Un lugar contra el fríoes el título del XVII libro anual de los alumnos de Escritura Creativa de Escuela de Escritores que presentaremos el sábado 27 de junio. En esta edición hemos contado con la participación de 300 alumnos de España, México, Suiza, Colombia, Argentina, Uruguay, Alemania, Estados Unidos o Perú que han trabajado estos textos (300 relatos y poemas) a lo largo del Curso 19-20 en nuestras aulas presenciales y virtuales.

La presentación se celebrará a partir de las 19:00 h. (GMT+2) y la podréis seguir a través de la sala de Zoom que habilitaremos para los alumnos que habéis participado en el libro o a través de Facebook Live en la página de Facebook de Escuela de Escritores.

Por estas fechas y en años anteriores, muchos de vosotros estaríais comprando los billetes de avión, tren o autobús que os traían hasta el Auditorio CentroCentro del Palacio de Cibeles de Madrid para asistir a la presentación, brindar todos juntos en la sede de Escuela de Escritores y reunirnos en las cenas posteriores con nuestros profesores y compañeros de grupo. Las circunstancias nos impiden que este año sea así, pero si gracias al trabajo de profesores y alumnos pudimos abrir una ventana al mundo a través de los cursos por videoconferencia durante el último trimestre del curso, no podíamos dejar de agradecéroslo celebrando esta presentación online.

Un año más, Jaime Bartolomé, nuestro profesor de Guion, ejercerá de maestro de ceremonias. Contaremos con Luis Luna, profesor de los cursos de Poesía y autor del prólogo de esta edición. También hemos invitado a Natalia García-Freire, alumna de la VIII Promoción del Máster de Narrativa y profesora de Relato Breve, a que nos cuente en una charla con Ignacio Ferrando cómo fue su primera vez: Natalia, como muchos de vosotros con Un lugar contra el frío, ha publicado su primera novela (Nuestra piel muerta) durante este curso y ha logrado la hazaña de que The New York Times la incluyera entre los mejores libros del año escritos en español. Pensamos que os gustaría conocer cómo fue esa «primera vez» para una autora consolidada y que comparta su experiencia con vosotros como madrina de Un lugar contra el frío.

Y como en ediciones anteriores, habrá intervenciones de miembros del equipo de Escuela de Escritores, de profesores y alumnos. También una actuación musical sorpresa al final del acto que no te puedes perder. Atentos a sus pantallas.

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Prólogo de Luis Luna

Decía Cortázar que el prólogo es lo que el autor escribe después, el editor publica antes y los lectores no leen ni antes ni después. En mi caso, sin participar en el libro, soy consciente de que este escrito apenas será leído. Aunque a esto ya estoy casi, casi acostumbrado como poeta. Pero esto no es del todo cierto. Los poetas aunque aún no se sepa demasiado, somos muy leídos, casi tanto como James Joyce. Pero a lo que nos traía aquí, que era un prólogo. Este libro es una más de las empresas titánicas que lleva a cabo escuela, porque para mí, con tantos años de trabajo en la esta casa, se llama escuela, sin más. Empresas titánicas que nos llevan a normalizar el hecho de ser escritor, en la disciplina que a uno le sea más propicia, y poder llevar a cabo su historia y su carrera como tal, sin tener que justificar su sola presencia con otros títulos, adornos u oficios. Ser escritor es la máxima de esta casa. De una casa que poco a poco se va haciendo un espacio infinito. Y en este espacio infinito, que tiene corredores virtuales, pasillos en distintas partes del mundo y habitaciones de lenguaje secretas se tejen las conspiraciones más subversivas, los idilios más prohibidos y las más íntimas palabras para decir la nieve o la tristeza. Acudir a la escuela tiene mucho de conspirativo, de clan, de gentes que se unen para un propósito común: dignificar, nada más y nada menos, la palabra escrita y con ella, la literatura. Darle carta de identidad como oficio, como artesanía, como gremio. A ella acuden, decía una alumna mía israelita, la mitad de los soñadores y soñadoras del mundo y lo hacen llamados por la necesidad de tener una palabra en la garganta y no saber cómo decirla. Esta palabra hay que tener cuidado con ella porque si no la decimos, nos envenena, nos hace ser gentes perdidas en el frío del mundo. Un lugar contra el frío sería una buena idea de escuela. Un lugar que puede consolarnos de la pérdida de identidad, de la soledad, de la ausencia de mantas tejidas por los otros. Cada vez que acudimos, pues, somos como mariposas de vidrio en el amanecer, frágiles, pero luminosas. Y esta luminosidad se hace carne en el libro que ahora se construye. Escritos de todo tipo bajo un paraguas común: la certeza de que impreso, algo no se ha perdido y conforma la memoria del mundo.

