Entrada escrita por: Lorena Briedis
para DECOES-EUROPE, subvencionado por Erasmus +
desarrollo de competencias de escritura para adultos en una Europa global
desde: Gotemburgo, Suecia, del 4 al 15 de marzo

Crónica gotemburguesa

20 de marzo, 2018

Mikael

Comrade, where are you today?

Desde el avión, Gotemburgo es un espejo roto. Un espejo roto del que se hubiera derramado una sustancia espesa y metálica, a la vez, sobria y lunar como el mercurio. Es 4 de marzo y recién he aterrizado en el aeropuerto de Lanvetter. A la salida, me espera un señor alto y sueco —aunque por el aire antiguo y melancólico podría ser judío o griego— con un sombrero verde y una pluma de expedicionario. “Hi. I’m Mikael!” Mikael o Walter (a los pocos días, me cuentan que es como el Benjamin gotemburgués, uno de los críticos de arte y literatura más reconocidos de Suecia, editor de la sección cultural del Göteborgs-Posten y amante los gatos). Un Walter Benjamin, pero más “Wilde” —como Oscar—, más excéntrico, más dandy, quizá.

Oh, lord!

Ya en el coche, le doy las gracias por haberme ido a recoger al aeropuerto y por recibirme en su casa. “Most of people want to take and receive. But I am those few people that want to see and give”, me dice.

Así empezó nuestra conversación. Una conversación que duró los diez días de mi estancia en Gotemburgo y que apenas comienza.

Llegamos al barrio residencial de Kallebäck, donde todas las calles tienen nombres de pájaros y donde vive Mikael (otro de esos pájaros). Allí me recibieron en la entrada Sasha y Stella —un gato negro oriental y un red masked siamese— y una magnolia escarchada por las sucesivas nevadas de los últimos días con las ramas desnudas y suplicantes como implorando un poco de piedad nórdica: “Welcome to Villa Magnolia! You have to see how gorgeously this magnolia blossoms in spring!”. Eso me dice Mikael, solo que, en medio del invierno escandinavo, es imposible pensar que pueda existir la primavera. Es imposible pensar que haya una vida después de aquella nada.

Villa Magnolia es una especie de casa-museo, un santuario proustiano —diría—, sibarita y deliberadamente kitsch, a la vez, con aves de altanería disecadas —cuervos, águilas y halcones que te persiguen con la mirada inmóvil—, manzanas doradas del Valhalla, ángeles bizantinos y una lámpara en el centro de la sala intervenida con uvas y hojas de parra, de cuyos candiles cuelgan los zapatitos de infancia de todos sus ancestros.

Y fotografías. Fotografías de artistas suecas —casi todas—, fotografías de sus dos hijos —Markus, el menor, se parece a David Bowie, le digo—, fotografías de su madre cuando fue modelo en Nueva York, fotografías de él y de su esposa Liza ya fallecida, fotografías originales de amigos suecos que retrataron a Jimmi Hendrix, a Borges, a Bob Dylan.

Mikael me hace el recorrido por cada pieza y va contándome cada historia, una a una. Hasta que nos detenemos en las fotos de las bailarinas moldavas. Todas ellas hacen en conjunto la maniobra de un echapé: un “salto de escape” como también lo llaman. “I love this picture because it gives me hope. These girls on the picture are dancing and, then, are safe from trafficking and drugs and prostitution. In Swedish, we use the same word for ‘jump’ and ‘hope’. They are safe because of dancing. Because of art. That gives me a lot of hope.

Todo eso me dice.

Tal vez sea cierto que exista tal cosa como la “primavera sueca” y que la magnolia de Mikael, un día, de verdad, florezca.

Valand Academy

En realidad, estoy aquí en Suecia por Johan, un antiguo colega de la Universidad de Gotemburgo que conocí en Finlandia en 2013, en el IX simposio de la EACWP que celebramos en el Orivesi College of Arts. Entonces, Johan nos habló a todos del programa de creación literaria de la Valand Academy, nos habló de un modelo espartano de inmersión y discipulato de dos años, nos habló de la metodología maestra de la conversación de texto como un proceso de crisis, nos habló del silencio, de llantos, de solidaridad y de compañerismo implacable. Habló de cosas sagradas y secretas que, inmediatamente, me hicieron querer venir aquí y presenciar la intimidad de aquellas conversaciones prohibidas.

