Europa es Cultura: enseñar a escribir, aprender a enseñar


Escrito por Mariana Torres
Proyecto Escuela de Escritores 2019/2021
para EuropaESCultura, subvencionado por Erasmus +
enseñar a escribir, aprender a enseñar

Crónicas desde la isla

1 de octubre, 2019

Día 4

Sí, hemos tardado cuatro días enteros en hacernos a la idea de que estamos aquí. En Curazao. Con Frank y Monique. Con Joeri y Nifa. Dos y dos, cuatro. Con un grupo de alumnos que se ha inscrito en dos cursos, con cuatro profesores. Cuatro somos en la casa: Javier, Monique, Frank y yo. Y cuatro son los idiomas que, en esta isla, habla todo el mundo: papiamento, inglés, neerlandés y español. Nada menos, y nada más precioso. Así que tiene todo el sentido del mundo empezar esta crónica justo el día 4.

Ahora mismo estoy en la casa, en la que convivimos, son las 20.14 hora local y es noche cerrada. En esta zona del mundo la noche cae de golpe, en unos minutos todo es negro y empiezan a cantar las ranas. Todo canta: el viento, las ramas de los árboles, los grillos nocturnos, el perro del vecino. Hace unas horas, en la playa, he pasado un tiempo incontable persiguiendo a un cangrejo amarillo. Avanzaba, yo iba detrás, se escondía, me frenaba. Hasta que se ha puesto a trabajar en un hoyo para esconderse del sol, de mí, y entraba y salía sacando arena con la pinza derecha. Y unas horas antes, trabajábamos, al amanecer, con los portátiles en la mesa de la cocina, con las vistas que se ven en las fotos. Y un día antes daba mi primera clase, he llenado una pizarra de la Universidad de Curazao con todas mis explicaciones y dibujos sobre los personajes y las emociones. Y dos días antes comíamos en casa de Joeri y Yara nos hacía la maravillosa foto de grupo que podéis ver en esta entrada, y hablábamos de los proyectos de Wintertuin Curaçao, de las historias que salieron en el proyecto tan precioso que tienen con ancianos (Kurá di Kuenta), de los mestizajes, de que los coches aquí, en Curazao, se conservan tan viejos como reliquias en los jardines de las casas. Y de cómo la letra de cumpleaños feliz, en papiamento, se centra en la tarta.

Sin tarta no hay cumpleaños. Sin dar el primer paso, no hay segundo ni tercero. Sin Frank Tazelaar y Javier Sagarna juntos, no arrancan proyectos como este, tan maravillosos que no parecen reales. Pero lo son, y más que lo serán ahora que nos hemos despertado, al cuarto día, y por fin hemos amanecido, esta vez sí, en Curazao.

Día 5

En la isla de Curazao hay dos playas llamadas «kenepa». La grande y la pequeña. Ayer estuvimos en la pequeña, que llaman «Kenepa Chiki». En neerlandés estas playas se llaman «knip». Así que tenemos «Kenepa Grandi» y «Kenepa Chiki», y tenemos también «Grote Knip» y «Kleine Knip». Aunque para mí la playa pequeña será siempre la playa de los cangrejos amarillos. Cangrejo, en papiamento, se dice «kangreu». Y amarillo se dice «hel», así que sería algo así como «kangreu hel». Pero no todo es tan sencillo, este cangrejo amarillo tiene un nombre muy especial: cangrejo fantasma del Atlántico. ¿No es perfecto? Se llaman así porque pasan la noche construyendo madrigueras, y parte del día también. Son veloces y tímidos, pero una vez que empiezan a construir su hoyo, no paran hasta esconderse del todo.

