4 consejos para usar preguntas retóricas correctamente

Escrito por: ALEJANDRO MARCOS

Conocemos como preguntas retóricas dentro de una narración a las preguntas que el narrador o los personajes se hacen a sí mismos o que lanzan al aire sin esperar una respuesta. No todas las preguntas que aparecen en una narración son retóricas, evidentemente. Cuando un personaje le pregunta algo a otro personaje (ya sea hablando o por escrito) espera una respuesta, por lo que no entrarían dentro de esta categoría. 

Como norma general, podemos decir que las preguntas retóricas son algo de lo que no se debe abusar en la narración. La mayoría de las veces son solo pensamientos que tenemos como escritores, dudas que nos surgen a medida que vamos escribiendo, y que ponemos en el papel según se nos ocurren. 

Son preguntas que en realidad casi nunca le hacemos a los lectores, sino que nos hacemos a nosotros mismos. Por eso conviene hacer una lectura detallada después de escribir y analizarlas una a una con detenimiento durante la revisión.

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En su defensa, si se usan moderadamente y con el contenido adecuado, pueden añadir profundidad al texto y hacer que los personajes sean más ricos y tridimensionales porque les añade dudas.

Otra función que pueden tener las preguntas retóricas en nuestros escritos es la de adelantarse a las preguntas que se pueda hacer el lector. Pero, si empleamos esta función, lo consecuente es que tarde o temprano reciban una respuesta dentro del texto (lo cual choca con la concepción de la propia pregunta retórica). Puede ser un aviso para el lector, para decirle: sé que esto está sin resolver, no es un fallo, volveré sobre ello más adelante.

Sin embargo, para que eso sea así tienen que estar muy bien construidas. La línea entre la pregunta retórica que hace que los lectores reflexionen sobre algo y las que solo refuerzan las dudas del propio autor en ocasiones es muy delgada. Tanto, que pocas veces como profesor o como escritor he mantenido una pregunta retórica (o he recomendado mantenerla) si existía una posibilidad de quitarla.

Ese podría ser el primer consejo, si podemos pasar la frase de la interrogación a la afirmación, siempre deberíamos elegir esa opción. La entonación de la pregunta hace que resalte demasiado en el texto y, además, que inconscientemente los lectores perciban el autor como principiante, un escritor que no tiene clara su propia historia, que duda de lo que está escribiendo. Si conseguimos pasar la pregunta a una afirmación, incluso manteniendo la duda, esa sensación desaparecerá y, sin embargo, habremos conseguido mantener la reflexión para el lector y la duda en el personaje. 

Segundo consejo: Una pregunta retórica está bien, dos pueden jugar un cometido rítmico o sonoro en la narración, pero tres o más son demasiadas. La acumulación de preguntas retóricas solo provoca confusión en el texto, hace que aquello sobre lo que queremos reflexionar se vuelva difuso y sea complicado de trasmitir al lector. Además de que se percibe como una falta de limpieza en el texto y una pobreza de recursos por parte del escritor.

Tercero: Asegúrate de que tu pregunta retórica no es un tiro en el pie. No hagas que el personaje se pregunte sobre algo que no tienes preparado todavía o que no sabes cómo va a resolverse. Lo único que vamos a conseguir con ello es llamar la atención del lector sobre algo que no nos interesa. En las narraciones de género, estas preguntas no deben apuntar tampoco a los detalles de construcción de mundo que estén menos sólidos. Si el lector llega a ellos por sus propios medios, que así sea, pero no resaltemos nuestras propias faltas. Aunque evidentemente, podemos usar estas preguntas para resolver directamente estos problemas que la escritura ha resaltado.

Por último: Deberíamos estar seguros de que la voz que se pregunta es verdaderamente la del personaje o la del narrador y que esa pregunta no es algo que dudemos como escritores y que se haya colado en el texto. ¿Nuestro personaje se haría esa pregunta?, ¿se haría cualquier pregunta? También hay que tener cuidado porque hay algunos narradores que, por su elección, imposibilitan el hecho de hacerse preguntas. Por ejemplo, el narrador omnisciente. Si es un narrador que no aparece como personaje en la obra, podemos hacer que el lector se pregunte: ¿quién está realizando esa pregunta? Es decir, llamar la atención sobre el narrador en sí mismo, una voz que debe quedar en segundo plano, detrás de la historia. Lo mismo sucede con otros narradores muy objetivos como puede ser el narrador cámara. Será en los narradores en primera persona y en los equiscientes (y los omniscientes cuando entran en la cabeza de los personajes, en realidad, pero no lo compliquemos más) donde entenderemos que dichas preguntas se las hacen los personajes protagonistas, que son, en realidad, los únicos que deberían hacerse preguntas retóricas en nuestras historias. Nunca está de más ser conscientes de todas estas cosas antes de dejar en libertad una pregunta retórica pululando por nuestras historias.

En definitiva, no es que no podamos usar las preguntas retóricas. Son, como cualquier otra herramienta narrativa, recursos literarios que tenemos a nuestra disposición. El problema es que al ser un recurso tan socorrido y al que recurrimos de manera inconsciente cuando nuestra propia historia (o personaje o trama) nos plantean dudas, hay que saber usarla con precisión y medida de cirujano. Por eso mismo lo mejor que podemos hacer si las encontramos en nuestros textos cuando estamos comenzando es preguntarnos si de verdad es necesario incluirla o si podemos cambiarlo por otra cosa. 

¿No es eso, al fin y al cabo, lo que deberíamos hacer con todas las técnicas narrativas?

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