Escrito por: ALEJANDRO MARCOS
Soy un friki de la Navidad. En el sentido más superficial y luminoso de la festividad. Amo las luces navideñas, los adornos, la purpurina, los objetos que suenan con villancicos machacones, los centros comerciales, los jerseys navideños (cuanto más feos, mejor). Me gusta tanto la Navidad que he conseguido encontrar una unión entre todo ese derroche de luz y brillo y la escritura, no digo más. Disfruto mucho decorando mi casa y mi espacio de trabajo (a veces incluso la casa de los demás y el espacio de trabajo en general). Tanto, que cada año adelanto un poco la decoración navideña para poder disfrutarla unos días más. Un mes de luces epilépticas no es suficiente.
Por eso mismo, lo paso mal también cuando llega el momento de recoger toda la parafernalia navideña. Aunque, eso sí, para arrimar el hombro no soy perezoso. El día 6 de enero en España se celebran los Reyes Magos y el día 7 yo recojo la Navidad. Dejarla puesta días después me sume aún más en el vacío del invierno sin luces. Asumo que todo tiene su momento y cuanto antes se quite la tirita, mejor. Otro día os hablaré de la tristeza que me provoca el invierno desde enero hasta abril.
Los adornos navideños pueden ayudarnos a dos cosas en nuestra escritura que están relacionadas. La primera es que cada cosa tiene su tiempo y que para poder admirar y disfrutar el exceso, es necesaria cierta mesura.
Vamos con la primera. Cada cosa tiene su momento. Hay un momento para la escritura y otro para la revisión. Igual que hay un momento para llenar la casa con objetos brillantes y otro momento para buscar una decoración más minimalista. Para aquellos que llevamos peor la revisión que la escritura, terminar un primer borrador a veces puede suponer un pequeño momento de crisis y de vacío. La escritura es el momento divertido, el momento creativo en el que dejamos que nuestro niño creador juegue con las pinturas, cree sin cortapisas y demuestre su ingenio y su imaginación. El momento de revisión es más gris, se parece más a un invierno en el que no hay luces de colores por las calles y la gente no se intercambia regalos sin una razón. La revisión es el momento de la seriedad, de preguntarse si las cosas funcionan, de reordenar en nuestro texto, pulir, cortar e incluso reescribir y borrar algunas partes. La escritura, según mi opinión, se realiza con el corazón y la revisión con la cabeza. Y como ya sospecharéis a estas alturas, mi corazón es un árbol de Navidad. Sin embargo, por mucho que me guste el momento de la escritura, sé que no sirve de nada sin la revisión posterior. Ambos procesos son creativos a su manera y son necesarios para completar una obra. Del mismo modo, hay que recoger la Navidad para poder disfrutarla cuando se vuelve a colocar. Si solo escribiera, dudo que hubiera llegado nunca a publicar o a terminar nada que pudiera leer otro ser humano. Y eso es gracias a la revisión. Sin duda. Hay que pasar el invierno para que llegue el verano. Ni más ni menos.
Además, la segunda enseñanza de recoger la Navidad es que hay que alternar entre exceso y moderación para apreciar aquello que nos gusta. Si dejase puesta la decoración navideña todo el año, estoy convencido de que la terminaría aborreciendo. He leído que hay una tienda en Nueva York donde siempre es Navidad. Estoy convencido de que sus empleados detestan la festividad con toda su alma. Y no me gustaría para nada llegar a ese punto. Cada vez que se acerca la fecha de abrir las cajas de adornos noto cómo crece en mí la emoción. La misma emoción que siento cuando voy a empezar la escritura de un proyecto. Solo cuando ha pasado un tiempo, soy capaz de volver a apreciar la belleza de cada gramo de purpurina. Y esto se refleja en la escritura de distintas maneras. Esperar y alternar tiempos de escritura y revisión nos ayuda a ver nuestro texto con ojos nuevos, no con los de la rutina, haciendo que sea más sencillo detectar los problemas, los fallos y las suciedades de estilo. Por eso siempre es recomendable dejar pasar unas semanas entre las diferentes revisiones de los textos. Igual que yo dejo pasar unos meses hasta volver a sacar mis pijamas navideños.
A veces, incluso me dejo sorpresas y encuentro cosas en las cajas que no recordaba tener. Igual que podemos encontrar descubrimientos y apreciar frases hermosas y hallazgos narrativos en los textos que hayamos dejado reposar un tiempo.
Además, estoy seguro de que la decoración estridente y con luces llamativas constantes puede provocar problemas relacionados con el agobio y la ansiedad. Lo mismo sucede cuando plagamos nuestro textos de luces y brillantina, entendiendo dichos adornos como un exceso de adjetivación y recursos y figuras literarios. Es necesario que entre los recursos más llamativos de nuestra escritura exista aire narrativo, un espacio para que el lector saboree lo último que le hemos regalado y se prepare expectante para recibir lo siguiente. Si nuestro texto solo se compone de excesos, el lector no podrá apreciarlos y, probablemente, la lectura sea insufrible o incluso se le atragante. Me identifico mucho con los aprendices primerizos en la escritura cuando creen que más siempre es mejor. Igual que yo no tengo que llenar mi casa de luces navideñas los 365 días del año, los textos no deben estar llenos de adjetivos antepuestos. Estos recursos llaman demasiado la atención, despistan de lo que hay debajo. No los necesitas para demostrar que eres un buen escritor, igual que no necesito las luces constantes para demostrar que me gusta la Navidad.
Por eso hay que aprender también a disfrutar de los momentos sin Navidad, a moderar nuestros recursos más preciados y literarios. Solo así se disfrutará verdaderamente de la escritura y conseguiremos optimizar nuestros textos.
Este año me he propuesto disfrutar de recoger la Navidad y apreciar el espacio vacío que se queda en mi casa. Gracias a este artículo, creo que lo voy a conseguir. Y si no lo consigo, tampoco hay mucho problemas, tan solo quedan once meses hasta la siguiente Navidad.
Coordina el Itinerario Centauros más allá de Orión de literatura fantástica, ciencia ficción y terror, en el que imparte clases desde hace casi diez años. Ha publicado las novelas fantásticas El final del duelo, Vendrán del este (ambas con Orciny Press) y Cástor y Pólux (con Ediciones el Transbordador). En enero de 2024 la novela de terror La hora de las moscas con Plaza & Janés. Además ha participado en varios manuales de escritura de Páginas de Espuma y en varias antologías de relato fantástico.
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Licenciado en Filología Hispánica y diplomado en Guion por la ECAM. En los últimos años ha desarrollado su actividad como escritor en redes sociales, donde acumula decenas de miles de seguidores. Cada viernes, los relatos que publica en su perfil personal se convierten en historias virales en Twitter. Autor de las novelas Las chicas del muro (Ediciones B) y El escritor y la espía (Planeta).
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Lara es la coordinadora del Departamento de Atención al Alumno. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores desde 2017, donde se ha formado en cursos de Escritura Creativa, Relato Breve y Proyectos Narrativos. Desde 2021 imparte clases de Escritura Creativa para jóvenes y adultos. Estudió Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid.
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Licenciada en Física y Máster en Cultura Científica e Innovación. Forma parte del equipo de Escuela de Escritores. Imparte talleres de poesía y de metáfora y fue alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa de Escuela de Escritores. En 2019 participó en el curso europeo de formación de profesorado de la EACWP. En 2021 publicó su primer poemario, Muro con buganvilla, con la editorial Amargord, reeditado en 2024 por Buenos Aires Poetry. Coeditora y coautora de Escribir Poesía (Páginas de Espuma, 2025).
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Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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