Antes de la clase de hoy (porque las clases son de 6 de la tarde a 9 de la noche, para cerrar el día con un broche de oro), comimos en uno de los restaurantes con más amor de la isla: el Jaanchis. Y no digo lo del amor porque lo diga su dueño, que también, porque se sienta en tu mesa y te recita la carta en tres idiomas, y hace dibujos de los peces sobre la mantel, o porque se parezca tantísimo a García Márquez que podría ser su primo hermano. Es el restaurante que tiene más amor porque en la entrada hay un túnel de pájaros. Si paseas por el jardín puedes verlos y, sobre todo, escucharlos revolotear para comer azúcar de los comederos. Me he enamorado de ellos. Son diminutos y de colores brillantes: negro y amarillo, como si llevaran corbata. En papiamento de llaman «barika hel». Que quiere decir, literalmente: barriga amarilla. En neerlandés, este pájaro, es conocido como «suikerdiefje», es decir, ladrón de azúcar. Y, en español, es «reinita mielera». Lo cual demuestra y ejemplifica con un solo pájaro lo que ocurre en esta isla, cuando se combinan cuatro lenguas: el sentido crece y se multiplica. El sentido suma, no resta. El pájaro del que me enamoré es un barriga amarilla ladrón de azúcar reinita mielera.

¿No es maravilloso?

Día 6

Un chica de Curazao que fabrica títeres. Y que escribe historias para ellos. Un hombre que investiga sobre el cine de Curazao. Y quiere escribir sobre ello. Una chica, española, que viaja muchísimo, que quiere cambiar de vida y establecerse en el Caribe. Y escribe historias desde niña. Una mujer que conserva memorias de los tres años de edad. Y quiere escribir sobre ellas. Un escritor con una novela de éxito en Curazao, que quiere escribir aún mejor. Un chico, originario de Irán, que se mueve en silla de ruedas (y bicicleta), y se llama a sí mismo «the disabled enabled». Y quiere escribir su historia. Una chica que quiere escribir sobre sus ancestros, sobre la historia de su familia que viene de China, Portugal, España, Surinam, Holanda e Indonesia (sí, de todos estos países). Una chica boliviana, de origen holandés y nacida en Indonesia, o viceversa. Que quiere escribir. Un hombre de la isla vecina, Bonaire, que quiere escribir cuentos breves para explicar la situación política de su país. Los pioneros del primer curso de Escritura Creativa que impartimos aquí, en Curazao.

Y, cada uno de ellos, un mundo entero de multiplicidad y mestizaje.

Hoy hemos disfrutado de una clase magistral sobre literatura caribeña, impartida por Elisabeth Echteld, profesora titular de la UOC, especialista en español. Hemos sido instruidos sobre las afirmaciones absurdas sobre isla de Bonaire que hicieron, en 1504, Amerigo Vespucci y sus amigos: en algún momento de la historia un iluminado llamó a este conjunto de islas maravillosas «las islas inútiles» porque no tenían oro. O al menos el oro que ellos buscaban entonces. Y, hemos disfrutado también, de la compañía de la escritora Diana Lebacs, originaria de Curazao, que ha ido reafirmando a los alumnos casi todo lo que hemos dicho estos primeros cinco días de curso: la importancia del tema, la importancia de la mirada, la importancia del conflicto, la importancia del deseo.

Y, en cada día que vivo aquí, en la isla –la isla de la curación, en alguna de las variantes más bellas de su nombre– más me enamoro, y más compruebo que hay muchísimo oro, por todas partes, que los que buscaron entonces, como en tantos otros sitios, no supieron verlo. Y dan ganas de escribirlo, trocito de puzle a trocito de puzle.

Día 7

Ya hemos llegado al ecuador del curso en Curazao. El tiempo, como todo aquí, es relativo, y al igual que comencé estas crónicas el cuarto día, la jornada séptima pertenece al sábado noche, pero merece una entrada única y exclusiva, porque fue el momento más especial de todos los que hemos vivido: el paseo a la luna llena en las tierras y el mar de Papá Johnny.

