Escrito por: CHIKI FABREGAT
Hace un par de días me contaron una anécdota preciosa de un encuentro en un colegio. Una niña preguntó a la escritora que los visitaba si ella había hecho el libro que habían leído en clase. La autora dijo que sí, claro, y la pequeña le recriminó que hubiese puesto una falta no solo en su libro ¡¡sino en los de todos sus compañeros!! Cualquier autor que ha visitado un colegio atesora este tipo de anécdotas maravillosas y, a veces, cuando unos cuantos nos juntamos frente a un café, nos dedicamos a compartirlas muertos de amor y de ternura, porque, como dice mi amiga Begoña Oro, a los autores de literatura general se los admira y a los de infantil se nos quiere (y además se nos conquista, añado yo). Escribir para un público que pregunta estas cosas es un lujo y una aventura constante, podéis creerme. Y es, en muchas ocasiones, una puerta a la reflexión.
Cuando me contaron la anécdota de la errata en el libro, yo recordé esa otra vez en la que un niño me preguntó si yo hacía los libros y, acto seguido, se interesó mucho por saber cómo conseguía que no se despegara el lomo (a mí se me despega todo el rato). También quieren saber cuánto cobramos (¡Hala!, ¿tan poco?) o cuánto se tarda en escribir un libro (¡Hala!, ¿tanto?). Son preguntas tiernas, dulces, que nos arrancan una sonrisa, pero también preguntas que nos hacen darnos cuenta de lo desconocido que es el mundo del libro para una gran parte de la población. Esa parte, y aquí ya hablo de adultos, que se echa las manos a la cabeza cuando les dices que has estado dentro de una novela tres años, que has tardado otros tres en encontrarle casa editorial o cuando les cuentas los porcentajes por derechos de autor. Una vez me dijo una conocida: acabo de darte 45 euros, invítame a una caña al menos. Es verdad que ella se había gastado 45 euros en tres libros míos, pero yo me iba a llevar un diez por ciento. Su caña y la mía, si el sitio no era muy caro. De la tapa podía olvidarse.
Mi amiga Mónica Rodríguez (hay que ver, cuánto me gusta presumir de amigas) hace un juego con niñas y niños en los encuentros para explicarles cuántas personas intervienen en el proceso del libro. Al final, casi toda la clase tienen un papel: escritor, editora, corrector, maquetadora, ilustrador, distribuidora, transportista, comercial, librera… ¿Cómo no se va a repartir el dinero?, ¿cómo no van a ser largos los tiempos? Ay, los tiempos del libro, qué entrenamiento para la paciencia.
A veces oigo afirmaciones que encienden mi sentido arácnido: mi novela estaba tan bien escrita que no han tenido que hacerle correcciones; en la editorial les ha gustado tanto que la han sacado en dos semanas (o un mes, o dos meses, qué más da, un plazo muy corto); me niego a enviar un manuscrito a ese sitio porque tardan mucho en contestar; no me presento a concursos porque secuestran mi obra durante meses… Siempre que oigo algo así me sale de dentro decir que no me fío de quienes van con tanta prisa y leen, corrigen, eligen, descartan, preparan… un libro en poco tiempo. Que un editor tiene que hacer su trabajo y su trabajo es sugerir cambios, hablar contigo de lo que podría mejorarse, incluso si finalmente no se hacen esos cambios. Que la falta de edición no es síntoma de perfección por parte del autor, sino de dejadez por parte de quien edita. Que todos necesitamos ojos externos que nos ayuden, que hay erratas, errores, rimas, adjetivos innecesarios, frases que se atascan, personajes desdibujados. Que una corrección de estilo y ortotipográfica es parte del proceso del libro, no una reprimenda. Y que todo eso no puede hacerse bien en dos semanas. Que si en un concurso emiten el fallo al poco de cerrar el plazo hay muchas posibilidades de que no hayan leído todo lo que se ha presentado. Pero tampoco quiero sonar prepotente y marisabidilla, así que me muerdo las ganas de decir algo.
En el proceso del libro hay dos partes (muchas más, en realidad, pero se pueden hacer dos contenedores grandes): la creación y la producción podríamos llamarlas. La primera parte, la de la creación, es nuestra, de quienes escribimos. Depende al cien por cien de quien firma un libro que el libro se escriba. En fin, si nos pagan un anticipo por hacerlo es más fácil, si tenemos tiempo suficiente, si no nos bloqueamos, si, si, si… Hay muchos síes y muchos ojalás, pero escribir un libro está en manos del autor, de la autora.
La otra parte, la de la producción, la de convertir ese archivo o esas páginas en un producto que se puede comprar en librerías (y en más sitios, pero en el día del libro elijo soñar que los libros se venden en librerías) depende de muchísima gente y muchísimos factores. Se trata de un proceso lento precisamente por todos esos pasos y esas personas y forzar que vaya rápido solo puede llevarnos a una pérdida de calidad. Ahora que la Inteligencia Artificial Generativa está ocupando tantos lugares que antes nos pertenecían a los creadores, los tiempos se acortan, claro. Ya no hay que esperar a que un ilustrador lea, interprete, haga suyo el texto y después lo dibuje. Pero entre esa ilustración que nace de la interiorización de un escrito y la que genera la IA hay un mundo. Traducciones, correcciones, maquetas… Todo puede acelerarse. Y diluirse. Y perder la identidad.
Mi deseo, mi consejo, mi sueño para el día del libro es que aprendamos a respetar los tiempos. Que no nos empeñemos en acelerarlos. Es frustrante a veces, pero compensa con el resultado. Quiero seguir visitando colegios y responder a esa pregunta: ¿Cuánto has tardado en escribir el libro? (¡Hala, tanto!) Y quiero explicar que lo escribí hace dos, tres, cuatro años porque el proceso involucra a mucha gente. Quiero, sueño, deseo que esos niños y esas niñas que me leen (que nos leen) sientan que el libro es algo que merece tiempo, tiempo de escritura y tiempo de lectura. Y quiero (sueño, deseo) que me sigan regalando ese tiempo, en este mundo empeñado en hacerlo todo deprisa.
Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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