Parálisis por análisis

Escrito por: ALEJANDRO MARCOS

Para sorpresa de nadie, este artículo surge de mi propia experiencia personal, en la que ya sabéis que me encanta basarme para hablar de escritura. No sé si lo hago como el que lanza una botella al mar con la esperanza de no sentirse solo, que con una verdadera intención didáctica (el cielo me libre de pensar que mi experiencia es única y que siempre llevo la razón).

Sumando unos días aquí y allá, había conseguido juntarme unas buenas vacaciones para estas fiestas navideñas. Mi intención, además de descansar, era ponerme al día con un encargo literario al que había estado ignorando durante todo el final del año pasado. No os sorprenderá saber que mi plan no ha funcionado tal y como lo había planeado.

Blog "Parálisis por análisis" por Alejandro Marcos - IMG915

Pero antes de entrar en el pequeño infierno en el que yo mismo he convertido mis vacaciones, os tengo que poner en situación. Al comienzo pensaba que no estaba haciendo frente a este encargo por vaguería o, peor, por el síndrome de la página en blanco. Ya sabéis, el típico síndrome en el que nos bloqueamos porque no sabemos qué escribir o porque nos abruman las posibilidades de lo que queremos hacer.

En mi caso, sin embargo, no podía tratarse del síndrome de la página en blanco (era más bien un poco de pereza, para qué mentir). Sabía perfectamente lo que quería contar en el encargo y cómo tenía que hacerlo. Y, precisamente, ese creo que fue el problema desde el comienzo.

Durante los primeros días de mis vacaciones me descubría a mí mismo durmiendo mal, consultando exageradamente las redes sociales, preocupándome por nimiedades que normalmente no ocuparían ni un segundo de mi pensamiento… todo, menos sentarme delante del ordenador y completar el proyecto. 

No era un proyecto largo, aunque sí complicado. El hecho de que tenía que tener muchas cosas en cuenta a la hora de escribirlo me tenía angustiado. Había dos problemas: que no había encontrado la manera en la que comenzar a encararlo, el hilo del que empezar a tirar para desenredar la madeja; y, el peor de todos, que no era consciente de ello.

Como si de una bola de nieve se tratara, a medida que iban pasando los días y no me sentaba a escribir, mi ansiedad aumentaba más y más. Me decía que estaba poniendo excusas, que no era tan largo, que debía sentarme a escribir, etc. Pero esta actitud solo aumentaba la ansiedad porque la mezclaba con la culpa. En mi cabeza no cabía la posibilidad de que fuera un problema de aproximación. 

Con todo esto, pasé bloqueado, completamente paralizado, más de la mitad de las vacaciones. Ni escribiendo, ni descansando ni disfrutando de las fiestas. Pensaba mucho en el proyecto, pero lo hacía como un todo, estaba intentando hacer una carrera mirando solo la meta, pensando: son 100km. 

Si me hubiera puesto ayer, si hubiera empezado el otro día, si… Me imaginaba escenarios en los que el proyecto ya estaba entregado (había tenido tiempo de sobra) y otros, futuros, en los que exploraba las más amargas consecuencias de no realizarlo a tiempo. Por supuesto, ya no existía la posibilidad de echarse atrás y que buscaran a otra persona. No solo yo había adquirido el compromiso, sino que me había presentado voluntario. 

Una tarde, ya al borde de la desesperación, intenté afrontar el problema como si no fuera mío, como si tuviera un alumno al que le estuviera pasando lo mismo que a mí. Escribe una página, le hubiera dicho yo, me da igual cómo tiene que acabar el proyecto, escribe la primera página. Como si solo tuvieras que entregar esa página. Y funcionó. Me senté y escribí esa página. Y después de esa página, las demás fluyeron con mucha más facilidad de la que había imaginado en un comienzo. Porque el proyecto no era excesivamente largo, no era excesivamente complicado de escribir, pero había que empezarlo.

Después de esa primera sesión, conseguí terminarlo justo el día de la entrega y aún me sobró algo de tiempo en mis vacaciones para escribir este artículo. Cuando lo hube entregado, me senté a reflexionar un tiempo. Aún no comprendía bien qué había sucedido. No niego que la cercanía de la fecha de entrega también hizo que me lanzara a la piscina más fácilmente, pero si no hubiera sido capaz de enfrentar ese primer árbol, de dar ese primer paso, nunca hubiera llegado al final del camino. 

A mí nunca me había pasado, pero conozco a gente a la que cualquier proyecto de escritura siempre se le hace bola. Supongo que en su caso (y en el mío un poco también, supongo), hay un poco de perfeccionismo, un poco de síndrome del impostor y otro poco de hoja en blanco. Pero a veces nos acercamos a la montaña pensando en todo lo que tenemos que escalar en lugar de poner un pie delante del otro y empezar. Prácticamente cualquier empresa en la que nos embarquemos va a requerir mucho tiempo y esfuerzo y, del mismo modo, va a ser imposible si la tratamos como un todo en lugar de como pequeñas tareas realizables.

A lo que voy es a que quizás nos parezca imposible escribir una novela: ¡Ala!, un libro entero, qué bruto. Yo no valgo. ¿Pero podemos escribir una palabra, una frase, una página? Sí, eso sí. Vale, pues escribe una página. Luego ya veremos. Quizás, efectivamente, no se escriba la novela, pero quizás sí. Puedo escribir una página tras otra hasta escribir un libro, pero no puedo sentarme y vomitar una novela. Así, de golpe. No creo que nadie pueda. 

Y si conseguimos disfrutar de cada paso en la escalada, de cada página, el camino no solo se hace más sencillo, sino que pasa volando. Por supuesto, después vendrá la revisión y todas esas cosas que a mí me parecen más feas en la escritura, pero incluso eso puede conseguirse si se divide en pequeñas tareas. Poco a poco, paso a paso, árbol a árbol. La constancia y el disfrute son, sin duda, los mejores amigos de la escritura. 

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Acerca de los autores

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Alejandro Marcos

Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.

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Jorge Corrales, escritor - fotografía de Nines Mínguez -IMG570

Jorge Corrales

Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).

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Lara Coto

Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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Lucía Emmanuel

Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).

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Chiki Fabregat

Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.

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