Curiosidad y competición en la escritura

Escrito por: CHIKI FABREGAT

El ser humano es curioso y es competitivo. 

Decir algo así es una generalización (lanzada además sin datos y con pocos argumentos), pero voy a permitirme la licencia de abrir este artículo generalizando: hay algo en la naturaleza humana que nos lleva a competir, como hay algo que nos empuja a ser curiosos. Estos dos impulsos afectan a un montón de facetas de nuestra vida, entre ellas, a la lectura, a nuestra actitud frente a una historia, ya sea una novela, una película, un corto, un relato…

 

 

Muchas veces, al conocer el planteamiento inicial de una historia, hacemos pronósticos. Queremos saber qué va a pasar (curiosidad) y queremos adivinarlo antes de que nos lo cuenten (competitividad). Como decía un poco más arriba, pasa en la literatura y pasa en el cine o en cualquier situación narrativa, incluso cuando alguien empieza a contar una anécdota de su vida, pero así como somos conscientes de nuestra curiosidad, de nuestro deseo de saber más, no lo somos (o no siempre lo somos) de la competencia que establecemos con quien nos cuenta la historia. 

Cuando Dorothy emprende su viaje hacia Oz, queremos saber si llegará y qué pasará si lo hace, qué les ocurrirá a todos los que la acompañan… De hecho, cuando el viento empieza a soplar, antes incluso de que el tornado arranque su casa del suelo, ya queremos saber si alcanzará el refugio en el que se han metido sus tíos. El conocido pacto de la ficción se basa en este deseo, en la curiosidad: te daré respuesta a todas esas preguntas si me acompañas con un poquito de paciencia y no cuestionas (demasiado) el mundo que he creado para ti. 

Pero hay otro deseo, soterrado y silencioso, que también nos martillea: queremos adivinar lo que el narrador nos oculta y queremos hacerlo antes de que lo desvele, porque eso nos hace sentir vencedores, más espabilados, más listos que el propio narrador y que el resto de los lectores. ¡Te gané! (la dichosa competitividad). En general, cuando nos situamos ante una historia de ficción, lanzamos pronósticos. Aparecen dos personajes compatibles y pensamos: estos dos van a vivir un romance; hay una ventana abierta y pensamos: por ahí va a entrar alguien; un personaje camina por el borde de una acera y pensamos: van a atropellarlo. Hacemos pronósticos y, si se cumplen, sentimos una satisfacción entre absurda e infantil, pero muy placentera. 

Tenemos un ejemplo muy claro en la narrativa policiaca: hay un asesinato y conocemos las pistas a la vez que las conoce el personaje que investiga así que, si tenemos ese instante de revelación, ese EUREKA en el que adivinamos quién es el asesino antes de que lo desvele la novela, somos más listos que el investigador. No es una competición consciente, pero es competición, a fin de cuentas. Querido Sherlock Holmes, lo sabía antes de que me lo dijeses, fíjate si soy lista. 

Dicho todo esto, parece fácil la receta del éxito: dar pistas al lector para que sus pronósticos sean acertados. Pero volvamos al otro impulso: la curiosidad. La historia que nos cuentan, la que vemos en una película, la que oímos, tiene que despertarnos el deseo de saber más, si los pronósticos son tan claros que sabemos positivamente lo que va a pasar, se muere el deseo. La historia no puede ser demasiado previsible. Quien nos lee debería sentir que tiene las respuestas al alcance de los dedos y descubrir, cuando estira la mano, que se le han escapado, que las ha rozado, pero no ha podido atraparlas. Sin abusar de la paciencia lectora y de las promesas que no se cumplen. Uf, es un equilibrio muy difícil. 

Una buena forma para lograr que ese deseo de saber más y esa sensación de haber ganado se mantengan vivas sin provocar el aburrimiento porque era demasiado fácil adivinarlo es dosificar las preguntas y las respuestas, no concentrar todo el interés en una sola pregunta (¿se enamorarán los personajes?), sino en pequeños interrogantes que van apareciendo justo antes de que se resuelva el anterior. No se trata de que el lector se pregunte si los dos personajes van a enamorarse, sino de darle pistas para que haga pequeños pronósticos: este chico que busca piso y este otro chico que también busca piso acabarán compartiendo el alquiler. Y cuando eso se resuelve y, efectivamente, descubrimos que por un error han alquilado el mismo apartamento, ya hemos lanzado otro pronóstico: esa maleta que acaba de guardar en lo más alto del armario esconde algo. Así, hasta llegar al final y responder la pregunta enorme que nos habíamos planteado: ¿se han enamorado?

En todos los talleres se habla de las preguntas dramáticas, no he descubierto la rueda ni lo pretendo, pero conocer la teoría no siempre nos funciona cuando nos ponemos a escribir. Tal vez otra posibilidad pase por pensar en la estructura de nuestra historia como una serie de preguntas que apelan a la curiosidad del lector de forma que, cuando responda una, tenga ya la siguiente planteada, y una serie de pistas que brinden la posibilidad, no la certeza, de llegar a la respuesta. Puede ser divertido (yo defiendo lo de divertirse al escribir, qué le voy a hacer) destripar este proceso desde el lado de la lectura. Voy a lanzar una propuesta: empieza la lectura de un libro del que no sepas mucho, pero del que hayas oído hablar bien o que esté firmado por alguien que suele gustarte, uno que pertenezca a una serie que ya conoces… En fin, busca un libro con muchas posibilidades de despertarte el deseo de seguir leyendo. Lee con ojos de cirujano, disecciona. Marca en un color el momento en el que tu mente lanza una hipótesis, por pequeña que sea y en ese mismo color los elementos que la van confirmando (si los hay) y el momento en el que se confirma o se descarta. Y haz lo mismo con cada hipótesis, en diferentes colores. Después replica ese mapa multicromático en algo que tú hayas escrito. Y compáralos. 

Después, claro está, saca conclusiones y generaliza.

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Acerca de los autores

Chiki Fabregat, fotografía de Isabel Wagemann- IMG2-675

Chiki Fabregat

Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.

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Alejandro Marcos

Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.

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Jorge Corrales, escritor - fotografía de Nines Mínguez -IMG570

Jorge Corrales

Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).

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Lara Coto, profesora de Escritura Creativa para Adolescentes en Escuela de Escritores - IMG570 - fotografía de Ático26

Lara Coto

Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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Lucía Emmanuel, profesora de Escuela de Escritores - IMG300 - fotografía de Ático 26

Lucía Emmanuel

Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).

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