Escrito por: ADRIANA MURAD

«Los últimos tres años y pico», escribe David Foster Wallace, «han visto una verdadera explosión de voluntarioso interés crítico y comercial por la narrativa escrita por autores Notoriamente Jóvenes». Si no supiéramos quién escribió esa frase ni que pertenece a un artículo de 1978, podríamos pensar que fue escrita ayer, hace cinco años o diez. ¿Qué lector no ha sido seducido en una mesa de novedades por la frescura de una joven promesa? 

 

Blog "Para ser tan joven" por Adriana Murad - IMG915

Pese a que la obsesión del mercado con la juventud de los autores no es, ni mucho menos, nueva, recuerdo un momento de mi vida en el que no había entendido cómo yo misma podría sacar partido de ella. Cuando empecé a ir a talleres de escritura era adolescente. Mi madre me había enseñado una fotografía de la Escuela de Escritores en el periódico y yo, aunque sufría de una timidez enfermiza, decidí probar. Un sábado por la mañana, me presenté en un portal de la calle Francisco de Rojas, en Madrid, y me uní a ocho adultos, con la excitación y el temor de ser mucho más joven. En el formulario donde el profesor preguntaba por libros y autores de cabecera, mencioné casi todos los que había leído. Tenía que demostrar que merecía estar allí, que yo también quería ser una escritora seria.

Tras dos o tres tareas no del todo exitosas, un día, por fin, di con la fórmula y lo conseguí. «Escribes muy bien…», dijo una voz. Los alumnos asintieron sin mucho entusiasmo. La frase tenía trampa, pues fue rematada de inmediato por una aclaración imprescindible: «… para ser tan joven». Con ese matiz, mis compañeros empezaron a asentir con vehemencia: «sí, totalmente, sí… tan joven».

Al principio, esa aclaración final no me molestaba demasiado. Mi juventud no era un obstáculo, sino un arma. Ser joven excusaba que mi escritura aún no fuese refinada y me permitía encogerme de hombros si no conocía alguna obra que mis compañeros sí que habían leído. Pero, sobre todo, era un arma porque me permitía generar impacto sin mucho esfuerzo. Recuerdo escribir sobre personajes tristes y violentos y escenas crudas y un poco morbosas. Destruiría párrafo a párrafo el imaginario literario que mi profesor y compañeros asociaban a una adolescente.

Un día me topé con un texto que parecía tener la respuesta: en «La muerte del autor», Roland Barthes argumentaba que el autor, en realidad, estaba muerto, que el lector no podía andar pensando en quién habría escrito la novela. ¿A quién le importa lo que un escritor quería decir? Si eso dejaba de importar, si mi lector no iba a pensar en mí cuando leía mi libro, entonces ¿para qué preocuparme por mi edad? Cuando, en otro taller, el profesor dijo con solemnidad que no existían los novelistas jóvenes, pensé que tal vez había leído a Barthes: el autor no solo estaba muerto, sino que no existía. Pero no era eso: «existen los poetas jóvenes, claro», dijo, ¿quién no conocía el caso de Rimbaud?, «¿pero novelistas?, no, de ninguna manera». Una buena novela surgía de la experiencia vital, de la madurez. 

La frase sonaba en mi cabeza como un mantra: «escribes muy bien… para ser tan joven».

Pero la juventud se convirtió en virtud cuando participé en un programa de autores emergentes. El primer día, preguntaron quién no había publicado aún y, para mi sorpresa, fui la única en levantar la mano entre casi cien personas. Tenía que darme prisa en emerger y no tardé en convencerme de que debía publicar cuanto antes. El mantra empezó a cambiar y las frases tranquilizadoras que recibía al buscar editorial me sonaban como amenazas: tú, que eres joven, lo tienes más fácil. Un agente literario que me vio recitando en un teatro se interesó por mí. Me citó y, con algo de miedo a decepcionarme, dijo que mi manuscrito no parecía la primera novela de una autora joven: «parece el libro de un señor al final de su carrera», me dijo, «un señor pasado de vuelta». Yo me reí, disociada, dividida en la escritora joven que parecía ser y la novela vieja que había escrito. Entendí que la explosión de interés crítico en la juventud ardía ante mis ojos y yo no había sabido aprovecharla, no me había puesto el traje de autora Notoriamente Joven.

De pronto, la frase que había repudiado de adolescente («escribes muy bien para ser tan joven») era la que quería oír. No tenía que esconderme bajo una prosa trabajada y madura, sino explotar aquello que me convertía en una joven promesa y meterme en un mercado que convertía la juventud en estrategia de marketing y la frescura (sea lo que sea eso) en argumento de venta. La juventud, de pronto, añadió una capa de presión a la escritura. Me di cuenta de que durante todo ese tiempo un reloj que me había pasado desapercibido se había estado moviendo en una cuenta atrás. Por más que Barthes me hubiera convencido de que debía «desaparecer» como autora, pronto empezaría a soñar con la fuente de la eterna frescura literaria.

Pero lo que verdaderamente nos ayuda en el momento de la escritura no es pensar en lo jóvenes que somos, o lamentar que hemos dejado de serlo, ni mucho menos asociar a un texto cualidades con las que hablaríamos de un cuerpo, de una persona viva. Ni la juventud ni la vejez son méritos literarios, son solo circunstancias que permiten al mercado clasificar libros y que, por desgracia, también convierten la literatura en algo que no debería ser: un producto con fecha de caducidad, una promesa fugaz de relevancia, una carrera contrarreloj. Por más que, como escritores, fantaseemos con el atractivo de la atención mediática, de la entrevista, de la fotografía o de la faja, nuestra figura no es más que un envoltorio. La escritura, por naturaleza (y por suerte) puede ser desobediente y escurridiza, ajena a nuestra vanidad o reconocimiento. Al escribir podemos jugar a, como decía Barthes, estar muertos, a no ser más que espectros. ¿Qué hay más liberador para un escritor que olvidarse de sí mismo y construir su ficción?

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Acerca de los autores

Adriana Murad - IMG300

Adriana Murad Konings

Es graduada en Literatura General y Comparada por la UCM y máster en Literatura Contemporánea en Goldsmiths, University of London. Fue alumna del Máster de Narrativa y ha formado parte como escritora del programa CELA. En la actualidad imparte clases en Escuela de Escritores y coordina su Club de Lectura. Ha publicado dos novelas: Los días leves (Binomio, 2023) y Los idólatras y todos los que aman (Anagrama, 2025), ambas finalistas del Premio Herralde de Novela.

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Chiki Fabregat, fotografía de Isabel Wagemann- IMG2-675

Chiki Fabregat

Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.

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Alejandro Marcos, fotografía de Isabel Wagemann- IMG2-675

Alejandro Marcos

Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.

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Jorge Corrales, escritor - fotografía de Nines Mínguez -IMG570

Jorge Corrales

Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).

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Lara Coto, profesora de Escritura Creativa para Adolescentes en Escuela de Escritores - IMG570 - fotografía de Ático26

Lara Coto

Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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Lucía Emmanuel, profesora de Escuela de Escritores - IMG300 - fotografía de Ático 26

Lucía Emmanuel

Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).

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