Alrededor de las cinco de la tarde empezamos a llegar alumnos y profesores al territorio de Papá Johnny. Frank y Joeri llevaban hablándonos de Papá Johnny desde el inicio de esta aventura, porque su casa, su terreno, sus perros y su conocimiento de los alrededores son algo único. Emprendimos la excursión al atardecer, cuando el sol acababa de esconderse y se veían los colores sobre los cactus y las piedras blancas (y huesos, huesos de burro) que Papá Johnny utiliza para indicar a los turistas el camino correcto. La luna no estaba del todo llena, pero brillaba como si lo estuviera. Johnny nos dio bastones —fabricados por él, como todo lo que contiene la casa y la vida de Johnny—, para caminar más fácilmente, y le seguimos, en fila india, por el camino que conduce al mar. La noche fue cayendo poco a poco, yo diría que más despacio que otro días —porque, como digo, aquí el tiempo es relativo—. Cuando llegamos al destino —la orilla rocosa del mar, y un jacuzzi natural que se crea cuando se chocan las olas en la entrada de piedras, cuando la marea está justo en su punto exacto— teníamos algo de luminosidad del atardecer. Desapareció en segundos y quedó solo la luna. Los más valientes —incluida una niña de dos años y medio— se bañaron en el jacuzzi, en un bautismo obligatorio en estas tierras. Yo solo metí los pies, lo reconozco, pero me bastó, desde el suelo se veían Las Tres Marías —el llamado cinturón de Orión— y se escuchaban las risas de los valientes cuando venía una ola a cubrirles.

El camino de vuelta lo hicimos ya de noche, con la luna a nuestra espalda y en silencio, las piedras blancas colocadas por Papá Johnny guiándonos. Cuando llegamos Johnny ya tenía encendida la barbacoa y preparado el guiso de alubias. Bebimos, comimos, leímos poesía y disfrutamos de la noche. De sábado. De luna llena. De risas. De cuatro idiomas cacharreando al mismo tiempo.

Día 8

El domingo fue día de playa, al más puro estilo de la isla: desde primera hora hasta la puesta de sol. La playa elegida por Joeri fue Cas Abao, una playa de aguas turquesas con mucha sombra y mesas grande de madera, donde las familias pasan el día. Una jornada de descanso. Pero no nos quedamos parados, aprovechamos la ocasión y el entorno para grabar entrevistas a los alumnos sobre su experiencia en este curso (Laura la grabó en papiamento, Ana la grabó en inglés y español) y a los profesores sobre los planes de los próximos cursos: convocaremos en agosto de este año, y enero del próximo. En breve dispondremos de los vídeos en la web pero, de momento, podemos compartir las fotografías de la playa y el entorno. ¿Qué tal se ve esta actividad complementaria al curso?

La playa de Cas Abao tiene horario, y cierra a las 6 de la tarde. Desgraciadamente para el vigilante de la playa el atardecer es a las 6.30, y es muy complicado desalojar de la playa a los que queríamos ver la puesta de sol y no queríamos irnos mientras el sol no cayera sobre el mar. Y, como cerraban, cenamos en Kokomo Beach, la playa más cercana a la universidad, en una terraza de madera al borde del mar, agotados de sol, de arena y de domingo. Nos debemos estar engarzando con el trópico porque antes de medianoche estábamos todos dormidos. No vimos la luna roja, y no hay otra ocasión hasta 2079. Pero soñamos con fiestas, elefantes y vestidos de seda.

Día 9

Ayer fui alumna observadora invitada de la clase de Frank Tazelaar para el grupo en inglés-neerlandés. Y fue una experiencia curiosa porque es un grupo multilingüe, cambian sin ningún problema entre inglés y neerlandés, tanto el profesor como los alumnos. Estaban tan concentrados en las tareas y comentarios que a veces no se daban cuenta de que hablaban neerlandés, y tenía que basar mis notas en gestos, palabras sueltas que me eran familiares, movimientos de las manos… Aun así, salvo los detalles muy concretos sobre los proyectos que tienen entre manos, me enteré bastante bien de todo. En el grupo de Frank hay 15 alumnos y, a lo largo de estas casi dos semanas, les ha puesto un objetivo muy claro: tener un proyecto en el que trabajar en los próximos meses. Y las dos semanas han estado enfocadas a buscar el proyecto, ponerle andamios y esbozar el posible contenido.

