Magia sanadora, es el título del XVI libro anual de los alumnos de escritura creativa de Escuela de Escritores que se presentamos el pasado sábado 22 de junio. En esta edición hemos contado con la participación de 270 alumnos de España, México, Suiza, Colombia, Argentina, Uruguay, Alemania o Perú que han trabajado estos textos (300 relatos y poemas) a lo largo del Curso 18-19 en nuestras aulas presenciales y virtuales.

La presentación se celebró a las 18:00 h. en el Auditorio CentroCentro del Palacio de Cibeles de Madrid y contaremos con el dúo de improvisación teatral Mike Bravo como maestros de ceremonias; con la lectura del prólogo a cargo de la escritora y profesora de la Escuela, Inés Arias de Reyna; el monólogo de David Gallego; la intervención de Javier Sagarna, director de Escuela de Escritores y un cierre con la actuación musical de Christina Rosenvinge.

Tras la presentación, profesores y alumnos brindamos por este fin de curso en la sede de la Escuela en Madrid.

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Prólogo de Inés Arias de Reyna

Hace algunos años viví un calvario que me enseñó a ser mejor persona conmigo misma y con quienes me rodean. En aquel entonces apenas era una principiante en esto de enseñar escritura creativa. En cada clase aprendía de forma voraz cómo ser mejor profesora, cómo escuchar más atentamente para poder analizar bien los relatos que traían mis alumnas y alumnos a clase, cómo explicar las técnicas narrativas sin que se notase que en la práctica algunas de ellas se me daban fatal. Esa época fue dura, pero al mismo tiempo efervescente.
Recuerdo un día en concreto en el que no quería salir de casa. Necesitaba sentirme a salvo y el único sitio donde no tenía miedo —o eso pensaba— era escondida tras la cancela de mi chalet. Era mi reino y quienes lo habitan compartían una vida de silencio, calma y algún que otro juego inofensivo. Mis perros me protegían y mis gatos me acompañan sin molestar: ellos a lo suyo, yo a lo mío. En esta fortaleza no podía pasarme nada, por eso, aquel día todas las células de mi cuerpo me gritaban que me quedara allí. Pero no podía. Era viernes. Los viernes hay clase.
Durante el trayecto, lo único en lo que podía pensar era en que quería estar debajo del armario, enroscada junto a mi gatita, limpiándonos cada una nuestro pelaje. Pero estaba en el coche, de camino a un mundo en el que a veces me costaba vivir.
Eran los tiempos en los que la Escuela tenía una sede pequeñita, de apenas un par de aulas, en el barrio de Argüelles. Aparqué el Smart frente al Templo de Debot y, nada más pisar la acera, una bola de preso apareció detrás de mí. Según me acercaba al mundo real, ese en el que la gente habla, opina y no sabe que tú necesitas enroscarte debajo de un armario con la puerta de casa bien cerrada, la bola crecía. En Luisa Fernanda, a la altura del Viena, me llegaba ya a la cintura.
Andar así resultaba francamente difícil. Me arrastraba sin fuerzas y a cada zancada me iba animando: «Venga, que tú puedes. Llegas, das la clase y te marchas a tu rincón». Pero por mucho que me alentara a seguir, la bola se hacía cada vez más pesada y el deseo de dar media vuelta y correr era tan intenso que lo único que lo frenó fue que ya estaba en el portal número 11 de Ventura Rodríguez.
A los pies de la escalera, respiré hondo una, dos, cinco, siete, diez veces. Ya estaba frente a la puerta. Entré en la Escuela. Todos estaban en el aula. Otra tanda de exhalaciones. En momentos como aquel, la rutina se convierte en una lancha salvavidas: «Coge los temas, los papeles de tu bandeja y entra en el aula», pensaba, pero, a la vez, en el pecho, oía otra voz que decía que saliera corriendo, que el mundo podía vivir sin mí y yo sin él.
Fue entonces cuando me encontré con los ojos azules de Javi.
—¿Estás bien? —se preocupó.
—No —sollocé.
Me preguntó si podía dar la clase. Y ante la posibilidad de no impartirla, un rayo despertó a esa otra Inés que por aquella estaba agazapada. Podría haber contestado que no y Javi lo habría entendido y yo, por fin, habría podido regresar a mi fortaleza. Pero le contesté que quería quedarme, a pesar de la bola y los grilletes.
—Te sentará bien —dijo.
—Supongo —murmuré mientras la esfera de plomo me aplastaba.
En la clase estaban ya todos sentados, hablaban entre ellos, con esa jovialidad que delata las ganas por comenzar. Un último suspiro y cerré la puerta del aula tras de mí.
Ese día supe que la magia existe.
Me senté en mi sitio y, por un momento, me pregunté si lo notaban, si ellos podían ver los grilletes y la gigantesca bola de preso detrás de mí. Pero duró un segundo, porque la clase había empezado. Repartí los temas y pregunté quiénes habían traído textos para leer. Los ojos de los que contestaban que sí me llenaban de una música dulce, apaciguadora. Ya no tenían sentido los grilletes y la bola se esfumó, sin más.
Era más importante escuchar con atención el relato que leía una alumna con esos nervios que me hacen sonreír. Fue esa primera sonrisa la que me demostró que había otro sitio en el mundo en el que me sentía a salvo, pero en el que no quería esconderme, sino reír, ser rigurosa, flexible, fuerte, comprensiva, amable, minuciosa.
Un lugar donde la Inés de hoy pudo desperezarse y mostrarse por primera vez.
Las aulas de escritura creativa se llenan de magia cada vez que la puerta se cierra. Una magia que cura. Lo sé porque aquel día, cuando se terminó la clase, ya no quería volver a casa a lamerme las heridas y a esconderme del mundo. Lo que me apetecía era ir a cenar y luego beberme una caipiriña para celebrar la suerte de poder regresar allí cada viernes a compartir la magia de un mundo que merece la pena vivir.
Hoy, tantos años después, y con mucha menos carga que la que me limitaba entonces, me sigue ocurriendo algo parecido. Da igual lo que ronde por mi mente, da igual cómo me sienta: las preocupaciones, los miedos, el malestar desaparecen cada vez que entro en un aula, sea virtual o presencial; en el momento en el que se cierra la puerta, lo único que importa es el texto del que lee, compartir lo poco o mucho que sé y disfrutar de lo maravillosa y adictiva que es la escritura para los afortunados que la practicamos.

Inés Arias de Reyna
1 de marzo de 2019