Escrito por: NATALIA GARCÍA FREIRE
Este verano, releí La obligación de ser genial, de la escritora argentina Betina González, un ensayo literario muy lúcido que pone sobre la mesa ideas y discusiones en torno a la escritura y a la enseñanza de escritura. Entre ellas, discusiones y acercamientos que hace tiempo echo de menos en la conversación, en la crítica, en la forma en la que nos acercamos a los libros y a la literatura: la parte casi mística del quehacer literario, el deseo de la escritura más allá del deseo de escribir un relato o una novela, el deseo de ir a buscar algo ahí donde no hay más que imágenes borrosas, ideas lejanas, el vacío o la nada; también el desconcierto y el misterio que encierran los libros que leemos o queremos escribir y que se resisten al sentido o comprensión total.
«Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos», dice Marguerite Duras y la conjugación de los verbos en esa frase baila entre el hacer y el deseo, la escritura como suspensión del tiempo, donde presente, posibilidad y futuro son inseparables. Y quizá es una de las cosas más difíciles al momento de llevar un taller literario, habitar con otros ese misterio, esa zona de posibilidades, ese hacer que no se separa del desear, acompañar un proceso que busca respuestas con otro proceso que nos desubica todo el tiempo, el de la creación como un lugar que no es punto de partida o llegada, sino un territorio siempre en construcción. En una parte del libro, escribe Betina González:
«[…]la buena literatura quiere tanto ser comprendida como no serlo, arriesga el malentendido, el sobreentendido y la incomprensión. Arriesga, en definitiva, el sentido, que es elusivo, siempre abierto, siempre negociado con y habilitado por la lectora».
Quizá, el mejor ejemplo que tengo de esto, de ese sentido elusivo, siempre abierto, en busca de ser comprendido, como de no serlo, de esa escritura que es deseo puro, es el libro Por los tiempos de Clemente Colling, de Felisberto Hernández. Todos tenemos un par de libros a los que volvemos cuando parece que hemos olvidado por qué escribimos. Vuelvo a Felisberto Hernández cuando olvido que, como dice Marguerite Duras, que «la escritura es lo desconocido. Antes de escribir no sabemos nada de lo que vamos a escribir. Y con total lucidez». Escribir es habitar una especie de dimensión desconocida que muta y se transforma conforme uno encuentra las palabras como en medio de la niebla o conforme uno se enreda en sus propias historias y ya no sabe cómo salir de ellas y te encuentras ahí tan feliz y perdida en medio de la maleza. En clases, suelo decir que todo se resuelve escribiendo, escribiendo la misma escena cien veces de cien maneras, volviendo a empezar una y otra vez, hasta que la voz, la idea, la imagen aparezca casi como si uno sintonizara una frecuencia de radio. Sé que puede parecer una tontería, pero yo lo creo, escribir tiene que ver con algo que no se puede explicar y que solo se habilita en el instante de la escritura. Creo en una escritura que se va haciendo con los ojos vendados, creo también en el tiempo que eso pide, en la poca o nula garantía de que todo eso se convierta en algo. Creo que a veces la escritura es un hermoso chapotear en el lenguaje. Y creo que, en tiempo de objetivos, metas, eficiencia, productividad, prisa, prisa, prisa, debemos volver a hablar del deseo de la escritura, del deseo del lenguaje como fin en sí mismo.
Quizá por eso la insistencia de hablar de Felisberto Hernández que escribía ajeno a lo que se debe o no hacer en la escritura, con el oído abierto a un mundo otro, un mundo propio del que iba descifrando las formas y los modos. En Por los tiempos de Clemente Colling, la escritura acontece, se va haciendo como si Felisberto Hernández estuviese mecanografiando junto a nosotros. Ciertas sensaciones, sonidos, colores, imágenes insisten en aparecer: los tranvías, rojos y blancos, o de un blanco amarillento, unas palmeras como dos viejos con melenas lacias, y todo a media luz como en el tango de Gardel, unos pavos en una habitación secreta, patas y alas de bichos que se pegan por todos lados, un piano blanco que llama a la muerte, la tos, una risa como un ronquido, unas manos con uñas sucias siempre a punto de tocar un nocturno o una sonata de Mozart. Felisberto Hernández activa el mecanismo de la memoria, de la imaginación, del sueño: abre un agujerito en la realidad y nos invita a esfumarnos.
El argumento de esta historia no interesa, ni siquiera existe del todo. Hay personajes que atraviesan el libro como si entrasen en nuestra casa por la noche, golpeándose contra todas las esquinas, las puertas y las ventanas: un narrador/protagonista joven que habita el recuerdo obsesionado de Clemente Colling, aquel antiguo profesor de piano ciego, genio y desharrapado, tres viejas longevas y cegatonas, un colegio de ciegos, una niña que desea tanto ser ciega que se pone jabón en los ojos, algunas novias del protagonista, Petrona (una señora fea, o eso dice Colling, aunque no pueda verla, y muy mala) y Elnene, también ciego, que toca el piano y hace sentir por primera vez al protagonista lo serio de la música o el instante del arte. Ese instante habita en el corazón de toda la obra de Hernández, como si solo escribiese para alcanzarlo. La voz de Felisberto Hernández nos habla casi al oído, es una voz que roza el momento justo en el que el mundo se hace palabra, una voz que habita el deseo y el misterio, que no busca más que quedarse ahí.
Vuelvo a Felisberto Hernández cada tanto, como volví al libro de Betina González este verano porque necesito recordarme que, en un mundo saturado de sentido y lleno de ruido, hay que permitirse crear en lo desconocido, en la lucidez del no saber, en el instante del peligro y el riesgo donde escribir no es más que estar escribiendo.
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