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Escrito por: ALBA MORA
En los últimos años, escuchar hablar sobre «lenguaje inclusivo» ha dejado de resultar raro o un asunto lejano. Por el contrario, ha ido ganando espacio en conversaciones, ya sean formales o informales en el ámbito empresarial, educativo… A veces ese espacio surge bien por necesidad, a veces por moda y en muchos casos como un foco de debate. Sea como fuere, alrededor de este tema circulan varias ideas erróneas o mitos que dificultan entenderé de qué va y qué ventajas tiene la inclusividad en el lenguaje, sobre todo en entornos profesionales.
«El lenguaje inclusivo es fácil: es poner x, @ o e»
El uso de la arroba hace unos diez o quince años lo podríamos comprar, pero hoy en día está en desuso. La realidad es que el lenguaje inclusivo no se reduce a un cambio de letras, y mucho menos a símbolos que son difíciles de pronunciar. El objetivo principal es hacer visible a todas las personas a través de la manera en la que nos comunicamos. ¿Cómo podemos hacer? Fácil. Por ejemplo, evitando expresiones que excluyan a ciertos grupos. El más básico de todos los trucos es evitar el masculino genérico (spoiler: al principio es complicado, una vez somos conscientes del uso del lenguaje, es fácil): «El personal técnico revisará los equipos» en vez de «Los técnicos revisarán los equipos». Fácil, créeme. El castellano es un idioma con mucha flexibilidad, ya que tenemos muchos recursos para nombrar las cosas de manera específica y respetuosa sin necesidad de forzar estructuras. Quizás la clave también esté en saber elegir la alternativa correcta que mejor se pueda adaptar al contexto y propósito comunicativo. El lenguaje inclusivo es un abanico de recursos. Las letras alternativas son solo una de ellas, y no la más útil en entornos formales.
«Existen otras preocupaciones antes que los temas lingüísticos, es una moda»
Esto sería cierto y no estaríamos hablando de un mito si no fuese porque el lenguaje es un factor que atraviesa al conjunto de la sociedad y, como consecuencia, afecta a toda la ciudadanía. Es normal llegar a pensar que hay problemas mayores que atender, pero lo cierto es que el lenguaje puede generar desigualdad y falta de representación si no se revisa. Como los seres humanos entendemos mejor la realidad a través de las vivencias propias y los ejemplos, uno de ellos podría ser cuando el pasado 18 de enero de 2024 el pleno del congreso aprobó la Proposición de Reforma del artículo 49 de la Constitución Española, que amplía los derechos de las personas con discapacidad y elimina del texto la expresión «disminuidos físicos, sensoriales y psíquicos». Ojo, que esta modificación es la tercera desde la entrada en vigor de la Constitución, pero la primera de contenido social. El nuevo texto se adapta en lenguaje y contenido a la realidad actual y a la terminología internacional. Además, el lenguaje evoluciona constantemente. Palabras que hoy parecen “nuevas” se integran antes de lo que pensamos: hace años, términos como email o streaming también generaban debate. Con lo cual parece que más que moda, el lenguaje inclusivo es parte de un proceso natural: adaptamos la manera de hablar cuando la realidad cambia.
«Si aceptamos que el lenguaje es sexista, entonces también deberíamos aceptar palabras como mujera o rano»
Este mito es un clásico. Nada más lejos de la realidad. El hecho de que existan sesgos en el uso del lenguaje no significa que cualquier combinación de sonidos tenga sentido. Las lenguas cambian siguiendo patrones internos, históricos y sociales, no evolucionan por capricho, sino porque las personas —hablantes reales de carne y hueso— adoptan nuevas formas que son útiles, comprensibles y coherentes con la estructura del idioma.
Por ejemplo, médica, presidenta o arquitecta no surgieron por una imposición ideológica sino porque el castellano ya incluye en el pack de recursos una forma productiva de generar femeninos añadiendo -a cuando la palabra lo permite.
En cambio, palabras como mujera o rano no responden a ningún proceso lingüístico existente. “Mujer” no proviene de “hombre”. Son palabras con orígenes diferentes, como muchas otras: oveja–carnero, vaca–toro.
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Pedagoga y experta en igualdad de género. Máster Oficial de Estudios de Género y Desarrollo Profesional por la Universidad de Sevilla. Actualmente se dedica a la consultoría en igualdad en el ámbito empresarial, desarrollando Planes de igualdad y formación para aquellas entidades que requieran cumplir con la normativa española en materia de igualdad de género.
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