Desarrollo de competencias para la enseñanza de la escritura en una Europa global

Escrito por Aixa de la Cruz e Iván Repila
Proyecto Escuela de Escritores 2018/2019
para ESEN-EUROPE, subvencionado por Erasmus +
desarrollo de competencias de escritura para adultos en una Europa global
 

9 de octubre, 2018

El 13 de septiembre de 2018, el racimo de células que era Noa –un racimo de células con un plan muy definido, eso sí: una niña que nacería 33 semanas después con un peso de 3 kilos y 280 gramos– tomó su primer vuelo. El destino era Bruselas. Sus padres iban a participar en la conferencia bienal que Escuela de Escritores organiza con la EACWP en el marco de Proyecto Erasmus Plus, un evento al que se habían apuntado mucho antes de verse enredados en aquella odisea de náuseas y terminología desconocida –por aquellos días repetían con asombro palabras como “calostro” o “puerperio”, que sonaban a filósofos griegos–, por lo que viajaban nerviosos. A Iván, que quería mantener en secreto la noticia del embarazo por motivos supersticiosos, le preocupaba el cóctel de bienvenida, donde seguro que servirían alcohol. Y es que en el momento en que su mujer rechazara una cerveza todos sabrían que pasaba algo raro, pues es bien conocida la querencia del gremio de escritores por cualquier aperitivo que se les ofrezca de forma gratuita, y más aún si el homenaje se sirve en botelllines. Aixa, por su parte, temblaba por su participación en el congreso, que tendría lugar a la hora de las náuseas matutinas. Le habían asegurado que el ambiente sería distendido, pero ni siquiera en los conciertos de punk de los 70 estaba bien visto vomitar al público. Iván, que tiene miedo a los aviones, siempre aterriza con los dedos cruzados y, en esta ocasión, Aixa le acompañó en el gesto. Noa, tanto en el aterrizaje como en el resto de la aventura belga, permaneció impasible, o, más bien, a lo suyo: reproduciéndose a una velocidad que, de mantenerse estable a lo largo de 9 meses, la llevaría a alcanzar las dimensiones del Sol. No fue el caso.

Tras un enrevesado periplo por el muy enrevesado metro de Bruselas –bilingüe en dos idiomas bilateralmente desconocidos para ambos– nuestros protagonistas llegaron a su destino en un hostel muy céntrico, a pocos minutos a pie de las instalaciones en las que se celebraría el congreso y aledaño a los principales reclamos turísticos de la ciudad: restaurantes orgullosos de sus patatas fritas y sus mejillones (una alquimia difícil de encajar para cualquier hijo del Cantábrico), gofrerías coloristas, las muy espectaculares galerías Saint-Hubert, que fotografiarían sin ningún éxito intentando captar los mosaicos de luz que proyectaban sus vidrieras y, lo más importante, el Manneken Pis y sus comercios de souvenires, todo un barrio consagrado a la veneración de un niño que mea. Que el símbolo de Bruselas fuera un entrañable acto vandálico los congració de inmediato con la ciudad y disipó muchas de sus dudas sobre si serían o no capaces de acomodarse a sus normas y expectativas culturales.

De aquella primera noche en la ceremonia de bienvenida recuerdan el talento para la stand-up-comedy de la presentadora que condujo el acto, la emoción de una slam-poet que performó para ellos, el clima de hospitalidad imperante y, cómo no, que a la hora del cóctel les ofrecieron bebidas alcohólicas. Aixa se puso tan nerviosa que se adelantó a los acontecimientos: ¡estoy embarazada!, proclamó ante el primer camarero que se acercó a ella con un vino, y así, de repente, aquella cosa secreta que no se creían del todo se hizo oficial y cierta. Los viajes siempre son una ocasión estupenda para poner a prueba cosas que en casa se antojan imposibles o arriesgadas, una suerte de campo de experimentos, y así fue que los compañeros de Escuela de Escritores y los otros colegas de la aventura belga fueron los primeros en saber que se proponían ser padres, adelantándose al anuncio que la pareja pretendía invocar unas semanas más tarde para familia, amigos íntimos, amigos menos íntimos y demás fanfarria humana a la que es obligatorio anunciar estas cosas.

Durante los días posteriores, allanados ya por esa especie de señuelo para las atenciones y las sonrisas que suponía la todavía microcelular Noa, Aixa e Iván alternaron la asistencia a diferentes charlas y presentaciones con los paseos por Bruselas y el compadreo habitual, entre cafés y risas, con muchos de los participantes del evento. Por suerte para ella pero sobre todo para los atentos compañeros que formaron parte del público, Aixa no vomitó durante su ponencia, que versaba sobre los errores más comunes que cometen los alumnos primerizos de escritura creativa y sobre cuáles son sus herramientas para corregirlas en un entorno online. A pesar de que su inglés hablado estaba un poco oxidado, se hizo entender por todos los presentes y, tras la intervención de Franco Ciaravalloti, que expuso las peculiaridades del sistema que emplean en los cursos virtuales del Ateneu Barcelonés, se abrió un debate muy interesante sobre las distintas metodologías que existen para este tipo de enseñanza a distancia. Ya sin los nervios del directo, nuestra pareja pudo disfrutar de las ponencias de otros compañeros, como la que impartió Javier Sagarna sobre el futuro inmediato y las nuevas áreas de trabajo (multidisciplinares, internacionales, renovadoras) que están implementando las escuelas de escritura gracias al tejido asociativo generado entre ellas por eventos como este; y la peculiar (cabrían otros adjetivos: extraña, fascinante, inaudita, misteriosa) ponencia interactiva de los compañeros finlandeses, que combinan las herramientas de creación y de escritura tradicionales con elementos vinculados al folclore, inventando actividades en grupo donde conviven en armonía, por decirlo de alguna manera, la magia y la narrativa, el texto y el chamán, la música y el juego.

Fueron muchos los recuerdos memorables con los que nuestra pareja+1 emprendió el viaje de regreso –el más llamativo de los cuales seguramente sea un Papá Pitufo en formato globo de helio de treinta metros tan solo eclipsado por la escultura de un perro monstruoso que encontraron en el museo Magritte–, pero, como no podía ser de otro modo, las anécdotas más interesantes del viaje fueron las que nunca sucedieron, las que imaginaron junto al resto de compañeros escritores, enfermos de literatura, tras las charlas y los talleres: peripecias bizarras sobre camareros de distintos negocios que salen en grupo, armados con destornilladores, para enfrentarse al ladrón que ha querido llevarse la caja de uno de ellos, o sobre bares clandestinos en los que se entra con una contraseña, o sobre libros traducidos al persa que alguien, posiblemente enamorado de alguien, encuentra en una librería de Irán, y los hace llegar a España gracias a una desconocida turista italiana… También las cosas que nunca sucedieron se recuerdan y son las que nos inspiran cuando estamos de vuelta en casa, felices de haber convivido con personas a las que les inspiran las mismas cosas, incluso cuando no se comparten con ellas las vocales y solo algunas consonantes. Porque esto de escribir y de enseñar nunca ha sido, y nunca podrá ser, una ciencia exacta, sino el resultado provisional de una suma (de nombres, de siglas, de ideas locas, de emociones, de talentos) que, como un cigoto que crece para convertirse en un animalito que gimotea y da patadas contra este texto, nunca deja de expandirse en todas direcciones.

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