Europa es Cultura: enseñar a escribir, aprender a enseñar


Escrito por Bárbara Gil
Proyecto Escuela de Escritores 2019/2021
para EuropaESCultura, subvencionado por Erasmus +
enseñar a escribir, aprender a enseñar

El fenómeno «Antonia»

30 de julio, 2019

Llevo un rato corrigiendo ejercicios: María se sintió ofuscada. Lo tacho y, en el margen, escribo: No lo digas, muéstralo. Cuando Jon apareció en el porche, a Marta le hubiera gustado levantarse y decirle que le había echado de menos. No lo expliques, queremos verlo. Tenía tanto miedo que se le pusieron los pelos como escarpias. Huye de los tópicos, por cierto, ¿sabes qué son las escarpias? Y así, dale y duro: como un robot. El whatssApp me saca de mi automatismo: es Mariana. Querida, te han dado la beca para el curso de formación de profesores. Ummm, está claro que esto es una señal.

Yo vivo en Mallorca así que me planto en Bruselas con una vestido corto y rojo, y, cuando me preguntan si no tengo frío, les respondo tiritando que no, que yo soy vasca. En el autobús, enseguida conecto con Hada y no paramos de hablar. Es una chica que ha hecho el máster de narrativa en la escuela y me recuerda a mí hace diez años, tanto que me asusta: quiere publicar su novela que es de género surrealista y quiere ser profe de escritura. ¿No será mi Yo del pasado en verdad? Le hablo del libro de Ignacio Ferrando que me estoy leyendo, de la Teoría Referencial, de Robert Levy, de doppelgängers, de los campos semánticos de la Oscuridad y de la Luz y del Sursum corda, y, sin venir a cuento, de que tengo un sentimiento raro que no sé explicar en el estómago. Para mis adentros, me pregunto si esta tía no me habrá vacilado con lo del nombre porque, como por arte de magia, hemos llegado a un castillo: Alden Biesen.

Es una mole con mucha historia, ladrillos montados como una cultura encima de otra, y resulta que es aquí donde vamos a estar encerrados una semana. Como si hubieran querido trasladarnos no solo en el espacio sino también en el tiempo, al s. XVI, hay una feria de ganado medieval en las inmediaciones así que vamos esquivando postas de vaca con la maleta y olisqueando mermeladas y los quesos de cabra. A mi vestido rojo le salen un mandil y mangas de boca ancha como trompetas con las que me tropiezo porque no estoy acostumbrada a tanta puñeta. Llegamos, jardines estilo francés, un bosque con el templo de Minerva, somos 25, descargamos, qué gente tan interesante, cenamos, ¿cuándo dices que se quemó este castillo? Suelos de parqué, paredes de pergamino con piel de ciervo rojo, damos un paseo por las galerías con soportales, ¿Y el gobierno lo usa como centro cultural? Eso, en España… ¿celebran óperas!, nos acomodamos en las dependencias de invitados, Mañana, el desayuno a las ocho; a las nueve, clase con Martino Gozzi. Aja, ok, ¿en este castillo ha fantasmas?, Good night.

La primera mañana, antes de acceder a la torre principal donde tienen lugar las clases, me quedo mirando un colibrí que revolotea encima de un nenúfar en el foso que la rodea. Un picor bello y molesto en el estómago. O la digestión se me ha ralentizado en mi esfuerzo por detener con mis superpoderes el movimiento de ese bicho que no para de moverse para ver sus alas irisadas, inspiradoras como una primavera floreciente. Entonces llega Hada y me suelta:

—¡Antonia —(yo me llamo Bárbara)—, vamos, que llegamos tarde!

La sigo por el puente que no es levadizo sino de piedra porque éste es un castillo de la orden teutónica y entramos en una sala. Nos sentamos. El fantasma del comandante Alden me guiña un ojo desde un cuadro en la pared.

—Oye, Antonia —le susurro a Hada que me ha explicado por el camino que en su pueblo todos se llaman Antonios y Antonias y yo ciertas cosas no las cuestiono—, sigo sintiendo algo raro que no sé definir.

—¿Sabías que aquí se reunía el tribunal de honor de la orden teutónica? —me dice.

Mientras tanto, Martino Gozzi habla de la importancia de que los estudiantes recuperen la emoción de aprender. Pregunta qué es la No ficción (y yo pienso, ¿será esto?), y después de explicarnos el importante papel que juegan las emociones en la definición del término, nos pone a hacer escritura automática. Justo lo que necesito para desautomatizarme de mi trabajo.

—Había un colibrí precioso en el foso —le digo a Neil, guionista y profesor de la escuela de cine de Praga con cara de pillo y una envidiable vida de película.

