Cuando muere un escritor

Escrito por: LUCÍA EMMANUEL

Morir cada día un poco más
recortarse las uñas
el pelo
los deseos
aprender a pensar en lo pequeño
y en lo inmenso
en las estrellas más lejanas
e inmóviles
en el cielo
manchado como un animal que huye
en el cielo
espantado por mí.

Blanca Varela

Hace mucho hubo en mi vida varias muertes que no tocaban. Entonces aprendí lo que era la muerte y cómo reaccionar ante ella. Aprendí del shock, de no poder llorar cuando lo necesitas y ponerte a llorar en los lugares más inapropiados, de las huidas hacia adelante, de posponer un duelo para finalmente enfrentarlo, de que hay duelos que quedan por siempre inacabados. Pero, sobre todo, aprendí a aceptar cómo dentro de mí se rompía prematuramente la infancia. Yo por entonces ya no era una niña, pero mi idea sobre la infancia había permanecido intacta hasta entonces: seguían ahí mis padres, estaban ahí para cuidarme y, si acaso, morirían algún día muy viejitos, al cabo de mucho tiempo. No fue así.

Blog "Cuando muere un escritor" por Lucia Emmanuel - IMG915

Más tarde fue mi amama, con más de noventa años, quien murió. Aprendí entonces que no todas las muertes son como yo las conocía, que existen también las muertes serenas y en paz, que no se enquistan en el fondo de los huesos.

He creído saber mucho sobre la muerte. Haber desentrañado hace mucho tiempo sus mecanismos, pero lo cierto es que con cada despedida sigo aprendiendo cosas de ella. La muerte, igual que la poesía, tiene sus propios caminos expresivos y sus formas de llegar a nuestras emociones. A veces nos impacta como una flecha directa al corazón y otras veces nos convierte en estatuas de sal, inmóviles e impasibles, incapaces de sentir en el primer momento, pero eso no significa que no nos afecte. Hablo a menudo con la muerte y sus manifestaciones, le digo qué verso me ha conmovido y cuál cuándo me ha dejado helada, en una conversación que se inicia y se interrumpe, pero que no tiene final.

Las muertes que no tocan siempre suponen un quiebre. Y no hablo ya de los feminicidios, los infanticidios o los genocidios, que nos remueven de una manera sanguínea y visceral y merecerían un artículo aparte. 

Hace unos meses hemos vivido una conmoción colectiva por la muerte de un rockero. Y no fue solo por quién era, sino porque murió antes de lo que hubiésemos esperado. En este caso, me atrevería a decir que el dolor tan agudo no tiene tanto que ver con lidiar con una ausencia, pues la mayoría no vivíamos en su cotidiano, aunque ya no podamos asistir nunca más a uno de sus míticos conciertos. Es más profundo. Si por dentro estamos hechos de islas, las muertes que no tocan quiebran antes de tiempo esas estructuras que nos componen. En foros, post, despedidas, peregrinaciones hasta un flycase, subyace un mismo relato: se ha muerto prematuramente el rock, con todo lo que representa. Juventud, rebeldía, noches y borracheras memorables, amistades irremplazables, enamoramientos y duelos amorosos, transgresión del lenguaje, ira y lucha colectiva… Cada vez quedan menos rockeros, no existe apenas relevo generacional, las formas de hacer música han cambiado y nadie recita a Lorca y a Machado en sus canciones. En una entrevista, Kutxi Romero, de la mítica banda Marea, decía algo así como que ir a un concierto de rock se parece cada vez más a ir a un museo.

Me hubiese gustado hacer mi pequeño homenaje al Robe, pero han sido tantas las palabras y mensajes públicos que decidí quedarme rezagada, y que la masa expresase el llanto, la voz y el duelo por el poeta del rock. 

 

Este enero me ha sorprendido otra muerte inesperada, pero no ha sido de un personaje público esta vez ni tampoco de un familiar o amigo cercano. Se trata de un compañero del primer curso de escritura en el que participé en Madrid. 

Íbamos a la Escuela los viernes por la mañana, y estábamos casi solos, toda la Escuela toda para nosotros. Nos sentábamos en una de esas aulas pequeñas. El grupo, como casi todos los grupos de escritura, era variopinto e intergeneracional. Y aquel hombre, al que llamaré A., me sacaría unos veinte años por lo menos. Por aquel entonces yo escribía una novela fantástica juvenil con lobos, algo muy diferente a lo que suelo escribir ahora, lo que supone un reflejo de una época ya lejana para mí. Tenía treinta años y acababa de llegar a Madrid, todo era un nuevo comienzo. Estaba estudiando un Máster a distancia y disfrutando del privilegio de escribir por las mañanas. 

Así fue como, viernes a viernes, texto a texto, en ese grupito heterogéneo nos hicimos amigos. Después de las clases a menudo íbamos a tomar vinos y en alguna ocasión a comer. Una vez A. nos invitó a comer a su casa cerca de la Escuela. Una casa antigua, elegante y ordenada, con los muebles y materiales cuidadosamente elegidos, mucha madera y cerámica, y estanterías altas llenas de libros. Se notaba que allí vivía un arquitecto. Recuerdo mucho mejor la sonrisa de su mujer, una de esas sonrisas que no podías dejar de mirar.

