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Certamen Literario Metrorrelatos

I Edición del Certamen: fallo del jurado

Ganador y finalistas

Finalizado el plazo de recepción de los trabajos enviados a la I Edición del Certamen Literario Metrorrelatos, se recibieron un total de 4.844 microcuentos que cumplían los requisitos de las bases. El jurado seleccionó como ganador del certamen el microrrelato titulado: Volver a casa, cuyo autor es Javier Alonso. En esta página podéis leer los doce textos y escuchar los audios locutados. Los doce autores disfrutarán de un curso de microrrelato impartido por Ginés Cutillas.

Volver a casa, de Javier Alonso

Mientras caminaba por el andén, habitualmente firme y plano, en ese momento ondulante y salino, tuve que esforzarme para no tropezar con ningún viajero en el caos de cañonazos, olor a pólvora y gritos de marinos tratando de alcanzar algún madero astillado para no hundirse. La pequeña balandra, mucho más ágil que el navío de línea de setenta y cuatro cañones que la acosaba, viró desesperada para enfilar el túnel y poner rumbo a la estación de Tribunal. El tren irrumpió disolviendo la escena para llevarme a casa. Justo a tiempo. Cerré mi libro y me introduje en el vagón.

Un domingo, de Almudena Ballester

Mientras caminaba por el andén de Pueblo Nuevo, Ramiro fundó un partido político. Su línea ideológica sería lateral-evolucionista. Al llegar el tren tenía decididas las innovaciones en cuanto a lo social. Redactó de cabeza los estatutos y al transbordar en Ventas, iba perfilando las líneas maestras de su política fiscal. Llegando a Goya definió el consenso educativo y una fórmula para liquidar las listas de espera en Sanidad. Aquí transparencia. Allí eficacia y cordialidad. Aderezar con un par de leyes, listo. Por fin se bajó en Retiro y saboreando un vermut con aceitunas, disolvió de un trago el acta fundacional.

A pata 'pelá', de Isabel Wagemann

Mientras caminaba por el andén me di cuenta de que iba descalza. No estoy segura de si olvidé ponerme zapatos o los perdí por el camino. Sólo sé que cuando miro hacia abajo hay diez dedos recordándome el despiste. Subo al metro dando empujones, me pisan varias veces, me cuelo hasta un rincón, llego a mi parada, bajo, me vuelven a pisar, corro escaleras arriba para no llegar tarde. Y qué. Lo único que no quiero es cruzar a pata pelá Fuencarral, que me duelan los cristales de la botella que rompimos anoche y despertar otra vez en casa, descalza y sin nada para desayunar.

Aurora, de José Pascual Abellán

Mientras caminaba por el andén, despacio porque las piernas —como la vida—empezaban ya a pesar demasiado, Aurora abrió un ángulo visual de 90 grados y vio a su marido, Alfonso, amarrado a la barra metálica del vagón que le llevaba a la oficina de Tetuán. Tan guapo. 30 grados a la derecha sus hijos, Pilarín y Gerardo, sonreían inocentes esperando el milagro que les llevara al Retiro. Tan pequeños. Algún grado más a la izquierda sus padres, que evitaban bombas en la estación de Bilbao. Tan valientes... «¿Por qué se han ido ya todos?» se preguntó. «Señora, ¿quiere sentarse?» «Gracias. Yo todavía aguanto».

Pensamientos circulares, de Irene Rodríguez

Mientras caminaba por el andén vio cómo se abrían las puertas del metro de la línea 6, y tampoco estaba ahí. «Vuelve», pensó, «si vuelves en el siguiente te juro que esta vez te digo que sí».

Glamour en la línea 1, de Sonia García-Fraile

Mientras caminaba por el andén, el metro irrumpió en la estación. Reanudo la lectura de Últimas sesiones con Marilyn. Estación del Arte: la diva ante la cámara de Schiller, posando en una piscina. Tirso de Molina: desnuda, sin la malla color carne típica de los 60, estaba liberada, vital. Sol: se movía sensual, sintiendo la caricia del agua erizando su piel. Tribunal: dejo de leer. Una mujer me observa enfundada en un traje blanco, mirada azul, cabello platino y seductor el semblante. Miro el libro, su foto había desaparecido. Ríos Rosas: fin de trayecto. Marilyn sonríe y me lanza un beso con la mano.

