Escrito por: LARA COTO
Escribir es una de las cosas que más me gustan del mundo. Probablemente, la que más. Lo que siento en el proceso de creación de una historia no se puede comparar con nada que haya experimentado antes. Aun así, hay días en los que me resulta muy difícil ponerme al teclado. Una parte de mí no entiende cómo es posible que algo que me apasiona tanto
genere, a veces, tanta resistencia. Pero es así. Me puede el cansancio de la semana, o la pereza, o el miedo a hacerlo mal, o esa sensación de apatía que tenemos a veces los escritores cuando nos cuesta recordar por qué hacemos esto.
A lo largo de mi vida como escritora, el avance de mis proyectos ha sido siempre un tira y afloja con mi fuerza de voluntad. No voy a mentir: a menudo, la escritura pierde esa batalla. Decido que estoy demasiado cansada, que así no me va a cundir, que es mejor que me tome el fin de semana para reponer fuerzas o que haga aquella gestión que es menos importante
pero más urgente. Me digo a mí misma que a la semana siguiente echaré más horas, que estaré más concentrada, que me cundirá más. Me cuento mentiras muy elaboradas sobre el autocuidado, como si hacer lo que más me gusta en este mundo no significara cuidarme.
Hace unos meses, me embarqué en mi primer proyecto de escritura a cuatro manos. Un buen amigo me contrató para que escribiera, junto a él, el guion de su primer largometraje. Era algo nuevo para mí por muchos motivos: nunca he escrito con otra persona, nunca he escrito un guion en serio y ni siquiera tengo mucha experiencia en el género de la historia.
Por supuesto, yo fui con todo este discurso por delante para que él no se precipitara, pero ya estaba decidido. Desde niños, hemos compartido la pasión por las historias, hemos jugado a hacer cine juntos en muchas ocasiones y él tenía claro que teníamos que hacer cine juntos, esta vez de verdad. No tuve que pensar en si yo quería o no porque eso lo tenía claro
desde el principio.
Desde que formo parte de este proyecto, algo en mi perpetuo tira y afloja ha cambiado. La primera parte de la batalla es la de siempre: llega el momento de ponerme a escribir, pienso en ello y me entran dudas. Mi resistencia empuña sus armas favoritas: que si el cansancio, que si la productividad, que si no me va a salir bien hoy, que si sería mejor otro momento,
que si esas otras tareas pendientes. Sin embargo, después ocurre algo insólito. La escritura esgrime una espada nueva: pienso en mi amigo. “Le dije que avanzaría en esto antes de la próxima reunión”. “Esto ya es difícil de por sí, más me vale dedicarle tiempo”. “Si no escribo hoy, retrasaré también su escritura”. “Él confía en mí”. “No puedo decepcionarlo”.
Es una espada mágica, forjada por algún herrero admirable de mi mente. En cuanto sale de su vaina, la resistencia se esfuma y me pongo a escribir. Hay días de pura inspiración inesperada y por supuesto, días en los que me cuesta más y avanzo menos, pero siempre me alegro de haberlo hecho. Siempre. El efecto de la pasión por la escritura es imbatible: el cansancio desaparece y la creación aflora.
Cuando me di cuenta de eso, no pude evitar hacerme una serie de preguntas incómodas. ¿Por qué hago este esfuerzo por otra persona, y no por mí? ¿Por qué rompo las promesas que me hago? ¿Por qué, si no estoy dispuesta a decepcionar a otros, me hago eso a mí misma?
La respuesta es simple y compleja al mismo tiempo. En el fondo, yo sé que mi amigo no se va a sentir decepcionado porque yo no escriba un día. Pero, también en el fondo, sé que vendrán días en los que realmente no pueda escribir y entonces lamentaré haber perdido aquellos en los que sí podía. Porque, de nuevo en el fondo, todos sabemos cuándo nos
estamos poniendo excusas y cuándo existe una razón real para no hacer algo. Por otra parte, soy humana y el ser humano tiene estas tendencias: nos cuesta menos querer a otros que querernos, y tememos más fallar a otros que fallarnos. Pero eso puede (y debe) cambiar. Está en nuestra mano, como artistas, que cambie.
Por supuesto, no se trata de convertirnos en sargentos para nosotros mismos. El autocuidado (aunque yo lo tergiverse cuando necesito ponerme excusas) es un concepto que existe y es importante. No siempre es fácil encontrar el equilibrio entre lo que deseamos y lo que necesitamos, y el exceso de disciplina puede ser tan dañino como el exceso de procrastinación. Por eso, el primer paso para cambiar esta tendencia al autosabotaje está en elegir bien qué promesas nos hacemos. No tienes que ser la persona más disciplinada del vecindario ni asegurarte de que no fallas a nada de lo que te has propuesto. Tampoco tienes que ponerte metas imposibles con el pretexto de que tus sueños bien valen el sacrificio. No se trata de eso. Se trata, únicamente, de proteger aquellas cosas que de verdad te importan. Y de hacerlo, claro está, de manera sana y realista.
Si de verdad te gusta escribir (o pintar, o componer, o crear de la forma que sea) y es para ti algo más que un hobbie, hazte esa promesa. Y cúmplela.
Cúmplela, no por perfeccionismo ni para demostrar nada a nadie, sino porque te la has hecho y te mereces darte lo que te prometes. Cúmplela, porque el día en que la hiciste, estabas pensando en lo que era bueno para ti (y por eso te la hiciste). Cúmplela, ante todo, porque has confiado en ti. No te decepciones.
Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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