Sobre él tengo un recuerdo aún más preciso, aunque hace ya algunos años que no lo veía. Podría señalar varios rasgos, como que tenía el pelo cano algo ondulado y que no solía llevar barba. Pero lo que más recuerdo, el rasgo más nítido y definitorio son esos ojos saltones por efecto de los cristales de las gafas, que le infundían un aire un tanto cómico acorde con los textos que traía para leer en clase: comedias de enredos que nos resultaban muy graciosas, sobre todo leídas por él. Creo recordar que en ese momento escribía una novela sobre un coro de adultos que se iban de viaje y me sé de memoria el nombre de uno de sus personajes: un tal Ruggeri, aunque creo que ese pertenecía a otra historia. Después sé que continuó su formación, hizo un Máster de Narrativa, como yo, y publicó algunas novelas. Era muy optimista y a menudo estaba de cachondeo, aunque por encima de su gracia natural destacaría aún más que siempre me pareció un pedazo de pan. Recuerdo el timbre suave de su voz su voz al pronunciar mi nombre. Y al recordar todos esos detalles, veo la grieta irreversible resquebrajando una de mis épocas vitales, de mis islas interiores.

Pío Baroja hacía descripciones muy breves y concretas que nos hacían sumergirnos inmediatamente en un ambiente, como su descripción más famosa: “La calle era muy larga y olía a pan”. Cuántas veces podremos haber mirado una cara para finalmente quedarnos con un rasgo definitorio. Con el tiempo todos nos convertiremos en calles largas con olor a pan.

Esta nueva pérdida no está dentro de mi cotidiano. No veía a esa persona todos los días, ni mucho menos. En mi ahora es una pérdida invisible. Pero ha tocado una de mis islas interiores. Y es que durante dos años, cada viernes por la mañana, leí mis textos y escuché los suyos en un aula de la Escuela.

Un escritor es una persona normal y corriente. No creo que haya que mitificarlo o pintarlo con un halo de solemnidad porque escriba. En mi imaginario los escritores se parecen cada vez menos a esas personas con largas colas en la feria del libro y entrevistas por la televisión y más a compañeros de taller que a mi lado, codo con codo, han construido la palabra. Pero lo cierto es que, sean como sean los escritores, todos tienen algo en común: por un motivo o por otro, dejan una palabra escrita. 

Hace poco, durante una sesión con los alumnos del Máster de Poesía, el otro profesor y yo les preguntábamos por qué querían publicar sus libros. Una mujer dijo que ella buscaba cierta trascendencia, pero no necesariamente una trascendencia pública, sino familiar. Decía que quería dejar sus textos para que un día sus hijos pudieran leerlos y saber quién era su madre.

Cuando escribimos versos y metáforas o vidas de ficción, no lo hacemos completamente desde el tiempo presente. La escritura está fuera del curso ordinario de la vida y la palabra escrita desafía las leyes de la temporalidad. Cuando escribimos lo hacemos siempre desde otros allás. Y, cuando se pierde a un amigo escritor, a través de esa palabra intacta tenemos la ocasión de reencontrarnos y compartir un rato con él. Qué sabiduría tan grande escribir desde el humor para que podamos seguir siempre riéndonos contigo.

En su novela Farenheit 451, Ray Bradbury emplea una metáfora que tal vez no sea la más evidente en la historia. El título de esta novela distópica indica la temperatura a la que arde el papel y en ella los bomberos se dedican a provocar incendios en lugar de apagarlos, se dedican a quemar libros que solo tienen una manera de salvarse de la extinción: a través de las personas libro. Las personas libro son aquellas personas que memorizan libros de principio a fin y, juntos en una comunidad apartada, los comparten de generación en generación, para que nunca desaparezcan. Sirva esta mención a Bradbury también como homenaje a María, que fue compañera de ese taller de los viernes, ama la poesía que hay en la ciencia ficción y a ella también se le ha roto una isla.

Lo que no dice la historia de Bradbury es que todo es una cuestión de tiempo. El final final final que es el fin de la humanidad es también la muerte de todos los libros. O, lo que es lo mismo: toda palabra escrita arderá un día muy lejano con la extinción del sol.

Claro que esas escalas planetarias nos parecen ahora ciencia ficción y, de momento, así es.

Más cercano, pero por el momento igual de ciencia ficción para muchos es el hecho de que, con suerte, viviremos mucho mucho tiempo y un día llegaremos a viejitos. La contrapartida es que eso significará presenciar el fin de nuestro mundo.

Y es que en nuestro afán evitativo de la muerte, en nuestro miedo atroz a esa vuelta a la nada de antes de existir, en nuestro empeño de no pensar en nuestro cuerpo desaparecido, no solamente nos olvidamos que nosotros también moriremos, sino que nos olvidamos de que seremos testigos de todas las muertes que nos precedan. Que no moriremos de golpe, sino lentamente, trazo a trazo, fragmento a fragmento, isla a isla. 

Siempre me he preguntado por qué tanta y tanta gente escribe, necesita escribir y quiere aprender a hacerlo. Pienso que tal vez sea porque la palabra es, más que la tecnología y las inteligencias artificiales, más que la física cuántica y la ciencia aeroespacial, tal vez sea más que nada de lo que existe sobre esta Tierra, el ejercicio de la posibilidad. Puede contener, cambiar y es capaz de hacerlo todo en el universo llamado Literatura. Y, cuando muere un escritor, siempre queda su palabra.

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Acerca de los autores

Lucía Emmanuel, profesora de Escuela de Escritores - IMG300 - fotografía de Ático 26

Lucía Emmanuel

Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).

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Jorge Corrales

Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).

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Lara Coto, profesora de Escritura Creativa para Adolescentes en Escuela de Escritores - IMG570 - fotografía de Ático26

Lara Coto

Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.

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Chiki Fabregat, fotografía de Isabel Wagemann- IMG2-675

Chiki Fabregat

Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.

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Alejandro Marcos, fotografía de Isabel Wagemann- IMG2-675

Alejandro Marcos

Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.

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