La clase de ayer fue sencilla para mí porque Frank empezó con uno de mis ejercicios, que a su vez aprendí de Ángel Zapata (el de las preguntas y respuestas surrealistas, que creo que todos mis alumnos conocen ya), pero con una variación, una vuelta de tuerca más a la que yo había hecho. Esa vuelta de tuerca fue justamente para enfocarlo en los proyectos, simplemente buscar un objeto importante en la trayectoria de sus personajes protagonistas y mirarlo desde otro punto de vista. Además de enfocar muy bien las respuestas: qué es, para qué sirve, qué me gusta. Y, a continuación, en base a un poema de Arjen Duinker titulado «La piedra florece», jugamos e hicimos variaciones sobre el mismo, cada uno en su idioma, cada uno con su objeto y el verbo que más podía llamar el objeto. Y, sin saber prácticamente nada de sus proyectos hasta ese momento, en mi cabeza se fueron creando esbozos muy claros gracias a estas variaciones de poemas, y aún tengo dando vueltas ese piano que bailaba o esa lata, que levitaba en el aire.

Me quedé con las ganas de regalarle a Frank un libro del gran Felisberto Hernández y su acercamiento poético a ciertos objetos, sirva esta entrada como auto-recordatorio. Y completar así un poco más su maravillosa lista de lecturas de cuento que ya está regada de latinoamericanos, desde García Márquez, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Horacio Quiroga, que son clásicos, pero que incluye hasta cuentos de Liliana Colanzi. Todos compartidos con este grupo tan particular, tan multicultural y tan multilingüe.

Días 10 y 11

Como en esta isla el tiempo es relativo voy a juntar en solo una entrada lo ocurrido en dos días, los de cierre de curso, días llenos de presente. Impartí mi última clase el miércoles con el grupo de español. Y, como me encanta probar cosas nuevas, no pude evitar incorporar la variación de mi ejercicio que había visto el día anterior a Frank… con una vuelta de tuerca más: además de preguntarle al objeto qué es, para qué sirve y porqué le gusta al personaje incorporamos, como no, las sensaciones y las emociones: qué siente el personaje cuando lo toca, cuando lo huele, cuando lo ve. Probadlo: salen cosas.

Atravesamos la teoría y cerramos con un ejercicio que siempre funciona, en parejas, y además hace reír: afortunadamente teníamos tiempo, desafortunadamente no tanto como para cerrar bien las historias. ¿Os suena? Y sentí que me faltaban horas, porque eso siempre pasa en los cursos intensivos, los alumnos mejoran tan rápido que si los ves de una semana a la siguiente casi no los reconoces. Eso lo vimos en la lectura de cierre del día siguiente. Leyeron por turnos, los cinco alumnos, cuentos breves, mezclando, como no, papiamento y español. Javier se frotaba las manos después de cada cuento, dirigiendo las entradas de sus alumnos como un maestro de orquesta. Y aunque el papiamento no lo entendí, el español sí, y noté un abismo de crecimiento en todos los alumnos, en Ana, en Katiuska, en Ellen, en Rudy y en Rudolf. Nueve días de curso y un gran salto hacia delante. No me quito aún de la cabeza la niña que corre a comer a escondidas leche condensada en la cocina del relato de Ana, el gatito muerto del frasco de vidrio del relato de Rudolf y el yogur, ya caducado, del cierre de relato de Katiuska.

Y después fuimos, como no, a cenar juntos, algo complicado (por las horas de cocina) en esta isla. Pero lo logramos y además en un lugar muy especial, el Blues Bar del Avila Beach Hotel, que tiene el mejor escenario de conciertos que he visto nunca: en el techo. Y, con extrañas bebidas mezcladas, como no, con Blue Curaçao, brindamos por vernos en el siguiente curso.

