Letra impresaes el título del XVIII libro anual de los alumnos de Escritura Creativa de Escuela de Escritores que presentaremos el martes 22 de junio. En esta edición hemos contado con la participación de 329 alumnos de España, México, Suiza, Colombia, Argentina, Uruguay, Alemania, Estados Unidos o Perú que han trabajado estos textos (otros tantos relatos y poemas, también una pieza teatral) a lo largo del Curso 20-21 en nuestras aulas presenciales y virtuales.

La presentación se celebrará a partir de las 19:00 h. (GMT+2) y la podréis seguir a través de la sala de Zoom que habilitaremos para los alumnos que habéis participado en el libro o a través de Facebook Live en la página de Facebook de Escuela de Escritores.

Un año más, Jaime Bartolomé, nuestro profesor de Guion, ejercerá de maestro de ceremonias. Contaremos con Alfonso Fernández Burgos, autor del prólogo de esta edición. También hemos invitado a Sara Jaramillo, alumna de la IX Promoción del Máster de Narrativa y autora de Cómo maté a mi padre Donde cantan las ballenas, las dos novelas con las que ha irrumpido en el mundo editorial con el aplauso de crítica y público. Sara será la madrina de Letra impresa y compartirá con nosotros cómo fue esa «primera vez», el vértigo del salto del sueño a la realidad de la letra impresa y los lectores.

Y como en ediciones anteriores, habrá intervenciones de miembros del equipo de Escuela de Escritores, de profesores y alumnos. También una actuación musical sorpresa al final del acto que no te puedes perder. Atentos a sus pantallas.

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Prólogo de Alfonso Fernández Burgos

Antes de que nadie le llame escritor, el escritor escribe casi a escondidas. Todavía no sabe si su escritura tendrá algún sentido, lo único que sabe es que quiere escribir. Incluso siente cierta timidez si alguien se le acerca y, entonces, disimula, coloca otros papeles sobre su escritorio, cambia de pantalla en el ordenador; pone por delante papeles que den a su actividad el semblante serio de lo importante: una declaración de impuestos, por ejemplo.
Antes de que nadie le llame escritor, el escritor se acuesta tarde, escribe solo, disimula. Cuando llega el silencio tiene la sensación de que su caligrafía o los textos que va dejando sobre la pantalla tienen algo de mágico. Sí, la escritura solitaria, casi clandestina, tiene algo de identidad, de huella dactilar, de arcano único y diferenciador. No llega a avergonzarse, pero se esconde. La escritura es un territorio vedado a los demás, el surco secreto de la voz en el momento íntimo de la soledad. Sí, es casi un juego del que escribe con lo escrito, una aventura amorosa que no está dispuesto a compartir, de momento, con nadie más.
Pero más allá, en el horizonte del sueño está la letra impresa, una suerte de paraíso, el destino de unos pocos elegidos. Hay una distancia sideral entre los folios escritos con una estilográfica o en la pantalla de un ordenador personal y el espacio casi inalcanzable en el que habitan las letras impresas. Convertir una cuartillas escritas a mano o mecanografiadas en letra impresa supone atravesar un río lleno de cocodrilos hambrientos en las praderas del Serengueti. Hay que tener paciencia, tesón y esperanza para que el texto adquiriera el valor de la verdad de los adultos. Y entonces el escritor ya no tendrá reparo en que le llamen escritor, y pueda mirarse al espejo y llamarse así mismo escritor.
No sé si a vosotros os ha pasado que cuando os ponéis a escribir no sabéis muy bien si estáis jugando. El borrador, el manuscrito —sea a pluma, máquina o en un procesador de textos— carece todavía del valor de lo definitivo, de lo intocable, de lo que señala y nomina. Todavía podemos seguir jugando con el texto, somos niños y nuestros personajes y nuestra lengua son nuestros juguetes. Pero son juguetes con un espíritu de trascendencia. Sí, digo bien, trascendencia, porque nadie escribe si previamente no ha sido seducido por el escrito de otros. Y esta seducción puede haber transformado nuestro destino. Destino-trascendencia. Por eso tenemos miedo y respeto cada vez que en la intimidad de nuestro espacio lúdico terminamos una frase, un poema, un párrafo, un relato. No estamos del todo seguros de si se trata de un castillo de arena al borde de la orilla o de una construcción de piedra berroqueña llamada a perdurar. De ser lo segundo, será una propuesta de seducción, una invitación a los otros a cambiar su destino. Hablamos de literatura, por lo tanto hechizar al otro que lee no será por medio de la argumentación —eso son cosas de adulto— sino que el embrujo se cimentará en la sonrisa leve, en la sugerencia. El seducido es capaz de cualquier aventura: incluso de dejar todo lo que tiene para incorporarse al camino de los contadores de historias.Pero para alcanzar ese nivel de trascendencia tiene que llegar la letra impresa, la mayoría de edad del texto, el libro que se coloca en las estanterías o se guarda entre los favoritos de nuestro e-reader. No es fácil convertir un juego en una trascendencia, hay que dominar los secretos de la espera, pulir la esgrima de la paciencia. A uno de mis escritores favoritos, Dino Buzatti, alguien le llamó el escritor de la espera. Tal vez por esa espera es por lo que me gusta. Yo también soy un apasionado de la espera. Giovanni Drogo, el protagonista de El desierto de los tártaros hizo de la espera un arte, el arte de esperar la muerte y, así, la muerte dejó de ser un punto y final para convertirse en un objeto de deseo.

