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Juan Carlos Márquez

Juan Carlos Márquez (Bilbao, 1967) es licenciado en Ciencias de la Información y máster de Periodismo por el diario El Correo y ha ejercido el oficio en diversos medios, pero desde hace algunos años se dedica en exclusiva a impartir talleres y cursos en la Escuela de Escritores de Madrid.

Son suyos los libros de relatos Oficios (premio Tiflos. Castalia. 2008) y Llenad la Tierra (Menoscuarto. 2010). Ha sido dos veces finalista del Premio ‘Setenil’ al mejor libro de relatos (2008 y 2009) así como de la primera edición del Premio Internacional de Narrativa Breve ‘Ribera de Duero’, el más importante de su categoría en lengua española.

Asimismo, sus cuentos han sido seleccionados en las dos antologías de referencia de la narrativa breve española contemporánea: Siglo XXI (Menoscuarto. 2010) y Pequeñas Resistencias 5 (Páginas de Espuma. 2010).

Su novela Tangram (Salto de Página) ha merecido los premios ‘Sintagma’ 2011 y ‘Euskadi’ de Literatura 2012. Norteamérica profunda,conjunto de relatos que obtuvo los premios Unión Latina (2003) y Rafael González Castell (2005), ha sido reeditado (Salto de Página, 2012).

En 2012 fue elegido para participar en Spain (NOW!), feria de la cultura española en Londres.

En 2014 publica la novela Los últimos (Salto de Página) y en 2017 Resort.

Resort

Novela
Salto de Página
2017

Los últimos

Novela
Salto de Página
2014

Lobos que reclaman la noche

Novela
Tropo editores
2014

Norteamérica profunda

Relato
Salto de Página
2012

Tangram

Novela
Salto de Página
2011

Llenad la Tierra

Relato
Editorial: Menoscuarto
2010

Más información

Oficios

Relato
Castalia
2008

Por supuesto que se puede aprender a escribir, de hecho nunca se termina de aprender. La escritura es un camino sin final, pero eso no quiere decir que, en ausencia de ese final, no se pueda aprender o enseñar a escribir; simplemente nos indica que la enseñanza o el aprendizaje de la escritura, como ocurre con otras muchas disciplinas, nunca podrán ser definitivos.En cuanto a si el escritor nace o se hace, yo quiero creer que se hace, a sí mismo o con ayuda, pero básicamente se hace, aunque a fuego muy lento (a mi entender, uno de los peores enemigos de los escritores es la prisa).

Ser profesor supone para mí un compromiso mutuo con los alumnos en el sentido más positivo y noble de la palabra. Ellos ponen de su parte trabajo e interés por mejorar; yo hago todo lo posible por ayudarles y orientarles.Por otra parte, no creo en la enseñanza de tipo piramidal, diferida, con bustos parlantes subidos en púlpitos y alumnos hundiéndose en sillas lejanas. Confío más en las autopistas de doble sentido.Comencé a impartir clases para aportar mis experiencias y a la vez seguir aprendiendo, indagando; como parte del proceso vampírico de generar expectativas en otros y a la vez renovar las ilusiones propias. Hasta entonces, mis ocupaciones habían sido en su mayoría alimenticias, grises, y en su desempeño no me había movido un ápice de entusiasmo. En la Escuela, en cambio, he recuperado la ilusión.

Muy cordial. Nos vemos menos de los que nos gustaría, pero cuando se dan las condiciones idóneas nadie suele faltar a la cita. Tengo mis favoritismos y afinidades, claro está, pero ello se debe sobre todo a que, si hacemos caso al dicho ese de que el roce hace el cariño, a mí todavía me falta rozar más con algunos compañeros.

No soy demasiado estricto sobre cómo deben afrontar mis alumnos las prácticas. Les permito a menudo que varien los puntos de partida y los planteamientos generales, siempre que no pierdan de vista cuáles son los objetivos que perseguimos con cada lección. Para mí, la creatividad, desbordada o no, casi nunca es un obstáculo.Y sí, me siento libre, y creo que eso es imprescindible para que mis alumnos también puedan sentirse cómodos a lo largo del curso.

