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Ignacio Ferrando es autor de las novelas Referencial (Tusquets, 2019), La quietud (Tusquets, 2017),  Nosotros H (Tropo, 2015), La oscuridad (Menoscuarto, 2014) y Un centímetro de mar (Alberdania, 2011) que recibió el Premio Ojo Crítico de RNE y el Premio Ciudad de Irún. También ha publicado los libros de relatos: La piel de los extraños (Menoscuarto, 2012; Premio Setenil 2013), Sicilia, invierno (JdeJ, 2009) y Ceremonias de interior (Castalia, 2006; premio Tiflos 2006). Su trabajo ha sido reconocido con galardones como el Premio Internacional Juan Rulfo, el premio Gabriel Aresti, el NH Mario Vargas Llosa, el premio de narrativa de la UNED, el Hucha de Oro o el Ciudad de San Sebastián, entre otros. Sus textos breves han sido incluidos en varias antologías y libros colectivos, destacando: Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento actual (Menoscuarto, 2010), Madrid, Nebraska (Bartleby ediciones, 2014), Perturbaciones (Salto de página, 2009) o Un nudo en la garganta (Trama editorial, 2009) y algunos de sus relatos han sido traducidos al inglés y al alemán.

Como docente, ha impartido conferencias sobre escritura y lectura crítica en la Universidad de Turín, el CSIC, el Orivesi College of Arts (Finlandia),  Creativa Schrijven (Bélgica), Universidad Complutense (Madrid), Universidad de Alcalá, la Escuela de Escritura del Ateneo barcelonés o el Liceo Italiano en Madrid, entre otros. Durante siete años fue profesor en la Escuela Universitaria de Arquitectura Técnica de Madrid puesto que abandonó en 2015 para centrarse en su carrera literaria.

Actualmente es el jefe de estudios del Máster de Narrativa de la Escuela de Escritores de Madrid, donde además imparte talleres de novela, relato y lectura crítica.

Referencial

Novela
Tusquets Editores
2019

Más información

La quietud

Novela
Tusquets Editores
2017

Más información

Nosotros H

Novela
Tropo Editores
2015

La oscuridad

Novela
Menoscuarto
2014

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La piel de los extraños

Relato
Menoscuarto
2012

Más información

Un centímetro de mar

Novela
Alberdania
2011

Sicilia, invierno

Relato
JdJ
2009

Más información

Ceremonias de interior

Relato
Castalia
2007

Entrevista al profesor

El escritor no nace. De hecho en mi familia no hay ningún escritor, ni periodistas, ni siquiera una tía bucólica que rimara algún que otro verso sobre las margaritas que crecían en sus tiestos. Luego eso, en mi caso, obliga a descartar el factor genético. El día que me senté a escribir por primera vez con catorce años no fue por generación espontánea. El escritor no estaba dentro de mí. Supongo que no me sentía distinto de otros niños de mi edad. Y si he de aventurar algún motivo por el que escribí aquella primera palabra con vocación de literatura, fue por algo tan peregrino como la emulación de mis primeras (e infames) lecturas y por jugar un poco, a escondidas, con aquella máquina (una Brother 250, sin eñes, sin acentos…) que mi padre había traído de la oficina para redactar unas cartas. Puede parecer banal (lo es) pero así recuerdo el «nacimiento del escritor». Luego, claro, la cosa se ha ido complicando bastante y la escritura ha pasado de ser un juego a acompañarme en mis viajes, en mis trabajos, en mis relaciones personales, en mi vida. Me ha dado buenos y malos momentos, la he sentido cerca y lejos, me he revuelto contra ella y de cuando en cuando, le he lanzado alguno, pocos piropos. Pero siempre ha sido un referente, un alter ego con el que he convivido como un compañero de piso. Vivir creativamente es un modo muy especial de vivir.

