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Escrito por: CATHERINE MORDOS
Las redes sociales son el ecosistema natural de las señales. Junto a los emojis, son el lenguaje propio de unos canales de comunicación que priman la inmediatez a la complejidad.
Pero ¿y en LinkedIn?, ¿también hay señales? Aunque la plataforma más seria y corporativa se toma su tiempo y permite mensajes más elaborados y complejos, también aquí las hay. Solo que no siempre las vemos. Son las que, en el fondo y de forma casi imperceptible, definen una trayectoria, una «marca personal», y son imprescindibles para construir reputación. Se trata, además, de una herramienta que los reclutadores conocen bien y utilizan a diario en su terreno de caza de candidatos favorito del momento, que es LinkedIn.
Atravesemos por un momento el espejo de Alicia y seamos uno de esos ojeadores expertos en detectar señales que observan nuestro perfil buscando talento, más allá del primer cribado basado en trayectorias y titulación. ¿Qué se observa? ¿Qué tipo de información comunica realmente nuestro perfil más allá de lo explícito?
La teoría de la señal (signalling theory), muy aplicada en el ámbito organizativo, es una clave útil para comprender cómo se construye la reputación profesional en plataformas como LinkedIn. El reciente estudio firmado por Aguado, Andrés y García-Izquierdo «Big Four LinkedIn Dimensions: Signals of Soft Skills?» (Journal of Work and Organizational Psychology, 2023) identifica cuatro dimensiones del perfil de LinkedIn que actúan como señales visibles de habilidades blandas, las famosas soft skills, cada vez más valoradas: liderazgo, pensamiento crítico, trabajo en equipo, comunicación o iniciativa.
Estas dimensiones son la extensión de la experiencia profesional, el capital social (el tamaño y diversidad de la red), la presentación del perfil (estructura y nivel de detalle) y la actividad en la plataforma. El perfil funciona de esta forma como un conjunto de indicadores, no solo de lo que se ha hecho, sino de cómo se hace –es decir, tono, lenguaje, frecuencia, incluso oportunidad–, con quién se interactúa y qué tipo de contenido se comparte. En este sentido, el currículum deja de ser el documento único y clave que nos define como personas y profesionales, para convertirse en un punto de partida sobre el que el resto de nuestra personalidad en redes se construye.
Ahora bien, no toda señal vale, ya que la reputación requiere de coherencia, veracidad y claridad. El mismo estudio de Aguado y colaboradores se detiene en la calidad de estas señales. ¿Cómo distinguir entre las que son válidas y el simple ruido? ¿Son realmente fiables los indicios que dejamos en LinkedIn, o corren el riesgo de parecer artificiales? Aquí entra en juego la dimensión subjetiva, incluso ética, de la reputación. Un perfil que muestra una trayectoria inflada, logros ambiguos, un lenguaje inadecuado –los clichés de moda entre los community managers se detectan a la legua– o conexiones forzadas, puede erosionar la credibilidad. Por eso, construir una buena reputación pasa también por elegir bien qué mostrar, cómo hacerlo, y con qué nivel de honestidad. La transparencia, la consistencia y la autenticidad son factores clave. No se trata solo de mostrar lo que se ha hecho, sino de transmitir quién se es profesionalmente, y hacerlo con rigor.
Esta construcción no solo es individual. También las empresas gestionan su reputación, no solo a través de sus perfiles corporativos, sino especialmente mediante los de sus directivos. En un contexto donde el employer branding es cada vez más importante, la actividad en redes sociales es una herramienta de legitimidad. Las organizaciones que interactúan de forma activa comparten conocimiento útil, responden a sus comunidades y participan en conversaciones del sector, consolidan una imagen de credibilidad y compromiso. En cambio, aquellas que mantienen perfiles estáticos o puramente promocionales suelen generar una percepción más fría o distante.
Pero no todo depende del contenido. También es necesario vigilar el entorno. La proliferación de perfiles falsos y automatizados –en algunos casos generados por inteligencia artificial– ha puesto en alerta a expertos y plataformas. Trabajos recientes como “Identifying Fake Profiles in LinkedIn”, que propone un método de minería de datos adecuado para la identificación de perfiles falsos en LinkedIn con una precisión del 87%, o “The Looming Threat of Fake and LLM-generated LinkedIn Profiles”, que ha identificado más de 250.000 cuentas falsas en esta plataforma, advierten de cómo estos perfiles erosionan la fiabilidad del entorno profesional en su conjunto.
Si todo el mundo puede parecer un experto, ¿cómo distinguir lo real de lo falso o incluso simplemente sobreactuado? En este escenario, proteger la reputación pasa por reforzar la autenticidad y revisar con atención a quién se acepta como contacto o con quién se interactúa.
La reputación, ya sea en nuestra vida diaria o en plataformas como LinkedIn, ya no es solo una cuestión de lanzar mensajes más o menos adecuados, sino de saber emitir, interpretar y filtrar señales propias y ajenas. Por eso, aprender a «hablar» ese nuevo idioma implícito es clave para movernos en un mundo hiperconectado, donde la identidad digital pesa casi tanto o más que la real.
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Periodista por la Universidad Complutense de Madrid. Especializada en asuntos públicos y reputación corporativa, en la actualidad asesora a varias compañías multinacionales en sectores como la alimentación, energía, agua y tecnología. Creadora de contenidos y de estrategias en Redes Sociales para empresas, cuenta con más de 20 años de experiencia en las áreas de comunicación, relaciones Institucionales, ESG y sostenibilidad. Ha sido asesora en los Ministerios de Agricultura y Administraciones Públicas, así como redactora y responsable de sección en diversos medios de comunicación nacionales e internacionales.
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