Hay más libros que hablan de la espera. Del Siddhartha de Hesse lo único que recuerdo es de una frase del príncipe cuando le preguntan qué sabe hacer y él responde: “Sé esperar”. Antes de que nadie le llame escritor, el escritor tiene que fortalecer los músculos de la espera hasta que, por fin, un día pueda encontrarse con su nombre escrito en letra impresa.

Os contaré una historia. Yo también escribía de noche con esa sensación de vivir en un mundo clandestino. Tras la espera llegó un día en el que me pidieron un artículo, me lo aceptaron y me llamaron por teléfono para decirme que el artículo sería publicado. El día anunciado me levanté muy temprano y me dispuse a esperar a que abrieran los quioscos. Víctor, el quiosquero, ya colocaba los ejemplares de los periódicos y revistas en el mostrador y en las vitrinas de su caseta. Entonces me acerqué con mis las monedas y le pedí la revista. “Mucho has madrugado hoy”, me dijo. No me atreví a decirle que en aquella revista había un texto mío, un texto que estaría rematado con mi nombre y mis dos apellidos, en letra impresa. Cogí la revista y me fui a tomar un café en el bar que estaba junto al quiosco. Pasé las páginas con mucha lentitud, el cumplimiento de los sueños no puede estar construido sobre las prisa. En una de sus páginas vi mi artículo. Entonces cerré los ojos y olí el papel y la tinta, pasé las yemas de los dedos por la superficie. Olía también a café y tostadas y se escuchaban los gritos de los camareros. El tacto del papel era suave pero con unas sutiles rugosidades. Abrí los ojos. Cuando me miré las yemas de los dedos me di cuenta de que se habían manchado un poco de negro. Algo de frescura quedaba en aquella tinta tan temprana. Volví a mirar con detenimiento. Mi nombre, mis dos apellidos. Pero, ¡Dios!, en el primero había un error. El linotipista se había equivocado y me lo había cambiado por otro similar. El olor a tinta, a café, el aroma de gloria de futuro se disiparon en un momento y solo escuchaba los ruidos del día que empieza, la máquina de presión de la leche, las bocinas de los camiones, la cucharillas removiendo el café.

Desde aquel día pensé que la voluntad de un destino adverso había caído sobre mí y dejé de escribir, dejé de cultivar el arte de la espera. Me sentaba de noche, solo, frente a mis papeles en blanco y anotaba títulos, títulos que escribía imitando la letra impresa. Imaginaba las cubiertas de unos libros no escritos en los que claramente aparecían mi nombre y mis dos apellidos y esos títulos.

A veces me sentaba en un café con un cuaderno y seguía anotando títulos.  Títulos para novelas, para relatos, para ensayos. Los escribía y junto a ellos, imitando la letra de molde, ponía mi nombre. No me preocupaba de más. Pasé mucho tiempo así. En una ocasión llegó un joven a aquel café, no pusimos a hablar. Me dijo que era poeta. Le manifesté mi interés por la literatura e incluso sacó de su cartera un ejemplar de sus poemas y me lo regaló dedicado. Entonces me crecí. Yo también podría decir que era escritor. No sé por qué lo dije, pero lo dije. Él me preguntó si tenía algún libro publicado y le fui sincero, le dije que no pero que tenía varios títulos que en alguna ocasión desarrollaría: Propósito y excusa, Nihil obstat, Al final de la mirada, Metafísica de la tristeza… Sonrió, noté un brillo como de superioridad y desprecio en su mirada cuando me dijo: “Escritor, escritor, no eres, pero al menos eres un escritor de títulos”. Aquello me dolió, claro que me dolió.

Me fui para casa con el firme propósito de no volver a ser humillado. Al día siguiente me matriculé en un taller de escritura. Asistí a todas las clases, escribí como si hubiera sido poseído por un demonio grafómano. A final de curso se editó un libro. En ese libro aparecían mi nombre, mis apellidos, mi relato. Todo estaba escrito con letra impresa, sin errores ni omisiones. Un relato completo. Un relato con principio, desarrollo y final y su título, “Robo con intimidación” y la firma, mi nombre, mis dos apellidos.

Entonces tomé un ejemplar, lo abrí por las páginas en las que aparecía mi texto, cerré los ojos y me puse a olerlo. Olía a papel nuevo, a tinta. Cuando me sentí ahíto de tanta letra impresa me fui a casa, me senté y me puse a escribir y a escribir y a escribir… Tenía que llenar páginas de historias y de ideas para todos aquellos títulos no se quedaran huérfanos.

Imagino que entre aquellos títulos desnudos había uno llamado “Letra impresa”.

Alfonso Fernández Burgos
Junio de 2021