La memoria, esa lugar tan nuestro, es el depósito de tantos y tantos paseos por el gran edificio que es escuela. Paseos en los que la metáfora siempre nos lleva de un lado para otro, como errantes o nómadas en la noche de las estrellas. No hay paredes que puedan acoger todo lo que sucede en escuela, por eso llega allí donde es difícil: a las esperanzas. Y por eso, este año escuela se va a hacer un poco más especial para este que escribe. Dentro de poco se abrirá un nuevo máster, que responde una vez más a un sueño. Y este sueño, que se anunciará con los debidos redobles de tambor, cumplirá con las expectativas de quien ha hecho de su forma de mirar un oficio. Como las de tantos otros profesores de la escuela que acuden llamados también a este lugar que les convoca contra el frío. Armados con papeles, suelen ser personajes de cuento, personajes que creen que con dedicación y esfuerzo, esa palabra atravesada en la garganta puede llegar a decirse y con-mover a los otros, los lectores, esa parte del binomio que tanto hace para dar sentido a lo que, en algún momento de tenebrosa lucidez, escribimos. No es poco esto que hacen unos y otros, no es poco, es seguir creyendo en que lo literario puede estar en el mundo y ser parte de él.

Ahora, cada uno de los autores y cada una de las autoras de este libro están literariamente en el mundo. Para algunos y algunas será su primera publicación, para otros u otras será una más, pero siempre es la misma importancia, la de hacerse en la mente del que lee, más allá del ego subyacente a cualquier publicación. Este llegar al otro es otro de los oficios de escuela que se hacen presentes. No en vano, intenta llegar más allá de sus fuerzas para estar en todas partes a la vez, siempre con la voz del que cree que el camino, como decía Machado, se hace al andar. Sirva también este prólogo para agradecer el esfuerzo común y la dedicación de todo el claustro y de los responsables del mismo. Porque agradecer no es caro y es, en todo caso, un ejercicio de justicia. Tal vez por ello, la escuela se crece con cada una de las publicaciones de su  alumnado. Lo siente como una parte más del edificio. Hay como decíamos muchos espacios distintos en la escuela, pero todos ellos son amables, todos dejan siempre un sabor de caramelos o de palabras dichas al oído. Como el café para los insomnes, la escuela siempre está ahí, intentando acompañar, enseñando, las ensoñaciones de tantos nuevos escritores y escritoras. Ello le vale ese título, el de escuela, que es el más importante que a un edificio le pueden dar. Acudid pues a este libro como a una habitación más de escuela, como a una clase más, orgánica, viva y construida para el aprendizaje. Y disfrutad de cada una de las aulas en las que os vais a encontrar. Cada una de ellas se han construido de esfuerzo, de dedicación, de trabajo compartido. En cada una de ellas resuenan las voces de los compañeros y de las compañeras corrigiendo y aportando su cantidad de sabiduría, las voces de los distintos profesores y profesoras intentando poner su oficio en la puntada para que el tapiz quede perfecto. En todas esta aulas se ha construido, se ha luchado, se ha perdido y se ha encontrado un camino, dando todo a cambio de una quimera o de un atardecer junto a un vaso de vino. En estas aulas, en estos textos, hay vidas enteras y hay también, por qué no decirlo, el cáliz repleto de los sueños. Apuradlo pues, para que no se pierda y dejad que los soñadores y las soñadoras duerman junto a vosotros y a vosotras en un espacio nuevo, el de la consistencia del trabajo conjunto, aquel que suele llamarse, desde hace tanto tiempo ya, arte.

Luis Luna
Junio de 2020