Día 12

De niña desee «ser» varias cosas, entre las más fuertes: detective, bióloga marina y guarda forestal. También desee jugar toda la vida, no aburrirme nunca, viajar mucho, hablar todos los idiomas del mundo y que no me faltaran los libros. Haciendo un repaso de las crónicas de Curaçao, de este segundo curso que impartimos en la isla, siguiendo una idea-sueño que tuvieron Frank Tazelaar y Joeri hace unos meses y del que Javier y yo hemos tenido la suerte de formar parte; he concluido que muchos de esos deseos se han ido cumpliendo cada día, y en especial se han hecho realidad en esta isla viva, donde no teníamos televisión en la cocina, sino un gran bosque que escuchar, mirar y respirar justo enfrente.

Desde mi yo-niña-bióloga, la que quería hablar todos los idiomas del mundo, hago recuento: lagartos de cola azul o «blou blou» en papiamento, cinco o seis (al día). Flamencos, una treintena. Pelícanos, cuatro. Cirujanos azules, unos veinte. Perros abandonados en la carretera, una decena. Perros adoptados, una veintena. Murciélagos o «raton de anochi» en papiamento, tres (cada noche), por segundos en el techo de nuestra cocina abierta al mundo. Turpiales: vistos, una decena; escuchados, el doble. Reinitas mieleras o «barika hel» en papiamento, incontables. Cacatuas y papagayos, siempre en pareja, cuatro (al día). Peces cofre, doce. Peces trompeta, tres. Peces loro, quince por lo menos. Cangrejos fantasmas del Atlántico, dos. Cerdos en la playa, uno. Vacas, en la carretera, varias. Águilas, diez. Iguanas, doce (o siempre la misma, cada día, en el mismo árbol). Colibrí, uno. Libélulas, catorce. Y, lo mejor: tortugas marinas, dos, el último día de playa (en las aguas de Daaibooi), descubiertas gracias a mis dotes de detective, tan trabajadas en la infancia.

La escritura estaba allí también, en la infancia, siempre lo estuvo, así que simplemente continué haciéndolo. Lo que nunca pensé es que daría clases de escritura, porque cuando era niña no sabía que la escritura era algo que se pudiera enseñar. Estaba estudiando biología cuando encontré los talleres de escritura, y dejé poco a poco la carrera para profesionalizarme en los talleres. Lo hice todo muy a ciegas, confiando en que esos profesores y amigos, que me sacaban quince años, sabían lo que hacían. Y, poco a poco, me convertí en una buena alumna, y después en una buena profesora. Lo que no sabía es que todo esto me daría pie a viajar y conocer tanto, solo con la EACWP (European Association of Creative Writing Programmes) hemos visitado (y escrito, y enseñado a escribir) en más de una decena de países. En la EACWP hemos coincidido con gente maravillosa, con la que hemos emprendido infinidad de locuras en torno a la escritura. Recuerdo especialmente cuando conocimos a Monique y a Frank en 2015, como llegaron a las reuniones de la asociación con sus bicicletas. Y ahora, con ese dominó que es la vida y los proyectos en los que nos embarcamos juntos, hemos llegado al Caribe, sí, pero a uno de los únicos lugares del mundo donde todo el mundo habla español, habla neerlandés y habla inglés. Y papiamento, por supuesto.

Así que, haciendo balance, en este cierre de crónica e inicio de un proyecto muy bonito que es y será Creative Writing Curaçao, puedo decir que mis deseos infantiles están más que cubiertos: tengo lo mejor de todos los mundos, del de los detectives, del de los biólogos marinos y del de los guardas forestales; viajo mucho, no me aburro nunca, tengo todos los libros que quiero para leer (y muchos más) y, aún no hablo todos, pero cada vez escucho más idiomas del mundo.

Y, mientras, sigo escribiendo.

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