Escrito por: PAULA BENCOMO
Me gustaría decirte que escribir es una actividad agradable, de esas que rebajan los niveles de cortisol en tu cuerpo, como pasear por el campo o hacer magdalenas. Pero lo cierto es que no. Escribir es incómodo.
Aunque el entusiasmo me acompañe en cada proyecto, enseguida comienzan a surgir obstáculos que parecen sacados de un videojuego apocalíptico. Una duda que se instala en mi mente, una frase que no aparece aunque la busque por todas partes, una distracción que se abre paso entre dos ideas. Con el tiempo, una aprende a reconocerlas. Son las plagas de la escritura, las adversidades que debe afrontar cualquiera que desee llamarse escritora. Por fortuna, no arrasan los campos ni oscurecen el cielo, pero tienen un talento especial para invadir nuestras páginas.
Estas son algunas de las más persistentes:
I – La plaga del vacío infinito
O lo que es lo mismo: ¿y ahora de qué escribo? Quizá haya personas con una vida tan colmada de experiencias, de anécdotas, para las que este sea el menor de sus problemas. Pero a mí no me pasan grandes cosas. Mi vida es anodina. Además, tengo una memoria pésima que me impide recordar aquella trepidante aventura que viví con nueve añitos —o simplemente lo que me ocurrió el mes pasado—.
Así que, cuando me apetece escribir algo nuevo, acabo dándole vueltas y vueltas, escarbando entre las infinitas posibilidades que me ofrece el vacío: el amor, la traición, la justicia. ¿Cómo puedo iluminar al resto de seres humanos?
Un ejercicio que ayuda a desbloquearme es olvidarme de encontrar un buen tema sobre el que escribir y centrarme en dar con un conflicto; por absurda que sea, solo basta una situación concreta que afecte a un personaje peculiar.
Así fue como se me ocurrió escribir, por ejemplo, una historia sobre una vegana enamorada de un argentino que finge ser vegano para salir con ella. Me viene a la mente un personaje, caracterizado por su profesión o un detalle personal, y después me imagino qué sería lo peor que podría pasarle. En este caso, pillar a su novio siéndole infiel con la comida.
También suelo buscar palabras aleatorias, palabras que no tengan nada que ver entre sí pero que, por su contraste, puedan esconder un conflicto. Haz la prueba. ¿Qué escribirías si te digo tres palabras mágicas? Almohada, tijeras y repartidor.
II – La plaga de futuros jueces
No serás el mejor escritor del mundo, pero seguro que la mayoría de personas que conoces no se atreven a escribir ni media página. Si tú sí lo haces, ya tiene bastante mérito.
Pensar demasiado en lo que dirán los demás puede hacer que censures tus ideas o abandones proyectos antes de tiempo.
A todos nos da vergüenza mostrar lo que hemos escrito porque sea demasiado malo o incluso demasiado… personal. Y ¡justo eso!, eso que nos avergüenza es aquello de lo que más deberíamos escribir. Ahí, como escritores, está nuestra verdad.
Escribe sobre lo que te dé pudor, aquello que haga tambalear la moral de tus personajes y pueda incomodar a quien te lea. Por muy imperfecto que sea, será una historia que ha salido de tus entrañas, de confrontar tus sombras. Habrá quien no le guste, pero peor sería escribir algo tan prudente que no incomodara ni siquiera a quien lo escribió.
III – La plaga de mariposas en el umbral
Después del vacío aparece algo más aterrador: cómo demonios empiezo a escribir esta historia tan chispeante que se me ha ocurrido.
Cuando las mariposillas —la ilusión por materializar tu idea— por fin revolotean sobre la cabeza, toca remangarse y colocar una palabra detrás de otra.
Nunca olvidemos que el primer párrafo que escribas no es el definitivo, pero aquí va un humilde consejo para arrancar:
Escribe el inicio con un detalle que después cobre sentido. Ni siquiera debes saber todavía cómo evolucionará; solo escribe una frase descontextualizada, como si el lector aterrizara en tu texto con los ojos cerrados y, de pronto, al abrirlos, ya estuviera dentro de algo que no entiende del todo, pero que no puede evitar querer seguir explorando.
IV – La plaga del falso avance
Siempre he escuchado que no se debe editar mientras se escribe porque rompes el flujo de escritura y, en vez de avanzar, te estancas. Dicho de otra forma, primero se debe escribir usando el pensamiento divergente (aquel que te ofrece infinitas ideas) para más tarde poner en marcha el pensamiento convergente (aquel que te ayuda a elegir la mejor opción).
