Escrito por: LARA COTO
Hace tiempo, vi un vídeo de la youtuber Ter criticando el concepto de objeto multiusos. Afirmaba que las herramientas tipo cuchara-tenedor, bolígrafo de cuatro colores o navaja suiza son, en realidad, intentos fallidos por abarcar lo inabarcable, y que al final, por querer hacer varias cosas, no hacen ninguna bien. Yo no me había parado a pensarlo hasta ese momento, pero es cierto que la mayoría de los objetos multiusos que he tenido no me han dado muy buen resultado: mis navajas suizas siempre tenían varias herramientas que no cumplían su función, los bolígrafos de cuatro colores se me secaban porque no uso todos los colores con la misma frecuencia y mi única experiencia con la típica cuchara-tenedor de camping fue desastrosa. Ahora tengo una navaja que solo corta, pero corta bien, un montón de bolígrafos de un solo color que sí uso y, bueno, hace tiempo que no me voy de camping, pero sin duda, me llevaría un set de tres cubiertos para prevenir fracasos a la hora de comer.
Aunque el objetivo de Ter era invitarnos a reflexionar sobre las consecuencias de intentar llegar a todo en vez de centrarte en una sola cosa, yo voy a trasladar esta idea, por supuesto, a la escritura.
Soy de esa clase de personas que llevan un registro de los libros que leen y les ponen nota. No lo comparto en ningún sitio, lo hago para mí porque, al final del año, me gusta hacer balance de lo que he leído, ser consciente de qué me ha llegado más y saber con qué tipo de lecturas no he conectado tanto. De algún modo, siento que aprendo cosas sobre mí como lectora y como escritora.
Ahora bien, tengo que reconocer que no tengo un criterio sólido para poner estas notas. La forma más objetiva de hacerlo sería analizar cada lectura por categorías. Por ejemplo, en el caso de las novelas: trama, ambientación, personajes, narrador, prosa y tratamiento del tema. Podría poner una nota del uno al diez a cada categoría y después calcular la media para poner la nota final. Eso tiene sentido, ¿verdad?
Entonces, ¿por qué no lo hago?
Pues porque creo firmemente que, si lo hiciera así, jamás pondría un solo diez. Y me gusta poner dieces. Pongo muchos dieces, y nueves, y ochos, y sietes. Pongo pocos seises y cincos y casi nunca pongo suspensos, porque cuando un libro me está disgustando tanto como para suspenderlo, no me lo termino.
Si decidiera puntuar de forma objetiva categoría por categoría, para que una novela tuviera un diez, tendría que tener todas estas cosas (agárrate):
Y hasta la fecha, no he leído una sola novela que tenga todo eso. No he encontrado una sola navaja suiza en la que todas las herramientas funcionen a la perfección.
Esto, de entrada, puede sonar un poco cínico o agorero. Como si la literatura estuviera condenada a ser imperfecta (que afortunadamente, lo está) y los lectores estuviéramos destinados a leer solamente historias mediocres (que afortunadamente, no lo estamos). Sí, la perfección es inalcanzable, pero lo contrario de perfección no es mediocridad. La literatura no se puede analizar solo en términos absolutos y objetivos, porque el arte no es un objeto, no tiene una función práctica en nuestras vidas. Existe para hacernos sentir. Por eso mis notas no obedecen a un criterio sólido, y por eso pongo tantos dieces, nueves y ochos. Porque puntúo en función de lo que siento. Y lo que siento no necesita un diez en todas las categorías.
Así que nunca deberías intentar que tu novela sea una navaja suiza.
Además, intentarlo sería una odisea. Yo me he cansado solo de hacer la lista de requisitos que has leído arriba, y ni loca intentaría escribir tal cosa. Sería un trabajo de ingeniería imposible, totalmente anticreativo y, sobre todo, agotador. Lo más probable es que no llegase a terminar ese proyecto jamás, porque me vería incapaz de alcanzar el diez en todo. Y no hay historia peor que la que no se escribe. Pero, incluso si lo terminase, el resultado sería una novela que tiene un poco de todo y un mucho de nada: sin pizca de brillo en ninguna de sus cualidades. Como una herramienta multiusos.
Por no hablar de que, como lectora, estoy convencida de que una historia así también me agotaría. De hecho, puede que mi afirmación previa de que no he leído una sola novela con esas características no sea del todo veraz: quizá sí la he leído, o al menos la he empezado. Quizá sea una de esas novelas que no han llegado a tener ni un suspenso porque no he podido terminarlas. Y es que “todo” es demasiado. Tanto para el que escribe como para el que lee.
Si estos argumentos no te convencen, piensa en tus autoras y autores favoritos. Lo normal es que cada artista tenga sus puntos fuertes. Hay quienes destacan por sus giros inesperados, otros por tener personajes memorables y otras por una prosa sobrecogedora. Y sus libros siguen siendo de diez porque lo que hacen, lo hacen de maravilla. Son como un buen cuchillo: no tendrá destornillador ni cortaúñas, pero es que no ha sido creado para eso. Ha sido creado para cortar, y corta de lujo.
No escribas una navaja suiza, escribe un buen cuchillo. Y no lo hagas por conformismo o resignación: hazlo por convicción. Porque si algo se te da bien, tienes que hacerlo brillar. No gastes tu energía en otros aspectos que no van contigo para intentar abarcar lo inabarcable. Diré más: incluso si hay algo que no se te da tan bien, pero te has propuesto trabajarlo al máximo en tu próximo proyecto, hazlo. Trabájalo hasta que brille. Pero no brillará si estás repartiendo tu tiempo y tus fuerzas entre siete objetivos diferentes.
Y, sobre todo, recuerda que, por mucho que me empeñe en prolongar la metáfora, no estamos hablando de herramientas. Estamos hablando de arte. Con todo lo que eso implica.
Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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