Trabajo y respeto por la escritura, tanto al principio como al final del curso. En cuanto a mi nivel de exigencia, depende del punto de partida de cada cual, de sus expectativas y de sus aptitudes. Como profesor, no puedo ni debo colgar un cartel de Salida y otro de Meta y esperar que todos recorran el circuito a la velocidad de un bólido. No, para mí, la enseñanza no es ningún circuito; se parece más a un camino vecinal que pueden transitar peatones, monopatines, bicicletas, motos, coches, todoterrenos, camiones y hasta grúas. Cada uno, con sus particularidades y condicionantes.

Sincero sin ser ofensivo, pero dentro siempre de las normas elementales de respeto y buenos modales que dicta el sentido común. El que reine un clima de buen humor también me parece muy necesario: una broma a tiempo puede evitar roces, relativizar opiniones y enfriar polémicas. El humor hace que vivamos más y que lo hagamos en paz, que seamos más felices e inconscientes, en el buen sentido.

Sí, para mí la enseñanza es un intercambio de conocimientos, actitudes y sobre todo de entusiasmos y dudas. Yo creo que no es posible el arte sin vehemencia ni interrogantes. De los alumnos, aprendo sobre todo a aplicarme mis propios remedios. Muchas veces, los escritores tendemos a perder el rumbo en nuestro reino inexpugnable, a vagar de una habitación palaciega a otra con la mirada perdida y el cetro en la mano; al menos yo tengo esa tendencia. El hecho de estar en contacto constante con la escritura de mis alumnos me obliga a descender al mundo real, enfrenta mi realidad con otras, y me permite afrontar la autocrítica de acuerdo a criterios más objetivos, más universales.

Yo creo que son el dominio y la capacidad de transmisión de la técnica, la sinceridad y la confianza ciega en que los alumnos, a zancadas o a pasitos (cada cual según su naturaleza y bagaje), van a mejorar considerablemente. Un buen profesor de taller ha de ser un poco psicólogo también: saber cuando tensar la cuerda y cuando destensarla, alternar el elogio y la crítica, relativizar los éxitos y los fracasos. El orgullo de un escritor, por novato que este sea, suele ser importante; así que hay que cuidarse mucho de herir sensibilidades. Se hace necesario pues transitar los terrenos de la crítica constructiva con mucha delicadeza.

Me interesa sobre todo que mis alumnos tengan o al menos practiquen una mirada propia sobre la vida, el mundo y cada uno de los objetos que lo componen. Los tópicos en la escritura, los territorios comunes, me ponen un poco de los nervios. Lo reconozco, soy muy plasta con lo de la mirada personal.

Participar en concursos me parece coherente para medirse con uno mismo y con otros escritores, y también una fórmula válida para darse a conocer y conseguir un poco de dinero, que nunca estorba. Yo desconfío de los escritores que reniegan de los concursos e incluso los detestan, aunque entiendo que hay un momento en el que se pierde el intéres y la ilusión por participar (yo estoy ahora mismo cerca de ese momento). De todas formas, no creo que existan escritores excelentísimos que no hayan participado al menos una vez en un concurso, como tampoco creo que existan velocistas que corran los 100 metros en menos de 10 segundos y se nieguen por principios a competir.En cuanto al afán de publicar, yo más que un afán lo considero una necesidad de compartir y relacionarse con los lectores. No concibo la literatura encerrada bajo llave en un cajón. Aunque entiendo que no es de recibo publicar a cualquier coste, como hacen esos escritores, generalmente noveles, que están dispuestos incluso a pagar por ver publicadas sus obras. Puedo concebir (en el principio de un escritor, luego no) no ganar o ganar muy poco, pero de ahí a pagar… ¡Vamos, hombre!

