El peligro de abusar de los verbos autorreferenciales

Escrito por: ALEJANDRO MARCOS

Llamamos verbos autorreferenciales a aquellos en los que un narrador hace referencia (valga la redundancia) a que es él mismo el que está percibiendo (a través de cualquier sentido) lo que se está narrando. Verbos como pensar, sentir, ver, escuchar, saborear, oler, percibir, etc. Cualquier verbo que haga referencia a una percepción del personaje, sea interna o externa.

Estos verbos por sí mismos no tienen nada de malo. Como la mayoría de las categorías de palabras, son necesarios para una escritura correcta y una comprensión adecuada. Sin embargo, como casi todo en la literatura, si no se emplean con mesura, pueden entorpecer la narración y provocar confusión.

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La mayoría de los problemas con estos verbos se producen cuando los utilizamos con narradores muy cercanos al personaje protagonista. Principalmente el narrador en primera persona y el narrador en tercera equisciente. Estos narradores están pegados al personaje, no vemos, sabemos ni percibimos nada que no pueda ver, conocer o percibir el personaje. Es precisamente esta característica la que hace que estos verbos sean menos necesarios de lo que pueden resultar con otros narradores. 

Por ejemplo, si estamos contando una historia en primera persona y el personaje entra en una habitación, no es necesario que diga que vio una mesa y una silla y que olió la colonia de la persona que acababa de abandonar la habitación. Entendemos que si ese aroma y esos objetos son descritos, son, necesariamente, porque los ha percibido el personaje.

Vamos a ver un ejemplo de un texto inventado en el que se abuse de los verbos autorreferenciales: Entré en la cocina y me senté a la mesa. Vi el plato de judías y olí su aroma. Escuché los pájaros que cantaban a través de la ventana. Pensé que era un día agradable.

Ahora vamos a intentar limpiarlo un poco de esos verbos: Me senté a la mesa de la cocina. Allí descansaba un plato de judías que desprendía un aroma delicioso. Los pájaros de la calle cantaban. Qué día tan agradable.

En este caso he conseguido eliminar todos los verbos autorreferenciales, pero habrá ocasiones en las que eso no será posible. Fijaos cómo fluye de otra manera el texto (sí, sé que no es un texto brillante de ninguna de las maneras). En el segundo hemos dejado que los elementos visuales aparezcan delante del lector sin que se encuentre el narrador en medio. De esta manera potenciamos su visibilidad y sensorialidad, lo cual nos ayudará a transmitir la acción, a que el lector no se pierda y a aumentar la verosimilitud del texto. Los elementos narrativos brillarán con más fuerza, dejando que el lector entre en el texto a sacar sus propias conclusiones, eliminando las explicaciones y aumentando también el potencial significado simbólico de la narración.

¿Quiere esto decir que es recomendable eliminar todas las autorreferencias en los textos en primera persona o narrador equisciente? No. Habrá ocasiones en las que será imprescindible que las hagamos ya que si no el texto no se entenderá o no tendrá el significado que queremos darle. Por ejemplo: si en la escena hay más de un personaje, habrá ocasiones (sobre todo al usar un narrador equisciente) en las que tengamos que marcar que es el protagonista el que percibe las cosas. Igual que si queremos remarcar que el personaje principal presta una atención especial a algo. No es lo mismo decir que olía a rosas que decir que olió las rosas. El segundo ejemplo implica una intencionalidad en el personaje y quizás sea importante que nuestro personaje se detenga activamente a oler una flor.

Entonces, si está claro que no son tan necesarios, ¿por qué abusamos de ellos con facilidad? Principalmente por la preocupación de que nuestro texto no se entienda. Nos han dicho (muy bien dicho) que el lector debe saber en todo momento dónde están los personajes y qué están haciendo. Así que nosotros, obedientes como somos, lo ponemos en práctica sin rechistar y si nuestro personaje ve un plato de judías sobre la mesa lo decimos, aunque sea evidente. Aunque si describimos ese plato tiene que ser, por fuerza, porque el personaje lo está viendo.

Además, lo normal es que los personajes actúen y que describamos esas acciones, de eso trata en teoría la narrativa. Sin embargo, eliminar los verbos autorreferenciales nos coloca frente a descripciones y frente a objetos actuando (el plato descansaba sobre la mesa). No es el tipo de lenguaje que empleamos en nuestra vida cotidiana, por lo que nos resulta menos natural al escribir. Sin embargo, al leer resulta lo contrario, resulta más natural leer el ejemplo sin estos verbos que el primero de ellos. 

Lo bueno que tiene que el abuso de este tipo de verbos sea un problema tan común y tan extendido, es decir, un error tan fácil de cometer, es que es también un error relativamente sencillo de solucionar una vez lo identificamos.

Con los verbos autorreferenciales sucede igual que con las cacofonías o rimas internas. Al principio eres incapaz de fijarte en ellas. Sin embargo, una vez alguien te lo señala en un texto, es imposible que no lo veas. Y para solucionarlo, como hemos visto, la mayoría de las veces basta con eliminar esos verbos y usar descripciones o dejar que los objetos sean los que realicen la actividad. 

No creo que haya que marcarse como objetivo el escribir a la primera sin abusar de estos verbos. Al igual que con las cacofonías, es algo de lo que es mejor no estar pendiente en una primera escritura o incluso en un primer borrador. Lo importante es saber detectarlos para poder estar atentos cuando los veamos a la hora de revisar nuestro texto. Porque, como siempre digo (muy a mi pesar), los textos se escriben del todo durante las revisiones. 

Si nunca habíais oído hablar de este tipo de verbos o de este problema, os recomiendo echarle un vistazo a vuestros primeros textos en los que hayáis usado un narrador de estos dos de los que hablamos en el artículo. Seguro que ahora podéis darles un buen repaso. 

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