Toda la vida sin ti, de Ana Belén Borrás

Mientras caminaba por el andén, cabizbaja, pensando en cómo saldar todas las deudas que arrastraba a mis 24 años, el metro entraba en la estación de Atocha. Estaba parada ante las puertas dejando que el gran flujo de gente saliese del vagón. Fue justo en el momento en que salían las últimas personas cuando vi esos ojos azulados, rodeados de una piel ruda. También en ellos estalló un fuego que no supieron disimular, pero me negaron una vez más su atención y siguieron su camino. Podría pedirte ayuda, pero hacía doce años que no te veía, papá.

Buscando tus ojos, de Isabel Alonso

Mientras caminaba por el andén, como cada mañana, en el silencio del sueño insatisfecho de los viajeros, creí de nuevo ver tu rostro al fondo, lejos; hasta pude sentir la caricia de tu presencia en esta estación donde solo eres mi recuerdo favorito. Desde Príncipe Pío hasta Alonso Martínez repaso cada pasajero que entra o sale del vagón, que queda fuera esperando al siguiente, imaginando que quizás sigas viajando cuando yo te invoco. No quiero oír «fin de trayecto».

En el andén de enfrente, de Sara Lekanda

Mientras caminaba por el andén, oí que alguien gritaba mi nombre. Me giré y la vi, al otro lado de la vía. Junto al cartel de Sol, como una señal, iluminaba la estación entera con su sonrisa, como antes. Me saludaba con la mano y movía los labios, me hablaba a mí, pero el ruido atronador del metro que se acercaba tapaba sus palabras. El estruendo aumentó hasta que llegaron a la vez los trenes de ambos sentidos. No subí, esperé ansioso a que desaparecieran, estirando la cabeza para intentar ver el andén opuesto. Cuando los trenes se fueron, la estación estaba vacía.

Un progreso, de Lidya Descals

Mientras caminaba por el andén, Carmen no podía dejar de llorar, y los lagrimones caían, mojando el cuello de su vestido de novia. Las enaguas ya venían manchadas del barro de la calle. El tren rojo traqueteó a su derecha al entrar en la estación de Progreso, lento pero seguro, y a Carmen le costó entrar sin que se le enganchara el encaje de la falda. Por suerte la boca del metro estaba cerca de la iglesia, si no, no habría sabido llegar sola. Se le rompió el corazón al pensar en lo que diría su padre. Pero no podía casarse con él. No podía.

Agláope, de Marcos Colombres

Mientras caminaba por el andén recordé la leyenda de Agláope, la sirena que habita los canales subterráneos del metro de Madrid. En Le Bestiaire, el autor, Pierre de Beauvais, catalogó a estas ninfas en tres categorías: "Dos de ellas son mitad mujer y mitad pez, y la otra, mitad mujer y mitad ave". Lo que Pierre ignoraba es que existe una cuarta categoría: mitad mujer, mitad topo. Un ser bellísimo que intercambia miradas con los pasajeros y luego abre túneles con las garras de sus pies para desplazarse a la madriguera en donde se alimenta de todos los corazones robados en el transcurso del día.

El poeta del último vagón, de Pablo Pineño

Mientras caminaba por el andén, reprimí las ganas de saltar a la vía. Quería intentar encontrarle. Decían que aparecía a las ocho en punto de la mañana, en el último vagón sentido Valdecarros. Le reconocí en cuanto entré al tren, a pesar de su disfraz de oficinista anodino. Nuestras miradas se cruzaron y asintió como si hubiese estado esperándome. Sacó papel y bolígrafo de su gabardina y empezó a escribir. Cuando el tren paró, el poeta del último vagón me dio los versos que salvaron mi vida y se perdió en la multitud. Quizá, como yo, algún día le necesitéis. Ahora ya sabéis dónde encontrarlo.

Más información

En esta página tienes toda la información acerca del Certamen Literario Metrorrelatos. Puedes leer el acta del jurado en este documento y navegar a continuación por las noticias relacionadas.

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