Ortega decía que hay dos tipos de personas: los normales y los que se complican la vida sin necesidad y se exigen a sí mismos, cada día, cosas que no pueden cumplir. Yo le he entregado muchas horas de trabajo e insomnio, algunas relaciones que fueron incapaces de comprender mi entrega «a la nada» o de soportar mis monólogos acerca de la frustración (algún día tendremos que hablar de «La mujer del escritor») y siempre he tenido muy claro que debía vivir cerca, muy cerca de sus aduanas de la creación, para cruzarlas a mi antojo y llevarme, sin que se diera cuenta, el botín. Y creo que ese es el único aprendizaje (muy vinculado a la decepción) de un escritor. ¿A dónde quiero llegar? Pues a que un escritor, más que una cuestión de nacimiento, es una cuestión de disciplina y perseverancia, que más que hacerse como unas tostadas, un escritor crece poco a poco por cabezonería y por necesidad. Y en ese crecimiento, estar cerca y al lado de personas que saben de lo que hablan (que ya han pasado por donde tú o siguen en el empeño) es una gran ventaja. Un taller es ese lugar que te puede ahorrar muchas vueltas, muchos dolores de cabeza y muchas frustraciones. A escribir, como a todo, también se aprende. Creo en lo espiritual y lo abstracto del arte, pero también creo en la técnica y el canon que subyace a todo lo bello.

Para mí significa una gran responsabilidad. Es frecuente que mis alumnos acaben somatizados por algunas de mis teorías (más que teorías son manías enunciadas por otros muchos antes que yo). Pero sobre todo, para mí, estar aquí significa transmitir todo lo que poseo, desde mis conocimientos, hasta mi pasión por la escritura, desde mis consejos (hay que leer, hay que vivir, hay que ralentizar los relojes, amigos) hasta compartir las lecturas que me han importado o que me importan en este momento. Empecé en la Escuela gracias a Javier Sagarna. Él sabrá por qué, pero me dio la oportunidad de compartir mi visión particular de la escritura con mis alumnos y eso, la verdad, es un gran privilegio.

Es una relación muy buena. Somos un equipo joven (me refiero al alma) y muy, muy inquieto. Trabajar con personas así es muy fácil. No existe ese espíritu estacionario de otros trabajos y nos complementamos, creo, con generosidad. Intercambiamos ideas, temas y lecturas. Supongo que vamos algo más allá de la mera relación laboral. Me gusta pensar que muchos de ellos, además de compañeros de trabajo, son mis amigos y mantengo con ellos largas disputas que terminan en un combate abierto, sin compasión, sobre si Hamlet era o no un cobarde, sobre si Dorian Gray era un afeminado sin escrúpulos o si la profunda lucidez de Dostoievski se debía a sus ataques epilépticos. Cuando llegué fui acogido con mucho cariño y con el mismo cariño me gusta recibir a los que se incorporan. Vamos, ¿la relación? Buena, muy buena.

Mis alumnos me van a matar. Pero lo cierto es que a mí me gusta insistir sobre el hecho de que escribir, se escribe para los demás. No para todo el mundo, claro. Sino para tu lector particular. Desde el momento que alguien «quiere aprender a escribir» lo hace para los demás. Y esto, que parece de Perogrullo, es muy importante. Hay que empezar por no minusvalorar a tu lector (denostado sistemáticamente como estrategia de la incomprensión) y conseguir situarte «al otro lado» para preguntar: ¿por qué le tiene que interesar mi texto al lector?, ¿qué demonios es lo que quiero contar?, ¿qué sentido tiene esto y lo otro?, es decir, ¿cuál es mi conflicto? Al margen, claro, de las cuestiones técnicas sobre las que trabajamos en cada uno de los textos, siempre sin extremismos, sin axiomas, porque ese integrismo literario cierra muchas puertas a la hora de crear y además, en literatura (hasta que se demuestre lo contrario) no hay nada inmutable. Pero hay que saber discernir entre la excepción que confirma la regla y la regla misma. Y más cosas. Como que, para evitar horas de tortura, los alumnos aprendan a discernir entre su yo-escritor y su yo-corrector, en que no mezclen esos dos papeles insobornables. Cosas así.

Desde luego me siento muy libre a la hora de trabajar y compartir. Creo que esto no solo es una realidad, sino una necesidad. La literatura es tan polimórfica, tan laberíntica, que restringirse a un criterio, a una sola teoría del relato, a unos autores determinados, no sería más que ponernos una venda que limitaría nuestra visión, como esos burros, pobrecitos, a los que les ponen la zanahoria delante y caminan sin cuestionarse nada más. Y por eso creo que la libertad de cátedra en los profesores de la Escuela (que practico con fruición) es un gran acierto.

