tú también tienes sueños?» preguntó una chica en su primera carta.

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La casualidad hizo que juntásemos a un grupo de jóvenes, aquí en Madrid, con uno de señoras mayores en Asturias, y la magia de las cartas provocó que en apenas cuatro intercambios tendieran unos lazos de confianza, de amistad, de empatía que nos han impresionado a todos. Lo que ha pasado en esos meses no ha tenido nada que ver con lo que creíamos que iba a pasar, con el taller que habíamos diseñado, pero hay algo que sí ha ocurrido exactamente como lo pensamos: se ha entrenado la paciencia de todas las personas involucradas, también de quienes hemos sido testigos y colaboradores necesarios. 

El siglo veintiuno ha supuesto muchas cosas buenas, pero también alguna mala. Perder la paciencia es de las malas.

Leemos libros cortos, porque los largos duran demasiado. Compramos en plataformas que nos traen lo que queremos a casa en el día, porque esperar dos o tres días a que nos lo traiga el pequeño comercio es un sacrificio que no estamos dispuestos a soportar. He oído que algunas personas ven series o escuchan audiolibros, podcasts… programando una velocidad de reproducción más alta. Claro, qué necesidad hay de «gastar», «perder» treinta minutos en ver un capítulo pudiendo hacerlo en veinte. Esos diez minutos que se ganan, que se roban al trajín de la vida son oro. Es como si todos nos hubiésemos convertido de pronto en gestores de inversiones en bolsa o cualquier otra profesión estresante e insana. Calculamos tiempos, programamos agendas como quien elabora una receta de cocina: caminar dos minutos hasta el metro, viajar diecisiete minutos y luego dos minutos más hasta la oficina, añadir un minuto si tengo que renovar el abono. Ay, he perdido un tren, tengo que correr para recuperar esos tres minutos. En medio de esta locura no tiene cabida una carta. Una carta tradicional, escrita a mano, en papel, con sus tachones, su letra más apretada cuando vemos que se nos termina el espacio. Una carta que tardará días en llegar a su destinatario y que tardará más días aún en devolver una respuesta. 

Imaginad una carta en la que confiesas alguien que te gusta (no digo que un verano a los catorce o quince años haya mandado yo esa carta, es solo una hipótesis). Imaginad los nervios al cerrar el sobre, pegar un sello, llevarlo a un buzón. El instante último, antes de dejarla caer, valorando si es buena idea. Y me diréis que todo eso lo hemos sentido también al mandar un mensaje de correo, de whatsapp o de los antiguos SMS.

Pero es en lo que viene después donde se obra la maravilla.

Los dos primeros días imaginando cuál será la reacción de la otra persona al leer esa confesión llena de circunloquios para no ponerle nombre a un sentimiento, para no exponerte del todo. Dos días soñando que la reacción es buena, temiendo que sea mala, rezando para que no sea indiferente. Ódiame o quiéreme, pero no pases de largo. Y después, cuando ya es posible que la haya leído, calculando el tiempo que tardará en dar respuesta. Por Dios, Correos, no te atasques ahora. Bajar al buzón cada mañana. Podría haber sido más sutil. Tal vez no he sido suficientemente clara. Abrir el buzón y encontrarlo vacío o, lo que es peor, lleno de octavillas publicitarias, repasarlas una a una, no sea que la carta se cuele entre ellas. Un sobre. Ay. Ah, no, es una carta del banco. Volver al día siguiente. Coger aire antes de meter la llave en la cerradura. Me he cargado una amistad. No va a responderme. Me quiere. Va a hacer como que esto no ha pasado. Se está riendo. No hay carta. Y, por fin, seis o siete días después, ahí está. La carta. La respuesta. Escrita con letra redonda, tinta azul. ¿Habrá puesto tanto cuidado al escribir mi nombre como yo al escribir el suyo? No huele a nada y me arrepiento de esas gotas de colonia con las que impregné la mía. Soy una cursi. Si la abro ya no hay vuelta atrás. ¿Quiero leer la respuesta? Ay. La guardo en el bolsillo y vuelvo a casa, a encerrarme en la habitación para leerla con calma. 

Todo ese tiempo, ese tiempo imaginario mientras alguien, no yo, espera una respuesta a una carta que yo no he escrito, ha estado lleno de más cartas que he redactado en mi mente, de diálogos que he imaginado, de besos, de lágrimas. Todo ese tiempo he sido un espíritu creativo porque la prisa es enemiga de la creación. El aburrimiento, la espera, el tiempo hueco son los aliados. Durante todo ese tiempo, he aprendido a esperar. A valorar la respuesta. A diferenciar lo que es importante de lo que no. 

Llega el verano y muchos de nosotros nos iremos fuera de casa a disfrutar de las vacaciones. Tal vez sea buen momento para escribir una carta. Elegir las palabras para contarle a un amigo que hemos visto una puesta de sol increíble. Quejarnos porque no se nos ocurre el final para la historia que estamos escribiendo. Pedir que nos guarde un secreto. Confesar que nos hemos enamorado. Y esperar. Enviarla y esperar la respuesta. En ese tiempo sentiremos cien veces el deseo de contarle más cosas y las iremos atesorando en la memoria donde las menos importantes se diluirán y las necesarias se agarrarán a las paredes de la paciencia, esperando que llegue esa respuesta a la que también responderemos. 

No sé, tal vez sea buen momento para detenerse a ver cómo el mundo gira sin correr para alcanzarlo.

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Acerca de los autores

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Chiki Fabregat

Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.

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Alejandro Marcos

Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.

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Jorge Corrales

Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).

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Lara Coto

Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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Lucía Emmanuel, profesora de Escuela de Escritores - IMG300 - fotografía de Ático 26

Lucía Emmanuel

Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).

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