Escrito por: LUCÍA EMMANUEL
Uno de los errores más frecuentes cuando se empieza a escribir poesía es el de caer en los lugares comunes. Escribir algo que se ha escrito ya muchas veces, que no parezca novedoso o con mirada propia, recurrir a imágenes que de tanto utilizarlas se han convertido en cliché o bien metáforas pasadas ya de moda.
Las metáforas muertas son aquellas que en su día tuvieron cierto poder de renovación del lenguaje, pero actualmente ya no lo tienen. Por poner un ejemplo muy evidente podemos irnos a las metáforas que hacía Cervantes en El Quijote para describir a Dulcinea: «Sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos de cielo, sus ojos soles,sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil su mano”. Hoy en día utilizar metáforas de este tipo en un texto contemporáneo resultaría anticuado o pomposo. Eso es porque los tiempos han cambiado y nuestra relación con el lenguaje también. En contraposición, las metáforas vivas, nos dice Ricoeur, son metáforas que tienen poder de tensionar el lenguaje. Es esa tensión la que debemos buscar con la escritura poética.
Si escribimos poesía en el siglo XXI probablemente no utilicemos las metáforas que utilizaba Cervantes, pero sí se nos pueden escapar algunas metáforas que de tanto usarse han perdido su posible impacto sobre nosotros y se han convertido en frases hechas: amarga derrota, tener estrella, la vida es una montaña rusa, tener mariposas en el estómago… Estas expresiones comunes están muy bien en el lenguaje hablado, ya que tienen el poder de la economía de palabra: son visuales, de fácil entendimiento, y muy populares. Pero habría que evitarlas a toda costa cuando se escribe poesía, a no ser que les diésemos una vuelta de tuerca.
Imaginad que decimos, por ejemplo: “Mariposas escafandra bucean en jugos oscuros en busca de enzimas que les hagan cosquillas en las alas. Viven solo un día, como las demás, y al morir lo hacen acostadas sobre paredes cálidas y resbaladizas”. Aunque se está haciendo uso de esa metáfora antigua de “mariposas en el estómago”, que es reconocida por todos, se le está dando una vuelta de tuerca: aquí es la mariposa la que siente cosquillas, la se adentra en el estómago y en los peligros del amor.
Quienes enseñamos a escribir poesía, incidimos mucho en este aspecto de los lugares comunes porque, ciertamente, si no existe renovación del lenguaje (igual que si no existe una mirada desplazada de la realidad o un ritmo que acompañe la sensación a explorar), no hay poema. Así, entrenar el detector de lugares comunes es una herramienta de corrección fundamental en poesía. Y, digo de corrección, porque ni siquiera los poetas experimentados están a salvo de los clichés. En los primeros esbozos de sus textos es muy probable que se cuelen unos cuantos, que luego borrarán en cuanto relean el texto.
Pero a veces se nos olvida que, en el lado opuesto de la balanza, pero tan o más peligroso que los lugares comunes está el hermetismo. Esto es, poemas que sí podrían renovar el lenguaje porque no están diciendo algo obvio, pero cuyo mensaje es tan cerrado u obtuso que solo el autor es capaz de sentirlo y deja fuera del texto a los que más importan: los lectores.
A menudo, en los comentarios a mis alumnos, cuando veo que un texto no es lo suficientemente nítido, suelo recomendarles que tiendan algún puente con el lector, que dejen alguna pista de por dónde va el tema que están exponiendo o a qué sensación quieren acercarles. Está claro que el sentido de un poema no es unívoco, que un poema no se debe explicar o dar todo mascado, pero el lector se puede perder la fuerza de un poema si queda desplazado de sus elementos esenciales. Para saber si deberíamos aportar alguna información en un poema, tendríamos que preguntarnos si al aportar esa información concreta, la sensación del poema aumenta o, por el contrario, se rompe su efecto.
El otro día una alumna me preguntaba cómo se podían tender puentes con el lector cuando lo que se escribe parece evidente desde el punto de vista del poeta. Por intentar concretar, elaboré esta lista con algunas reflexiones, trucos y consejos para tender puentes con el lector de poesía, que compartí con mis alumnos y que ahora también comparto con vosotros.
Dos reflexiones:
Dos trucos:
Dos consejos:
Espero que estos consejos os sirvan para entrenar la brújula interna y encontrar el punto exacto, ese lugar donde vuestros poemas no sean ni herméticos ni demasiado obvios, ese lugar donde el lector pueda leer vuestra poesía con toda su fuerza.
Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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