Les pido un compromiso. Para qué nos vamos a engañar. Apuntarse a un taller de escritura sin tener tiempo disponible o sin ese deseo (no me refiero al deseo instantáneo, al que sobreviene después de una tarde de lectura, infectada de romanticismo) sino un Deseo real (la mayúscula va cargada de intencionalidad). Más que exigencias (que yo no pido nada) son condicionantes para que, una vez iniciado el curso, no caigan en el desánimo y, lo más importante, que no tiren su dinero. Si se poseen esos dos elementos da igual las barreras que uno tenga delante, da igual el nivel académico, la edad, los horarios, los hijos y todo lo demás, si se posee Deseo y Disciplina (otra mayúscula estratégica) se posee la materia prima, el diamante en bruto sobre el que se irá esculpiendo el escritor.

Mi nivel de exigencia depende bastante del alumno en cuestión. Me jacto de percibir la tipología de cada alumno, el objetivo que persiguen cuando se apuntan a uno de mis cursos y trabajo desde la individualidad. Hay personas más disciplinadas con las que, lo reconozco, soy inflexible (sé que lo necesitan y se sienten cómodos así) y los hay que persiguen una faceta más terapéutica de la escritura. Pero sí, si veo un escritor, claro que le persigo. Al final del curso yo no exijo nada, solo que aquellos que al principio se propusieron un proyecto, estén más cerca del final y aquellos que llegaron tanteando, se contagien de la pasión y la magia por la escritura y, sobre todo, por la literatura.

En mis grupos me gusta un clima cálido, cercano, que va más allá de la relación profesor-alumno. He hablado antes del yo-escritor y del yo-corrector. Pues bueno, el escritor, para mí, completa su trinidad con el yo-psicólogo. Es el encargado de convencerte a ti mismo de que lo que has hecho está bien, el que elimina las trabas sicológicas, el que, de cuando en cuando, nos baja a la tierra firme y nos dice, ¡hombre, que solo eres Ignacio y ya nos conocemos…! Bueno, pues esa tercera parte del escritor está muy vinculada a la empatía en el grupo. El vértigo compartido es menos vértigo. Por eso me gusta cuando surge esa dinámica tan cercana a la familiaridad (a veces entre edades, sensibilidades y países tan distintos) y creo que, como profesor, es mi obligación promoverla, cuidarla y una vez consolidada, cultivarla.

Evidentemente. Nadie lo sabe todo y enseñar desde esa perspectiva, más en literatura, es tan nocivo como la del profesor que carece de lo más básico. El subjetivismo es fundamental en un profesor. Por eso siempre estoy abierto en cada uno de los textos, porque sólo desde esa perspectiva, asumiendo lo que el alumno quiere y necesita expresar, se puede corregir un texto. Hay necesidades, maneras de contar… De los alumnos, casi siempre, suelo aprender la versatilidad de las excepciones que confirman las reglas.

Creo que las fundamentales son: amar la literatura, trabajar en la escritura y querer y saber transmitirlo. Visto así, asusta, parece mucho, pero creo que todos estos elementos ayudan y facilitan la labor docente. Las horas frente al teclado aportan tu experiencia personal (y todos los alumnos agradecen esa empatía, ese paralelismo común en dudas y problemas); amar la literatura y comprender su carácter inabarcable es fundamental, porque si no es como ese viajante que no confía en la calidad de las medias que vende. Además creo que hay que saber orientar a los alumnos en el laberinto actual de publicaciones, adaptarse a sus gustos y su nivel. Y por último tener los conocimientos técnicos y querer transmitirlos sin cortapisas.

En las historias, en las tramas en sí. Hay un problema que detecto frecuentemente en las historias a las que me enfrento. Y es que están escritas desde el yo. Es decir. Son historias personales, privadas, a veces casi herméticas. Por ejemplo, si hablo de mi abuela Petra y de sus avatares durante la posguerra, interesaré a mis familiares (a algunos, no a todos) pero esa media docena de lectores que debemos perseguir (externos al círculo familiar, preferentemente) lo verán insulso, carente de atractivo. Ya sé que era buena persona, pero ¿por qué debo gastar veinte minutos de mi vida en escuchar los desmanes de tu abuela Petra? Pero si Petra destilaba en su alambique un licor que vendía a los del pueblo y si ese licor actuaba como crecepelo; si tu abuela Petra decide posar a sus años, fíjate, para el cuadro de un prerrafaelista cuarentón y atractivo, si Petra es al fin y al cabo un personaje literario (más allá de la comicidad intencionada) entonces sí interesará tu historia.

