Altas capacidades: la pieza que faltaba

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Escrito por: NANDO RECOBA

En toda trayectoria humana hay un punto ciego: una zona donde la biografía avanza con naturalidad, pero donde algo —un matiz, una explicación, una clave— permanece fuera de foco. Durante años se sigue adelante sin advertirlo; la vida se organiza, los proyectos crecen, el trabajo se multiplica. Hasta que un día, casi sin previo aviso, la pieza que faltaba revela su forma. Y al encajar, reordena toda la imagen.

Las altas capacidades suelen aparecer así: no como un descubrimiento brillante, sino como un reconocimiento tardío. No como un talento extraordinario, sino como una intensidad que por fin encuentra nombre. Para muchos, la infancia fue un territorio de preguntas sin mapa; la adultez, una carrera donde las sensaciones se vivían con un volumen más alto que el del resto. Pero sin diagnóstico, esa diferencia se vuelve ruido interno, un desajuste silencioso que no siempre se declara.

A los ojos de los demás, las altas capacidades suelen confundirse con facilidad académica, con logros visibles o genialidades en vitrina. Pero la realidad es más compleja. La neurodivergencia asociada a la alta capacidad se manifiesta en la sobreexigencia, en la búsqueda incesante de propósito, el encontrar el sentido a la vida, en la hiperempatía que desgasta, en el pensamiento que no se apaga, en la emoción que llega antes que la palabra. No es un don que deslumbre: es un modo de ser que a veces abruma.

Blog Empresas 'Altas capacidades: la pieza que faltaba', por Nando Recoba - IMG915 Zoom

Las organizaciones que trabajan por la inclusión suelen mirar hacia las discapacidades tradicionalmente reconocidas, pero pocas veces hacia quienes, por tener un rendimiento superior en ciertos aspectos, quedan fuera del concepto de vulnerabilidad. Sin embargo, las personas con altas capacidades transitan el mundo con necesidades específicas: requieren entornos que comprendan la profundidad con la que procesan la información, la velocidad de sus asociaciones, la intensidad con la que sienten, la necesidad de coherencia ética que les atraviesa la vida.

Esa complejidad rara vez se nombra. Por eso el diagnóstico adulto no solo ilumina, también alivia. No reescribe la vida previa, pero permite leerla con otra gramática.

Durante años, el Centro Tarobá de Montevideo, Uruguay, se construyó como una organización dedicada a la inclusión, nacida del compromiso y la sensibilidad hacia las diferencias. Su gran crecimiento estuvo marcado por la observación constante, por la intuición fina, por la capacidad de anticipar necesidades antes de que fueran dichas. Había en esa forma de liderazgo una intensidad particular: no se trataba solo de dirigir, sino de comprender. No era solo fundar un proyecto, sino abrir un territorio que protegiera a quienes, de otra manera, quedarían en los bordes.

Sin saberlo, esas cualidades eran señales. No un misterio, sino un patrón. Un lenguaje que aún no tenía nombre.

Mi diagnóstico llegó a los 46 años, cuando el recorrido ya estaba lleno de capítulos sólidos, de logros, de aciertos, de premios, de tropiezos y reinvenciones. No fue un golpe de orgullo ni una sorpresa dramática: fue un espejo finalmente nítido donde la imagen que me devolvía no era extraordinaria ni heroica. Era simplemente honesta: “Esto también soy yo”.

Y entonces, algo cambió. No en la forma de trabajar, sino en la forma de comprenderme. La alta capacidad, lejos de colocarme en un pedestal, se convirtió en una llave para habitar el mundo con menos culpa, menos exigencia, menos sombra. También abrió un campo de reflexión sobre un tema poco abordado: ¿cómo incluir a quienes nunca se sintieron incluidos por sobresalir?

Porque la exclusión también ocurre hacia arriba: al que piensa demasiado, al que siente demasiado, al que se adelanta, al que observa lo que pasa de largo para otros.

Hablar de altas capacidades es cuestionar el mito del “privilegio natural”. No se trata de superioridad, sino de diferencia. No de talento excepcional, sino de funcionamiento cognitivo divergente que, sin apoyo, puede herir tanto como cualquier otra forma de neurodivergencia.

Por eso este autorrelato se escribe ahora, al final de los contenidos que lo preceden. Porque el ciclo no estaba completo sin esta pieza. Los textos anteriores hablaban de otros: sus silencios, sus luces, sus bordes. Este habla desde dentro, desde un nombre que ya no se esconde, desde un hombre que se reencuentra con su autenticidad.

Mi nombre es Nando Recoba, fundador del Centro Tarobá, y fui diagnosticado con altas capacidades a los 46 años. No lo cuento para destacar una particularidad, sino para comprenderla. Para decir que escribir sobre inclusión no es observar desde el podio, sino desde una biografía real. Que la diferencia también me atraviesa. Que la identidad también se revela tarde. Que el mapa interno también puede ser un archipiélago.

Y que incluir —a todos, de todas las maneras posibles— sigue siendo el acto más humano de todos.

Acerca del autor

Nando Recoba, colaborador en el Blog de Empresas

Nando Recoba

Es un referente iberoamericano en inclusión de las neurodivergencias desde lo cultural, liderazgo social y creación de proyectos transformadores. Fundador del Centro Tarobá y mentor, suma reconocimientos internacionales por su labor en diversidad, educación y producción artística. Conferencista, formador universitario y autor, su trayectoria integra gestión, creatividad y compromiso humano para convertir cada proyecto en un puente real hacia la participación y la equidad. 

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