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Escrito por: CHIKI FABREGAT
En el gimnasio de la creatividad no hay cinta de correr ni levantamos pesas. Todo lo hacemos despacio, con poco esfuerzo. Y habrá quien piense que sin esfuerzo no hay resultado, como ese «si pica, cura», que nos decían de pequeños, pero no siempre es así.
Hoy en el gimnasio proponemos algo nuevo: mirar para ver. Que parece fácil, que parece una tontería, porque ¿para qué miramos si no es para ver?, pero es que lo que yo propongo es que miremos para ver de verdad, con vocación de descubrir. Cuando me miro la mano sé lo que voy a encontrar, así que no le presto atención. Camino por mi ciudad sin fijarme en los edificios, en las fuentes, en el color de los árboles, porque camino para llegar a un sitio. Luego salgo a otra ciudad y miro cada esquinita y me sorprendo y me maravillo y vuelvo encantada con todo lo que he descubierto. En la glorieta por la que paso cada mañana antes había un kiosko. No sé los meses que hace que lo han quitado, pero yo me di cuenta la semana pasada y porque alguien me hizo fijarme. Vamos por la vida como los burros con anteojeras. Pues yo hoy te propongo algo distinto: que mires por el ojo de una cerradura (y ni siquiera tienes que mirar de verdad, aunque ser cotilla también mola).
Mirar a través del ojo de una cerradura nos deja ver solo un trocito de lo que se esconde al otro lado de la puerta. El resto, tenemos que imaginarlo. Y, mientras no abramos la puerta, todo es posible. A lo mejor solo es un almacén con cajas vacías de cervezas o un trastero lleno de sillas rotas, pero mientras no la hayamos abierto, al otro lado puede haber un oso naranja jugando al Cluedo, una tienda de campanillas de cristal o el último ejemplar vivo de gallo tenor. O tal vez, como pensábamos, solo hay un montón de sillas viejas, pero en ellas se sientan los peinadores del mar a la tomar su bocadillo.
Lo que te propongo es que imagines qué hay detrás de una puerta, pero no a lo loco, de cualquier manera, sino después de haber mirado con vocación de descubrir. Una puerta, claro está, que nunca hayas visto abierta. Esa que hay en tu garaje y que no tienes ni idea de a dónde conduce, o la que hay junto al ascensor en tu oficina, que sí, que pone “cuarto de contadores” en grande, pero… ¿te fías? Párate frente a la puerta. Qué ves a los lados, encima, debajo. Cierra los ojos. A qué huele. ¿Notas esa brisa casi imperceptible? Si hay aire, es que al otro lado hay una ventana. Tal vez solo sea una salida de emergencia, pero ¿te has fijado en la pelusilla verde que hay en el suelo? Un jersey. El interior de un muñeco de trapo. ¿Una casa de personas de fieltro? Me encantaría saber cómo es la casa de las personas de fieltro, si tienen vasos, si beben agua. ¿Se empapan? No harán pis, claro, beben y manan.
Lo sé. No estás para tonterías. Tienes muchísimas cosas que hacer y pararte frente a una puerta con los ojos cerrados es una pérdida de tiempo (aparte de resultar un poco ridículo). Vale, ya está, ya puedes marcharte, no vayan a pensar que tú… Solo recuerda que esa es tu puerta y que hay una pelusilla verde en el suelo. Estoy segura de que a lo largo de todo un día hay algún momento en el que paseas, esperas el autobús, subes en ascensor… Tiene que haber un espacio de tiempo en el que no puedes ser una persona productiva. Ahí, justo ahí, vuelve a pensar en la puerta. No estás perdiendo el tiempo, créeme, solo le das permiso al cerebro para ir un ratito al gimnasio y luego, cuando corra una maratón, le darás las gracias. Porque mientras hacías mil cosas y elaborabas el memorándum más alucinante que nadie ha presentado en tu empresa, la pelusa verde ha seguido dando vueltas, el hombrecillo de fieltro se ha bebido otro vaso de agua y lo ha puesto todo perdido y tu cerebro está listo para imaginar más.
Como todo ejercicio, este de la creatividad es más fácil si partimos de lo pequeño, de lo abarcable. De una puerta cerrada y una pelusa. Si durante un tiempo te fijas en las puertas cerradas que encuentres, llegará un momento en el que, de forma casi automática, una puerta suponga un reto a tu imaginación y no necesitarás ver una puerta para imaginar un mundo entero.
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Coordina el departamento de Literatura Infantil y Juvenil de la Escuela de Escritores. Ha publicado más de una docena de libros para infancia y adolescencia, entre los que destacan El cofre de Nadie, premio Gran Angular 2021, Recuérdame por qué he muerto, premio Torre del Agua 2023 o Un hada con el ala rota. También ha publicado, con la editorial Páginas de Espuma y Escuela de Escritores el manual Escribir Infantil y Juvenil. Tama Puia: Los hijos del volcán es su última novela.
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