Trazo una línea divisoria previa: la mañana es para mis alumnos; la tarde, para mí. Rara vez consiento interferencias. Soy muy metódico y serio porque estoy obligado a serlo: yo, sinceramente, la única Musa que conozco es una marca de mayonesa, así que estoy obligado a echarle horas al asunto. Para mí, la escritura es un oficio (similar a la alquimia) más que una profesión, y, con la minuciosidad y la inasequibilidad (espero que este palabro exista) al desaliento que exige un oficio, procuro entregarme a ella.

Actualmente estoy alternando El libro de las ilusiones, de Paul Auster, y La vida ausente, de Ángel Zapata, aparte del último número de la revista literaria Eñe, que leo siempre a ratos, con mucho sosiego e interés.Normalmente me guían diferentes motivaciones en la elección de mis lecturas: mi interés en las novelas de Auster es sobre todo técnico y formal, parte de mi proceso de aprendizaje como escritor. Desde el punto de vista de la carrocería narrativa, de la manera en que teje y desteje sus argumentos, Auster me parece un autor estimable, y de hecho creo que su escritura es una de la más bellas y visuales del panorama actual (me viene ahora mismo a la cabeza un pasaje de Vértigo en el que el autor narra a la perfección, con el tintineo de una caja registradora como fondo y las primeras planas de los periódicos superponiéndose en el horizonte, como se suceden de ciudad en ciudad las actuaciones exitosas del protagonista).Otra opinión me sugiere el fondo de su obra, que no me convence en absoluto, con ese peso recurrente del azar en el destino de sus protagonistas, quienes, por otra parte, siempre se encuentran en los límites de lo humanamente soportable.En cuanto a Ángel Zapata, maestro de cuentistas, es una referencia del relato, un teórico que predica con el ejemplo cuyas composiciones responden a ejercicios intelectuales de profundo calado. Leer a Zapata, como a casi todos los grandes escritores, exige a veces esfuerzo, pero compensa porque sus relatos dejan huella, un poso inolvidable.¿Qué cuál es mi escritor favorito? Me es muy difícil contestar: Stevenson, Melville, Conrad, Kafka, Chéjov, Carver, Bradbury, Capote, Bukowski, etc. (para que no se molesten los vivos).

Son diferentes, pero confluyen en ocasiones. Por ejemplo, el gran reportaje y los géneros opinativos hacen muy buenas migas con la literatura; no las hace, en cambio, la noticia pura y dura, mucho más relacionada con la urgencia y la inmediatez. El periodismo y la literatura manejan herramientas comunes (palabras y mensajes, básicamente), pero ni el uso que se hace de ellas ni los productos que se obtienen son los mismos. Las palabras, como los colores, están en ambas paletas (la del periodismo y la de la literatura), pero, en función del objetivo, hay distintas sensibilidades y técnicas para combinarlas y para mezclarlas. Yo ya conocía la paleta del periodismo antes de acercarme a la literatura, y eso me está ayudando en el adiestramiento posterior como escritor. Es evidente. A menudo se oye despotricar a algunos inmaculados contra los escritores periodistas, pero muchos de los mejores escritores de la historia de la literatura universal lo fueron. A nadie se le debe escapar ese dato: lo contrario sería una injusticia.

Que mi Athletic (Euuuuuuuuup) descendiera a Segunda convertiría Edipo Rey en una comedia de enredo. Bromas aparte, no creo que pudiera escribir una tragedia griega, al menos no podría hacerlo siguiendo los cánones. Yo vindico las pinceladas de humor incluso para el más adusto de los dramas; no como diversión, sino como acicate para seguir viviendo o para seguir muriendo. Como dijo (o dicen que dijo) Winston Churchill: «La imaginación consuela a los hombres de lo que no pueden ser. El humor lo consuela de lo que son.»En cuanto a qué cosas podrían ponerme en situación de escribir una tragedia griega o una novela humorística, hoy no me apetece hablar de política.

Juan Carlos Márquez
Fotografía: Laura Muñoz Hermida

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