Escrito por: CHIKI FABREGAT
Te voy a decir algo: la amiga soy yo.
Hablaba Lara hace unos días de los motivos para bajar al infierno o, lo que es lo mismo, para leer esa literatura que te arrastra al infierno. Y lo hacía a partir de una anécdota, de un grupo de tres escritores en el que dos disfrutan del sonido de unos dientes que roen una tibia humana y la tercera pregunta: ¿Cómo puede gustaros esto? Bien, lo confieso: esa tercera soy yo. Los otros dos: Lara y Alejandro, que no son malas personas, a pesar de lo que leen y, sobre todo, de lo que escriben.
Lo cierto es que leo lo que sale de sus mentes oscuras porque son mis amigos, porque los quiero mucho y porque escriben muy bien y me enseñan a escribir mejor, pero me hacen sufrir. Y eso que después de leer el artículo de Lara hasta me planteo revisar mi idea de la literatura de terror, por lo bien que la pinta. Pero no. No es mi sitio. No es verdad, lo aclaro por si no me he expresado bien, que sus mentes sean oscuras, estoy segura de que en esos cerebros hay luz, espumillón de colores y ositos brillantes que vomitan estrellas de purpurina. No se nos debe juzgar por lo que leemos y lo que escribimos. No somos lo que leemos y lo que escribimos. Del mismo modo que quienes escribimos infantil no somos niños ni tenemos retenido en nuestro interior a un niño al que solo alimentamos si nos regala buenas ideas, diálogos creíbles y puntos de vista de un metro veinte de estatura. Es, sencillamente, que algunas personas disfrutan de la oscuridad literaria y otros disfrutamos de la literatura blanda, la que acaricia, esa a la que ahora le ponen nombres en inglés como cozy, feelgood… Y también hay quien disfruta de lo uno y lo otro.
Lara ha encontrado un montón de razones para adentrarse en la oscuridad. Yo, en cambio, lo reduzco todo a una. Disfruto de esas historias en las que nadie sufre más allá de un disgustillo pasajero que además se resuelve pronto porque he venido aquí a sentirme bien. No he venido al mundo (ni a la literatura) a sufrir.
La semana pasada (yo también tengo mi anécdota) una alumna me dijo que lee literatura romántica y yo respondí con el entusiasmo de quien se sabe par, ofreciéndome a intercambiar recomendaciones. «Ah, pero que lees romántica y lo reconoces», contestó ella, muy sorprendida. Como si buscar el bienestar y la caricia en la literatura fuese algo de lo que avergonzarse. Una no es buena lectora ni buena escritora si lee «esas cosas». Reconozco que lo de la clandestinidad me gusta, tiene un saborcillo divertido. Cuando éramos pequeñas leíamos libros para los que no teníamos edad y lo hacíamos a escondidas. Y ahora, con muchas canas ya, no me importaría volver a ese rinconcito sabroso y tentador de lo prohibido. Aunque corro el riesgo, si me escondo, de que otros crean que los sigo en su empeño incansable de englobar como malos lectores a todos los que disfrutan, disfrutamos, de la literatura reconfortante.
Lo diré, pues, en voz alta: me gusta que los libros me acaricien.
Me gusta que los personajes consigan lo que se proponen. Me gusta que les vaya bien, que se quieran, que se besen, que se regalen flores. Que se metan mano por debajo de la ropa, no te voy a engañar. Me gusta reír y sonreír, sufrir solo un poquito y siempre que todo acabe bien. Me gusta creer que la bondad existe y que ese mundo es posible. Pero esto no quiere decir que me sirva cualquier historia que termine bien o en la que dos se besen. Soy una lectora exigente. Me gusta la buena literatura, la que me hace sentir dentro de cada escena, la que me hace ser la chica enamorada y el poeta hechizado, el bailarín que descubre el amor donde jamás hubiese buscado, el fénix que encuentra la ternura en unos niños a los que otros temen. Y por eso huyo de la literatura oscura. Porque también soy el duende que roe tibias y el hombre que ve la carne desaparecer de su pierna, la mujer sin futuro posible, la niña que arde en un fuego improvisado, soy todos ellos y no quiero serlo. Escribís tan bien, amigos, que me dais miedo.
Habrá quien diga que si solo leemos lo que nos reconforta nos acomodamos, nos empobrecemos. Y les doy un poquito la razón, pero matizando esa idea. Leer nutre. No es una metáfora mía, es casi una verdad universal. Leer nos nutre, nos alimenta. Y aunque me encanta el helado de pistacho, no pretendo vivir solo dando lengüetazos a esa masa verdusca que, por otro lado, tiene un aspecto tan poco apetecible (aunque mucho más apetecible que una tibia a medio roer). Pero entre el helado de pistacho y las coles de Bruselas hay un mundo de posibilidades. No como coles de Bruselas. No leo terror, no veo cine de terror, nunca me gustó lo de contar historias de miedo en los campamentos. Prefiero disfrazarme de Anna Kadabra que de zombie, aunque me he vestido de decapitada y aquí sigo. También he leído alguna cosa oscura y no me he muerto. De hecho, las pesadillas no suelen visitarme más de una noche por historia. Puedo vivir con una noche de pesadillas a cambio de buena literatura. A poquitos, sin empachos.
Lo que en realidad quiero defender, en este caos de pensamiento saltimbanqui en el que se ha convertido el artículo, es el derecho a leer y disfrutar lo que nos dé la gana sin tener que aguantar a los sabios que nos juzgan. Presumid de vuestras lecturas con la cabeza bien alta, porque tal vez encontréis a una persona a la que le encantaría hablar del libro que la habita desde hace días.
Tal vez seáis esa persona.
Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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