—En Bélgica no hay colibrís —Y me pega un codazo para que escriba.

¿Ah, no? Escribo: Mermelada, Lo que se revela ante nuestros ojos, fluir, entender, nombres, si no hay revelación no hay aprendizaje, Ludwig Börne, ¿quién es este hombre?, brrrr, aleteo feroz, el del cuadro nos observa, la emoción de ver algo por primera vez, entender; nombrar; aceptar, Y Martino nos saca una foto. ¡Eso se lo hago yo a mis alumnos! Sonrío. Qué placer ser alumno, no lo recordaba. Empiezo a echar de menos a los míos. Soy muy afortunada y lo había olvidado; la emoción de aprender.

A la mañana siguiente no espero ver el colibrí porque ya sé que no hay colibríes en Bélgica, pero igualmente miro hacia los nenúfares del foso. ¡Y ahí está! Solo que, efectivamente, no es un colibrí. El estómago ahora me duele mucho, ¿y si no soy tan buena profesora? Un cosquilleo grimoso, ardiente, desafiando mis músculos. Esa cosa que flota encima del nenúfar no es un pájaro, (no, Supermán tampoco). Aprieto los párpados en un esfuerzo por focalizar la mirada. De repente se producen copias infinitas y en cada una de ellas vibra el espíritu esencial de la forma. ¡Es el Aleph! Joder, qué fuerte.

Veo a Hada y salgo corriendo detrás de ella. Hoy, en clase, Jenny Tunedal pregunta: ¿Por qué enseñamos?

—El colibrí del que te hablé ayer no es un colibrí, sino el Aleph —le susurro a Kari, un periodista freelance encantador que da clases en Mascate, una aldea de Oman en la que no hay librerías, ni derechos sociales como los nuestros, y que me ha hecho pensar mucho sobre la belleza de explorar los límites de la creatividad.

Jenny: Why do we teach?

Hacemos una lectura grupal y hablamos de la necesidad de construir un espacio seguro, de que los alumnos se sientan en confianza, habla del togetherness, un término que me enamora porque está sucediendo ahora, aquí, entre nosotros. Intento dibujar lo que he visto en el foso pero al final hago un gurruño con el papel porque es lo que siento que tengo dentro de mi estómago.

A la mañana siguiente, voy directa hacia el Aleph en cuanto termina el desayuno. No se ha movido del sitio, aletea sobre sí mismo. Why do I teach? Aparece Lorena, la coordinadora del curso, Tienes que escribir una crónica. Mierda. Ese objeto inquietante aletea ferozmente, tiene algo de maléfico. ¿Pensarán eso de mis alumnos cuando les pido que escriban un relato por semana? Hoy la clase es con Daniel Billiet. Con su sencillez y empatía nos hace disfrutar a todos como niños pequeños usando juegos de creatividad. Hemos dejado de pensar, somos nuestras emociones. Jesús, el director de la Escuela de escritores de Burgos, habla con pasión de sus alumnos. Y yo pienso: A veces, te acostumbras tanto a algo que parece ordinario y nos olvidamos de que es extraordinario. Ahora echo más y más de menos a mis alumnos. Cada uno de ellos es un colibrí que aletea feroz delante de mis narices, que se me revela, un Aleph que se multiplica una otra vez. ¿De qué tienes miedo, Bárbara? ¿Se darán ellos cuenta de que me repito, de que digo las mismas cosas?  Automatizar es una palabra horrible, suena a algo más propio de un robot que de un ser humano, y, sin embargo, lo hacemos continuamente: en el momento en que aprendemos algo, dejamos de pensar en ello y… a otra cosa.

El fantasma del castillo se me ha aparecido esta noche en sueños para decirme que eso no es el Aleph. Último día. En la maleta, un montón de técnicas nuevas que estoy deseando usar en mis clases y los relatos de vida de mis compañeros bien plegados y alisados. Me siento desautomatizada, quiero transmitirles la emoción de aprender a mis alumnos. Antes de ir a los autobuses, corro hasta el foso y me quedo mirando eso. No podéis decir que un personaje tiene miedo si no nos habéis hecho sentirlo primero, les digo siempre, así funcionan las emociones: primero experimentamos ese algo, no sabemos lo que es, es una sensación física que, hasta que no le ponemos nombre, no nos deja tranquilos.

Tengo que despedirme de eso:

—¡Hasta luego, Antonia!

Y Hada, que justo pasa por aquí y me ve sola, me grita:

—¿Con quién hablas? Tía, vamos que perdemos el bus.

Y cuando me giro para enseñarle el colibrí, mi Aleph, eso, Antonia, ha desaparecido.

 

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