Me gusta recalcar este aspecto, el de las historias, el de las tramas que funcionan y las que no. ¿Qué quieres decir con tu historia? A veces vale esta pregunta para desmontar un texto. Porque si lo que quieres es hacer un viaje genealógico o simplemente una introspección de ti mismo, tu texto solo te importará a ti y a los pocos que te conocen. Y eso no está mal. Pero insisto, yo no enseño a escribir a los que escriben para sí mismos. También me gusta inculcar a los alumnos la necesidad de volar, de buscar la originalidad y distanciarse de lo ya escrito, de que cada obra es única y distinta. Es decir, que deben manejar la retórica con comedimiento y con elegancia, sintiendo la música de lo escrito, trabajando ese dictum que aparece en el decálogo de Monterroso: «en literatura, no hay nada escrito».

A mí me han preguntado mucho sobre los concursos literarios. Siempre respondo lo mismo. A mí me parece que si te dan un premio es la consecuencia del trabajo bien hecho (no digo que sea el caso). Que no hay que obsesionarse con ellos, ni esperar nada. Están ahí, como nuestras particulares «oposiciones» y el hecho de que no te lo concedan, no implica necesariamente que tu texto no sea bueno o que debas arrojar la toalla. Hay una cuestión subjetiva de gustos e incluso la suerte juega un papel importante en muchos certámenes. Lo importante, repito, es el día a día, el trabajo de elaboración y revisión de los textos, la soledad que envuelve al escritor, ese cosmos particular habitado por satélites a punto de colisionar. Desde luego no concibo a un escritor que base sus criterios en cosas como esta y desconfío de los que hablan demasiado de ellas. Los concursos son lo que son. Ni más, ni menos.

Sobre el afán de publicar. Me sonrojo, claro. Yo mismo he sufrido en mis carnes la «necesidad de publicar» a toda costa. No me arrepiento, claro. Publicar, de alguna manera, cierra el proceso. Sin embargo creo que hay que tener cuidado con esto. Porque la pregunta es ¿a dónde lleva una publicación «inmadura»? Creo que Cortázar publicó su primer libro de relatos a los 37 y Borges sus Ficciones a los 46. No digo que publicar sea una cuestión de edad, sino que siempre hay un momento. Y que ese momento es reconocible por el propio escritor. Hay como una estabilidad, se está sereno, se sabe. Cesan los mecanismos de imitación de otros escritores, la sensación de «macedonia» en la propia escritura y uno está estable, casi contento con lo que ha escrito. Y por supuesto hay que tener mucho cuidado con los mercaderes de la ilusión. Si un texto es bueno el tiempo lo colocará en su lugar. Eso sí, hay que moverlo, que lo lean las editoriales, los concursos de los que antes hablábamos… Creo que hay que ser pacientes y responsables al publicar y resignarse a que la fama literaria no solo no existe sino que de existir, es una ilusión pasajera. Trabajar día a día, como decía antes, con la convicción de que los textos recorrerán por sí solos el sendero hasta la estación de destino, sea cual sea. Lo digo, eso sí, mirando una caja de ejemplares autopublicados que hay en uno de mis estantes. Como todo escritor, conozco la debilidad.

La verdad es que me cuesta un poco pero intento no mezclar mis horarios. Es algo más fácil de afirmar que de llevar a cabo. Pero creo que mantengo esa distancia necesaria.

No tengo un escritor favorito. Soy un poco caníbal en cuanto a mis lecturas, pero tengo una predilección especial por Henry James y Cortázar. Tengo recuerdos imborrables con Böll (Memorias de un payaso), Kafka (El proceso), Saul Below (Herzog), Philip Roth (Pastoral americana), Montalbán (El estrangulador, El pianista), Mann (La montaña mágica y el Doctor Faustus), Faulkner (El ruido y la furia, Mientras agonizo, Absalon…), Ribeyro (La tentación del fracaso y sus relatos inolvidables), Castillo (El que tiene sed) o ese Borges de los espejos y los tigres, por hablar de los que ahora van surgiendo. Aprecio en todos estos libros su capacidad para trasladarme a mundos de ficción, para someterme a sus caprichos, para «hacerme despegar» o llevarme a lo más profundo. En la actualidad, la concesión del Nóbel de este año, me ha descubierto a Orhan Pamuk, un escritor muy solvente, con novelas casi perfectas, un peso pesado, una maravilla, Mi nombre es Rojo, por ejemplo, o mi actual lectura El libro negro. Enhorabuena a los académicos.

