Escrito por: CHIKI FABREGAT
El otro día, esperando para cruzar en un semáforo, casi me atropella una bicicleta. Bueno, va, soy una exagerada, el muchacho solo apuró un poco, para no perder el impulso que traía a base de pedalear. Iba sudoroso y en pie sobre los pedales. Otro ciclista, sentado en el sillín, peinadito con raya a un lado y mucho más fresco sí paró. Y hasta le sonreí por lo que interpreté como una deferencia hacia mi persona (a veces me siento un poquito ombligo del mundo, la verdad). Luego me fijé en su bici: una de esas con motorcillo que alquila el ayuntamiento. Ah, claro, había truco. A él no le importaba tanto perder el impulso porque, total, tenía un motor auxiliar. El héroe era el otro pobre chico que casi me atropella.
Un segundo después de pensar eso me sentí culpabilísima y muy hipócrita y tremendamente injusta (exagerada, otra vez) porque yo iba cómodamente andando, de autobús en autobús, mientras esa persona hacía el esfuerzo consciente (por su salud, por el medioambiente, por economía, qué más da, esfuerzo, a fin de cuentas) de moverse por la ciudad en bicicleta. Y el motor, esa pequeña ayuda, solo hacía un poco más fácil el proceso. Un poco más placentero.
«Como los talleres de escritura».
(Y antes de que alguien piense que la IA también es una pequeña ayuda y que cabe en esta metáfora: NO. Yo hablo de un motorcillo que te ayuda a subir cuestas, no de un chófer que te lleva hasta unos metros antes de tu destino, donde te bajas, te despeinas y te mojas el pelo para fingir que has venido corriendo.)
Sigamos con la metáfora: el motor y los talleres.
Ese motorcillo, decía, es como los cursos de escritura, una ayuda, un apoyo, una manera de hacer que el camino sea menos duro, más placentero. Pero es camino, a fin de cuentas. (Podría mentir y decir que unos metros más allá el chico que no llevaba motor estaba tirado en la acera, llorando por su incapacidad para terminar el camino, pero tampoco es cuestión de llevar la metáfora al extremo.)
Un taller no es más que un lugar al que vamos a aprender desde la práctica. A veces se extienden ideas sobre lo que pasa y lo que no en los talleres que son tan leyenda urbana como los cocodrilos de las alcantarillas de Nueva York, así que aquí va una lista de aclaraciones sobre un taller.
1. Pagar un taller no te convierte en escritor
No hay una poción mágica ni un rayo cósmico escritorizante que nos convierta en escritores por habernos inscrito en un taller. Tampoco apuntarnos al gimnasio (ni comprarnos unas mallas brillantes y una cinta elástica para la frente) nos garantiza una forma física increíble. Es el primer paso, sí, pero nada más.
La fama cuesta y aquí es donde vais a empezar a pagarla (ay, si me dieran una monedita por cada vez que he usado esta frase… Aunque, bien pensado, igual debería pagar yo, por aquello de la propiedad intelectual, así que vamos a dejarlo). Nadie escribe por nosotros en los talleres, una obra lleva tiempo, planificación, enfados, frustraciones, días maravillosos… Hay quien cree, de manera inconsciente, sin darle muchas vueltas, que el taller ofrece no ya las herramientas para escribir una novela, sino la novela misma. Pero salida de sus manos. Y se frustra y se enfada cuando eso no ocurre. Muy loco todo.
Da igual cuántas veces nos digan que es necesario ir poco a poco, que mejor planificar el trabajo antes de lanzarse al vacío, que los textos siempre son mejorables… Una vocecita interior nos dice que eso vale para otros. Muchas veces llegamos a los talleres pensando que el grupo entero se rendirá a nuestros pies, que se alzarán sobre las mesas, ¡Oh, capitán, mi capitán!, y llorarán emocionados por haber tenido la suerte de conocernos. No pasa. No lo esperes. Algunos textos se reciben con entusiasmo porque conmueven, o gustan o plantean un reto interesante. Otros no. Y ya está, es un proceso de aprendizaje con días mejores y días peores, textos buenos y textos malos. Tremendamente malos, incluso. No pasa nada, esa es la naturaleza del taller.