Sin embargo, para mí, reescribir las primeras líneas es fundamental, es parte del brainstorming, sobre todo cuando todavía no tengo claro el tono y la atmósfera que quiero aplicar en el texto. Porque ahí, en ese bucle de relectura y reescritura, moviendo palabras como si fuera un tetris, entro en un extraño trance que me regala asociaciones inesperadas y hallazgos creativos.
Hay una clara diferencia entre editar para ordenar y editar para descubrir. Ahora bien, si hablamos de la primera, la convencional, mi truco es simple pero efectivo:
Cuando estás escribiendo la mar de inspirado pero, de repente, te topas con un dato que te despierta dudas (qué carrera estudia la hija del protagonista, por ejemplo), con un flashback que de momento se te resiste o con una descripción que te da pereza escribir, lo más sano es abrir corchetes, con un espacio en blanco para la información que más tarde quieras rellenar, y luego seguir escribiendo como si nada. De esta forma, no rompes el flujo de escritura, no editas, ¡logras avanzar!, pero tampoco olvidas que hay algo pendiente. Tu yo del futuro te lo agradecerá.
V – La plaga de espejos rotos
Cuando empecé a escribir, pronto me di cuenta de una cosa: yo, que escribo la historia, conozco hasta el mínimo detalle de lo que viven los personajes. Pero ¿cómo sé yo que el lector entenderá los subtextos que, con tanto arte y astucia, he ido esparciendo por mi texto? O al contrario, ¿cómo estoy yo tan segura de que el lector sea tontísimo y no termine aburriéndose de leer un sinfín de obviedades?
Me temo que este problema no lo sufro solo yo en mis carnes. Todo escritor oscila entre ser críptico o sobreexplicativo, entre no dar suficientes pistas o dar tantas que su texto parezca un cartel luminoso. Y anda que no es difícil encontrar el equilibrio. Es imposible medirlo desde dentro del propio texto, porque tú ya conoces las intenciones ocultas pero no sabes cómo será el efecto. El escritor nunca experimenta el texto como lector. Es una de las desventajas de que la escritura sea una disciplina solitaria. Por eso aprecio tanto apuntarme a cursos de escritura, donde puedo mostrar mis textos y que sean otros (profesores y compañeros) quienes señalen amablemente si me he pasado de rosca o no.
VI – La plaga de los pantanos narrativos
Dicen que lo más difícil es empezar. ¿Y quedarse atascado a la mitad? Cuando ya has escrito varias páginas y la historia empieza a hundirse, aparece otra plaga: tu proyecto está empantanado y tu lancha se ha quedado sin combustible.
En situaciones como esas, donde los ánimos están por el suelo, debemos volver a jugar. Hacerlo saltar todo por los aires. Pensar posibilidades absurdas para la trama. Giros exagerados. Decisiones cuestionables. Es momento de arriesgar. A fin de cuentas, no hay nada que perder. Aunque después no usemos ninguna de esas ideas locas, ayudan a devolverle movimiento a la historia. Porque, a veces, lo que necesita un texto no es perfección ni coherencia absoluta, sino recuperar la sensación de peligro. Volver a sentir que, si tiras de ese hilo extraño, la historia todavía puede sorprenderte.
VII – La plaga de los mañanas
Ya lo advertí al principio. Escribir es incómodo. Da pereza, pero sobre todo da miedo. Por eso, cualquier escritor estará de acuerdo en que la peor plaga son los mañanas. Mañana empiezo. Mañana me pongo. Mañana escribo.
Cuando me descubro siendo una escritora evitativa, intento engañarme a mí misma con tareas ridículamente pequeñas. No pienso en escribir un relato, pienso en escribir el primer párrafo del esbozo de una escena, o si ese día mi mente está menos literaria y más administrativa, solo pienso en hacer una lista de las situaciones que quiero que ocurran en la historia. Con eso basta.
De hecho, dividir una historia en secciones diminutas —más diminutas que una escena, en serio— ha sido mi mayor arma anti procrastinación. Es como rellenar los huecos de una inofensiva ficha. Una casilla lleva a la siguiente y, antes de que el miedo tenga tiempo de protestar, ya he avanzado más de lo que pensaba. Como decía Dorothy Parker: odio escribir pero me encanta haber escrito.
Al final, escribir no es tanto una profesión sino una forma sofisticada de supervivencia. Quién sabe cuándo nos invadirá la próxima plaga. Lo que está claro es que aquí seguiremos dándole a las teclas.
Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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