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Escrito por: JAVIER FONSECA
Redactar es una de las maneras de que disponemos los seres humanos en exclusividad para comunicarnos. Y por ello es un acto sobre el que hay que tener conciencia.
Escribir es un acto creativo. Crear es «hacer que empiece a existir algo que no existía ni en realidad ni en potencia»: Un diario, la cesta de la compra, un informe, un mail, un anuncio, una novela… Y ese acto nos aporta no solo un producto, sino también la satisfacción de haberlo creado.
Decir que es un acto creativo también implica que no puede sistematizarse, estandarizarse. No es un proceso mecánico. No se trata de apretar tuercas. Mecanizarlo puede ser muy frustrante y afectar a la comunicación. Redactar un informe lleno de frases hechas, muletillas, oraciones vacías… puede que ahorre esfuerzos, pero a cambio perderá sentido y generará desidia, en el redactor y en el lector.
Ojo, esto no quiere decir que desechemos las plantillas o que tengamos que inventar la pólvora cada vez que nos planteemos redactar un párrafo. Por supuesto que en nuestro trabajo habrá esquemas que podremos repetir, pero siempre desde la perspectiva del aprovechamiento de recursos.
Al redactar un escrito, de lo que se trata es de tener muy definidos los objetivos que se persiguen para luego, una vez obtenido el producto final, considerar si este logrará que se consigan o si todavía podemos poner algún medio para lograrlos. Para ello es fundamental tener una buena redacción: clara, concisa, sin errores sintácticos ni ortográficos; así como capacidad de análisis y síntesis, sentido común y autocrítica.
Pero escribir también es un acto con un fin: la comunicación. Una cuestión que debemos tener presente desde el principio a la hora de redactar es el destino final de nuestro escrito, es decir, siempre hay que ponerse en el lugar del lector y, a partir de ahí, tendremos que despertar su interés, mantener su atención. Obviamente no es lo mismo cuando escribimos una carta que cuando hacemos un informe, pues los intereses y atenciones serán diferentes, pero no se nos debe olvidar que esto es la base de una buena escritura. Puede que un lector perdone una coma mal puesta, pero no soportará, por ejemplo, que lo traten como a un niño o que lo aburran con vaciedades.
Antonio Machado, en su Juan de Mairena, refleja con ironía lo que aquí decimos:
“-Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”
El alumno escribe lo que se le dicta.
-Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: “Lo que pasa en la calle”
–No está mal.”
Vemos aquí una crítica al lenguaje artificioso y recargado que a menudo empleamos al escribir. Esto no significa que tengamos que, siguiendo la máxima renacentista, escribir como hablamos. No olvidemos que la palabra escrita permanece, que el receptor de nuestra comunicación tendrá la oportunidad de leer despacio, las veces que considere oportuno, nuestro mensaje. Por eso hemos de ser mucho más cuidadosos. De ahí que sea necesario detenernos en un último aspecto del acto de escribir: su metodología.
Porque escribir, como todo acto consciente y creativo, requiere de un método que podemos resumir en estos seis pasos:
Planteamientos previos a la redacción: esto es lo que hemos destacado hasta ahora: tomar conciencia de nuestra labor creativa, de cuál es la finalidad del escrito y de a quién va dirigido.
Generación de ideas: sobre el tema que vamos a desarrollar, para que no se nos escape nada importante a la hora de escribir. Tarea tanto individual como en grupo. No olvidemos que cuatro cabezas piensan más que una.
Esquematizar, jerarquizar y organizar esas ideas
La redacción propiamente dicha: que, si todo va bien, se verá muy facilitada por los pasos anteriores de preescritura. Aquí sintetizaremos y desarrollaremos las ideas del esquema previo, hasta conseguir un primer borrador del texto.
Revisión: Poner en marcha la autocrítica, a fin de rechazar lo superfluo, corregir errores, perfeccionar expresiones, consultar dudas… Tarea tanto individual como en grupo. No olvidemos que cuatro ojos ven más que dos.
Lectura final: para cerciorarnos de que el texto definitivo satisface los objetivos iniciales.
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Javier Fonseca compagina su labor literaria con la dedicación al pensamiento creativo y la sensibilización social. Ha sido profesor universitario (USP-CEU) y ha trabajado durante más de diez años en Cáritas Española como responsable nacional de educación para el desarrollo y de formación y voluntariado. Es autor de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ), con más de veinte publicaciones, e imparte clases de LIJ, escritura creativa y relato en Escuela de Escritores.
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