El número 4 de la revista Orphanik acaba de salir de las imprentas de Aristas Martínez y ya la puedes encontrar en las librerías en toda su gloria y plenitud. Doscientas páginas de crónicas, reportajes, entrevistas y críticas con lo mejor del año en el mundo del cine escritas por los alumnos del curso de Crítica de Cine que dirige Jordi Costa.

El protagonista de este número es Pedro Almodóvar y su última película, Dolor y gloria. El cineasta visitó Escuela de Escritores y conversó con los alumnos de los cursos de Crítica de Cine desgranando las influencias, referentes y subtextos de la que ya es una de sus obras mayores. Una conversación que puedes leer reproducida en el número 4 de Orphanik.

Además, artículos especiales dedicados a los hermanos Dardenne, Mia Hansen-Love o Larisa Shepitko; crónicas de la Berlinale y el festival de San Sebastián y más de 70 críticas en la temporada de RomaLazzaro felizClímaxEntre dos aguasSilver LakeCapitana MarvelSuspiria Infiltrados en el KKKlan.

pedro almodóvar

Pedro Almodóvar con los alumnos de Escuela de Escritores

Orphanik 4 también está a la venta en la sede de Escuela de Escritores en Madrid o te la podemos enviar por correo postal si completas el formulario que encontrarás en esta página.

Aquí puedes leer el editorial de Orphanik 4, por Jordi Costa:

Una tarde de 1920 el escritor austríaco Joseph Roth entró en el cine situado en el parque de atracciones del Prater , vio un episodio del serial cinematográfico The Red Ace de los estudios Universal y asistió a un acontecimiento casi sobrenatural del que dejó constancia en el artículo El cine del Prater, publicado en las páginas del Frankfurter Zeitung. Reconoció en las acciones que aparecían en la pantalla al mismo portero que le había franqueado la entrada, transformado en el dueño de un Saloon donde trabajaba una camarera que era exactamente la misma mujer que tenía sentada en la butaca de al lado: “En el cine del Prater son los espectadores los que protagonizan la película”. El desarrollo de la proyección aún depararía mayores sorpresas a ese espectador privilegiado. Tras reconocer al portero y a la vecina de butaca no iba a tardar en transusbtanciarse en luz de celuloide otro espectador, y otro, y otro: “Pero su amigo es el ‘osito’, un sujeto extremadamente hábil que hasta hace un momento, con aplomo y traje de corte burgués, indicaba sus asientos a los espectadores, y del que nunca hubiera pensado que fuera capaz de saltar del lomo de un zaíno al galope y agarrarse a la rama más alta de un árbol para salvar al sheriff. Y su amiga -sí, ahora sé que se está tramando un romance-, esa pálida rubia de pelo rizado, sensibilidad femenina y coraje varonil… ¿no está sentada dos filas detrás de mí?”.

Dos años después, al protagonista de la novela El incongruente de Ramón Gómez de la Serna le pasaría algo parecido, al descubrirse héroe de la película que había entrado a ver en un cine, una cinta co-protagonizada, de hecho, por la anónima mujer que también tenía sentada en la butaca de al lado.

Y dos años después de ese elaborado juego de espejos sería el propio proyeccionista encarnado por Buster Keaton en El moderno Sherlock Holmes (1924) quien cruzaría al otro lado de la pantalla para sublimar su triste vida en alto romance y gran aventura como fantasma idealizado de sí mismo.

Tendrían que pasar muchos más años para que Edgar Morin encontrara la explicación racional a todo esto en su fundamental El cine o el hombre imaginario, el ensayo en el que, alumbrando la esencia del cine con la abrasadora luz de la antropología, el filósofo nos permitiría entender la coherencia subterránea que unía las iluminaciones poéticas de Roth, Gómez de la Serna y Keaton: es lo más lógico del mundo que se den, intuyan o perciban esas transfusiones constantes entre cine y vida, porque, de hecho, el dispositivo cinematográfico siempre había habitado en nosotros. O, dicho de otra manera, el cine es aquella máquina portentosa capaz de proyectar sobre la realidad nuestros más interiorizados mecanismos psicológicos, firmemente enraizados en la creencia mágica en la sombra y el doble. En cierto sentido, la invención del cine supone el punto culminante en esa desacralización de la magia que nos proporciona el doble placer de dejarnos engañar y, al mismo tiempo, ser plenamente conscientes del truco.

La escena que cierra Dolor y Gloria -no sólo una de las grandes películas del año, sino la llave secreta para entender en toda su complejidad, y con todas sus sutilezas, el cine de Pedro Almodóvar- podría ser la versión más reciente de lo que, en su día, supieron formular de manera más intuitiva que racionalizada Roth, Gómez de la Serna y Keaton: que el cine está imbricado en la vida, y viceversa. Que toda película -o, por lo menos, toda gran película- es un elaborado artificio que, en el fondo, dice la verdad. Y que esa verdad es profunda, porque nuestra subjetividad es tan inabarcable y está tan llena de posibilidades como una pantalla en blanco.

Un año más, ORPHANIK, la revista que tiene nombre de brujo tecnológico y levemente pre-cinematográfico, sigue celebrando esa continuidad entre lo vivido y lo proyectado a través de los artículos y las críticas de los alumnos del curso de Crítica de Cine de la Escuela de Escritores. En la temporada de Roma, Lazzaro feliz, Maya, La favorita, Clímax, Entre dos aguas, Petra, Capitana Marvel, Mandy, Suspiria, Lo que esconde Silver Lake, Nosotros e Infiltrados en el KKKlan los que hacemos esta revista anual nos sentimos más incapacitados que nunca para determinar dónde empieza el cine y dónde termina la vida. Y eso es una buena noticia (esperemos que, sobre todo, para nuestros lectores)