Las ideas solas no valen nada. Ni siquiera pueden registrarse. Esa idea maravillosa que has tenido (chico conoce chica y se enamoran), la han tenido otros, seguro, sin copiarte. O no. Tal vez no la ha tenido nadie: enhorabuena. Pero el aprendizaje y el crecimiento en un taller se basan en la fuerza del grupo, en su consejo, en su percepción del texto que compartes. Y no voy a decir que nunca, jamás, jamás de los jamases pueda pasar que alguien robe una idea de otro, pero a los talleres venimos a aprender, por eso invertimos tiempo, esfuerzo y dinero. Pagar un taller, asistir, escuchar pacientemente lo que los compañeros dicen esperando que aparezca el diamante que nos cambiará la vida es apostar a un número cuando en el bombo hay un millón de bolas. Otro cocodrilo danzando por las alcantarillas.
Escuchar los consejos de un profesor, de un editor, de un compañero no hace que el texto sea menos tuyo. No lo cambia. En los talleres nadie reescribe (nadie debería reescribir) los textos de los alumnos, solo se ofrecen herramientas para mejorarlos, así que, si tu texto mejora, no puedes restarte ni tantito así (junta la punta de los dedos índice y pulgar y aprieta fuerte para saber a qué me refiero con «así») de mérito.
Aquí vuelvo al nunca digas nunca jamás, porque tal vez alguno lo haga. Hay profesores incompetentes, como en todas las profesiones (en esta menos, somos gente estupenda, honrada y comprometida). Un profesor te explica por qué algo no funciona o por qué podrías mejorarlo, pero la decisión siempre es tuya (Tú decides. Siempre decides).
(Cualquier buen profesor de taller te dirá que no abuses de los paréntesis, pero está en ti decidir si forman parte de tu voz o solo son un artificio).
Podría alargar esta lista hasta el infinito con los clichés sobre talleres que he oído, pero prefiero dejarlo en seis, un número que ni son los dedos de la mano ni los días de la semana, que ni siquiera es impar (los impares siempre son más aventureros). Pero añadiré algo que sí pasa en los talleres y de lo que se habla poco: en los talleres cambiamos.
A veces escribo cartas, a veces cuelgo reflexiones en alguna red social, garabateo párrafos que nunca leerá nadie, hago juegos de palabras sin sentido… Ejercito la escritura, hago mano, disfruto de escribir sin esperar nada. Ni siquiera un buen texto. Ni siquiera algo inteligible. Un paseo en bicicleta, observando el paisaje y respirando aire puro. Pero a veces escribo novelas. A veces escribo un texto que pretende conmover. A veces, la mayoría de las veces, escribo porque quiero provocar una reacción (en una persona, en dos, en el mundo entero) y necesito las herramientas para lograrlo. Y esas herramientas las he aprendido en los talleres. Tengo más músculo ahora que hace veinte años, cuando me apunté al primer taller. No necesito los cursos para desplazarme por la escritura, para avanzar por las calles de la emoción hecha palabra, nadie los necesita, pero me ayudan, me ayudaron y creo que siempre podrán hacerlo porque me dan herramientas y me aportan confianza. Si alguien me empuja un poco, si me dice cómo aprovechar la fuerza de esa pedalada para avanzar más con menos esfuerzo, si me pone un motor entre las ruedas, seguirá siendo mi camino y mi texto y mi novela, pero con menos esfuerzo, con mucha menos frustración. Y me atreveré con cuestas más empinadas.
A veces creo que se me van las metáforas de las manos. Pero también para eso tengo herramientas, para escribir este artículo y decir lo que quiero decir, incluso para asegurar que no estoy segura del todo de haber elegido una buena metáfora. Porque eso, justo eso, hace un buen taller: enseñarnos que no hay certezas, que cada decisión implica muchas renuncias y que al elegir creamos nuestra voz; el taller nos enseña a vivir en la incertidumbre y en la duda, pero con un colchoncito de seguridad por si nos caemos (otra metáfora terrible). ¿Por qué nos caemos, Bruce? Para aprender a levantarnos. El taller nos enseña que pedalear en compañía es mejor que hacerlo sola. Y que compartir los logros es tan placentero como encontrar a otros que comparten tus miedos, tus incertidumbres, todos esos síndromes que tienen nombre y algunos que ni siquiera hemos bautizado. Porque, si dejo a un lado las metáforas, las frases de películas que revelan mi edad y los clichés, solo me queda una certeza: del taller nunca salimos como hemos entrado. Y a mí, con eso, ya me basta.
Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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