La Valand Academy es un pabellón de la Universidad de Gotemburgo que reúne en un mismo edificio varias disciplinas artísticas (Creación Literaria, Artes Plásticas, Fotografía y Cine). Me dicen que se fundó en 1875 en oposición a la Real Academia de Estocolmo. En la cafetería de profesores, me recibe Sofia Gräsberg, la coordinadora administrativa y logística del departamento de Creación Literaria y mi mejor amiga gotemburguesa de ahora en adelante. Allí, alrededor de una corona de canela —Vetekrans, un bizcocho típico sueco que habrá hecho llorar hasta el propio león de Gustavo Adfolfo II de Suecia, os lo aseguro— ella, Lotta y Fredik —profesores del departamento— me cuentan el origen de los talleres de escritura en Escandinavia y de la metodología de la conversación de texto: el fiordo corazonal de mi expedición nórdica.

Me cuentan que los talleres de escritura se remontan al modelo de la folkhöqskola: escuelas campesinas y obreras que proliferaron en Escandinavia en los años 70 con el auge de la social democracia y que se consolidaron como alternativa a la formación académica de las universidades. “People there went to learn practical crafts. That’s why even the creative writing workshops became a practical thing. A craft that was not born in universities but in the countryside.” Doce personas alrededor de un mismo texto. En ello consiste, fundamentalmente, la tradición pedagógica de la conversación de texto. “All the members of the group must participate and devote their knowledge to the group. This is the principle of the Scandinavian solidarity. It is a horizontal, democratic model.

El eros escandinavo de la solidaridad. El amor ágape. Retomaré esta idea, más adelante, pero nos la dejo ya apuntada.

Los doce alumnos del máster de creación literaria vienen de todas partes de Escandinavia —Suecia, Noruega y Dinamarca— y se encuentran siete veces al año durante dos semanas (es decir, catorce veces a lo largo de los dos años del programa). Durante esas dos semanas, cada día, discuten en cónclaves de dos horas y media un solo texto —es decir, el texto de un alumno distinto en cada sesión— que el resto de los compañeros ha tenido que leer previamente y comentar a fondo y en vivo en una intervención crítica de diez minutos. “In order to become a writer you have to train yourself as a reader, as a critic. No one writes better that she/he reads.” Sin embargo, aún desde la motivación de una lectura crítica, vuelve a restituirse el tejido de la solidaridad y la buena fe escandinava: leer siempre con el texto y no en contra del texto. “To read against the text means to look for its weaknesses and lackings. You have to look for what is sacred in it.

Buscar lo sagrado de cada texto y en cada texto: ese es el valor que siempre les he infundido a mis alumnos de lectura y escritura.

Y, ahora, más que nunca.

Hacia el oro del Valhalla.

La conversación de texto: el ágape

A los pocos días, Sofia me da la emocionante noticia de que los alumnos han aceptado que asista como oyente a uno de los cónclaves. Hanna Nordenhök, la profesora en residencia de ese período, me recibe en un español castizo que aprendió durante largas estancias en España y gracias a su padre que es que el traductor oficial de Cervantes al sueco. Una mujer con labios encarnados en un rojo rugiente y la felinidad desafiante de las modelos nórdicas de Helmut Newton que, de inmediato, me hace pensar en las mujeres suecas como leñadoras de rosales leñosos. La misma felinidad, asimismo, de Clarice Lispector y Djuna Barnes, a quienes no tardamos en invocar para declararnos, enseguida, en territorio aliado.

Lorena will be a fly on the wall, I promise, les dijo a los alumnos cuando nos sentamos alrededor de la mesa. Come on, Hanna, I can do better! Porque, ya invertebrada, habría preferido ser un escarabajo o una abeja —algo con un poco más de élitro, ¿no?—, incluso, una araña mirona más que una mosca, pero es cierto que para presenciar lo que ocurre en el centro aural de la conversación de texto conviene, quizá, mosquificarse.

La conversación de texto es un ágape. Un banquete. Tiene esa festividad, esa densidad en la libación y en la ingesta: ese sacrificio. Tiene ese gesto de inmolación, incluso. Sin duda, es un gesto excesivo. Eso que, en definitiva, es la literatura: exceso de amor. El amor ágape y el amor por el ágape. Por esto mismo, la conversación de texto tiene algo de un banquete en ruinas por su desmesura. Ese eros, cuyas sobras, quizá, solo una mosca desea.

La ceremonia, sin embargo, es espartana. Cada uno de los presentes, inicia la valoración crítica del texto en esa lengua fronteriza entre el sueco, el danés y el noruego, mientras el autor o la autora permanece en absoluto silencio. “Why does the author keep silent while listening to the comments? —pregunto—. To avoid excuses. You have to let the text be the text.” A veces tengo la sensación de que todos hablan del texto como si el autor o la autora no estuviera presente. El autor, efectivamente, se hace un poco invisible. Quizá, en el fondo, durante este tiempo, ha muerto. Y eso casi me emociona porque imagino que de ese mismo modo es que se hacen presentes y están entre nosotros Emily Dickinson o Dante o Rulfo.