Llevo escribiendo muchos años. Antes he hablado de los catorce años pero supongo que hablar de un escritor a esa edad es poco más que descabellado. Pero sí tengo recuerdos de esa época (y escritos, celosamente custodiados) tecleando sobre una máquina, en el cuarto húmedo de casa de mis abuelos. Tengo la imagen de mi madre diciéndome que me iba a volver loco o de mi padre intentando que me centrara en los estudios. Si echo la vista atrás me parece que mi vida no ha sido otra cosa que sacar sílabas de esa cesta reseca y enfermiza que tengo por cerebro. Quizá exagere, pero es así. Otros vinculan su vida al año en que firmaron la hipoteca, el mes en que conocieron a fulanita de tal, a sus ascensos en la oficina. Pero mi lamentable cronología está jalonada de relatos y ellos son mis referencias temporales. Tengo aquel relato que escribí frente al mar en Málaga, insoportablemente solo, tengo aquel relato que le leí a Ana en un parque de Peckam Road, tengo el último relato que ha hecho sonreír a Nuria. Claro que, ahora que lo pienso, eso explicaría por qué soy tan malo con las fechas. ¿Mi jornada laboral? Depende mucho. Suelo trabajar de cuatro a seis horas diarias dependiendo del horario de las clases, siempre por las mañanas. Suelo tirar mucho de lo que escribo y aconsejo a todo escritor tener una gran papelera. Hay días mejores y peores. Pensar en lo que escribo (si eso cuenta) pienso casi siempre. Eso explica también mi despiste y mi aparente enajenación cuando alguien me está hablando y mi próximo cuento me ronda la cabeza.

A mí los talleres me devolvieron la Disciplina por la escritura. Cuando escribir es un acto «en paralelo» a tu ocupación y cuando esa ocupación es tan absorbente como lo era la mía (y como lo será la de muchos que lean estas palabras) la escritura sufre un proceso de indisciplina, de disculpa, qué más quieres de mí, hago lo que puedo. Uno escribe en los ratos libres, que no es poco. Sin embargo, al apuntarme a los talleres conseguí conciliarme con la Disciplina. Mi objetivo personal, por ejemplo, era elaborar un relato cada quince días (no un relato terminado tal y como ahora lo entiendo, sino trabajar y tener mi propuesta). Esa consecuencia te lleva a trabajar intensamente. Por otro lado, reconozco que siempre he sido un tanto díscolo cuando alguien pretendía llevarme por los senderos de la escritura. Pero también tengo que reconocerme lo suficientemente astuto como para meditar esas palabras y digerir de ellas lo que me era necesario y para asumir mi responsabilidad cada vez que, de un modo deliberado, me las saltaba. Hoy sé que, sin lugar a dudas, esas palabras me han ahorrado muchas vueltas que, de otro modo, indefectiblemente, habría debido recorrer en solitario siguiendo el método de ensayo y error. Pero para mí, los talleres eliminaron en parte ese porcentaje de errores con el que todavía tengo una relación un tanto difícil.

Ya sabía yo que al final no iba a escaparme… Más que una vida secreta es una ocupación. Durante muchos años he trabajado a pie de obra, en una caseta. Pocos de los que me veían allí sabían que me dedicaba a escribir. Y en mi tertulia se cachondeaban cada vez que decía «estoy a punto de terminar la obra» y preguntaban «¿cuál de las dos?» Bueno, más allá de lo gracioso que pueda parecer, creo que no soy el único escritor que ha vivido de otra cosa. Supongo que todos decimos lo mismo. Conozco escritores-ingenieros, escritores-banqueros, escritores-farmacéuticos, escritoras-camareras e incluso escritoras que trabajan en Hacienda y todos, absolutamente todos, dicen que no serían los mismos si no hubieran pasado por ahí. Yo creo que es así, que el hecho de que cada uno provengamos de un lugar determinado, que tengamos visiones distintas de los temas de siempre, favorece la visión calidoscópica de la literatura. Además, y siempre lo he pensado, ser de ciencias y trabajar con los de letras tiene una serie de ventajas. No se lo digáis a ellos, pero las matemáticas (el azar, el caos, la geometría, la naturaleza infinitesimal) son, sin lugar a dudas, absolutamente literarias…

Ignacio Ferrando
Fotografía: Ático 26

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