How do you read, how do you discuss a text?

You have to put the text in crisis. The way of putting the text in crisis is asking so many questions to the text. Questioning it.  By reading the texts of their classmates, students get to strengthen, develop and understand more their own writing.”

Tras un par de experiencias, advierto que algunos de los autores de los textos se ruborizan (he de decir que solo he visto a los suecos ruborizarse en las conversaciones de texto y, sentados a la mesa, frente a la llama de las velas). En general, se los nota inquietos. No levantan la mirada del papel o de la pantalla del ordenador. Toman notas nerviosas. Me llama la atención la intimidad púdica que muestran estos escandinavos en el contexto de una conversación de texto y que contrasta, sin embargo, con la facilidad casi impúdica para descalzarse o para desnudarse en la sauna. “Swedish people might be cold in bed but not in a text conversation —me ha dicho alguien—. Then, they are holy-hell passionated!”

La experiencia ha sido como ver una película de Bergman, de principio a fin, en sueco. Desde luego, no he entendido casi ninguna palabra, pero he podido experimentar la atmósfera. Y eso lo es todo en estos países escandinavos: la atmósfera.

Unas mejillas ruborizadas por la llama de una vela.

Nuestra magnolia

Comrade, where are you today?

Lorena: I am going to my dentist appointment. Breakfast in the kitchen. Lots of snow today! Mikael.

Durante estos diez días, Mikael y yo hemos ido a la ópera, al Museo de Arte de Gotemburgo, hemos hecho la compra en el Focus, hemos ido por arenques frescos y salmón en la pescadería del vecindario, hemos preparado risotto y pasta con salchichas, hemos bebido vino y hemos escuchado música —casi todas voces de mujeres americanas que son las que más le gustan: The Be Good Tanyas, Gillian Welch, First Aid Kit, Jade Jackson (yo, desde luego, le presenté a Chavela Vargas)— y hasta hemos ido a comprar suvenires suecos el último día antes de mi vuelta a España.

Pero, sobre todo, hemos conversado. Y cada conversación ha sido una pieza exhaustiva y palpitante de orfebrería. Hemos hablado de Rilke y de Paul Celan y de Clarice Lispector, de mis distintos encuentros y entrevistas con los compañeros de la Valand Academy, de la teoría científica sobre el horizonte de sucesos. Hemos conversado del amor y de la muerte, de Simone Weil y Bill Viola, de los ciervos que bajan de la montaña y se comen las rosas y los tulipanes de su jardín: “As it were their salad bar!”. Hablamos de la Revolución Bolivariana de Venezuela y de las próximas elecciones suecas, del libro de ensayos sobre Joyce, Proust, Mann y Kafka que está escribiendo —The red spot—, de Ofelia y de la inteligencia líquida de los pulpos.

Estos diez días en Gotemburgo han sido, sobre todo, una larga y apasionada conversación. Sin duda, los suecos son de los mejores lectores e interlocutores del mundo porque saber leer, saber conversar es, ante todo, saber callar y saber oír. Hay una energía profunda en escuchar sin reaccionar. Hay una escuela de carácter en la escucha sin reacción, entre otras cosas, porque obliga a someternos a esa vulnerabilidad. Es un ejercicio de resistencia que genera un vacío y todo lo que genere en nosotros un vacío nos robustece y nos transparenta.

Sin duda, los suecos podrán ser fríos en la cama, pero nunca jamás en una conversación. Ese otro exceso que también es el amor.  Then, they are holy-hell passionated.

Así es…

Comrade, where are you today?

Es 14 de marzo y, ya en vísperas de mi partida, todo alrededor —el sol, el calor, el canto de los pájaros— parece indicar que es el primer día de primavera. Y algo más. Desde la cocina de Villa Magnolia, se escucha una melodía de hielo que alguien pedaleara desde muy lejos (como el bostezo glacial de un oso de mar). “That’s the horn of the ice-cream car! Glassbilen! An unforgettable, childish and triumphant sound! Spring is coming over, my comrade!”

Gracias, Mikael. Johan, Sofia, Lotta, Jenny, Friedik, Hanna, Johanne, Khash, Gunnar.

Gracias a todos nuestros colegas suecos de la Valand Academy y a esa ciudad a la que vuelvo, cada poco, con su noria de ángeles, su puerto de mar y sus baladas tristes de ruiseñores.

Gracias por esta larga y amorosa conversación que sigue creciéndose y susurrándose entre estas ramas.

Gracias por las flores de esta magnolia que, después de todo, han florecido y han quedado servidas para siempre en nuestro banquete.

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