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Escrito por: MARÍA VILLARAVIZ
Las conversaciones constituyen un espacio de exploración y de aprendizaje, es un lugar en el que nos permitimos ahondar en nuestras propias creencias para validarlas o desterrarlas. El espacio conversacional es donde podemos conectar con nuestras emociones y con las de los demás, no existe la empatía si no conversamos. Y hablo de la empatía como la cualidad humana para entender y respetar al otro en su profundidad, entender y respetar lo que piensa, siente y cree. Si hay algo que me gustaría que dejáramos de pensar es que la empatía es ponerse en el lugar del otro, esta afirmación es tan simplista que la empatía se convierte en mera simpatía. La empatía es mucho más compleja, sobre todo cuando estamos hablando de entender y respetar las emociones, creencias o necesidades de alguien con quien no estoy de acuerdo, ahí es donde el ejercicio de la empatía se hace realmente complejo y profundamente necesario.
Para empezar, tendremos que hacer el ejercicio de «entender» y para entender a la otra persona tengo que hacer dos cosas principalmente; en primer lugar, escuchar. La escucha en una conversación debe ser honesta, sin juzgar a quien habla, una escucha que tiene como protagonista al otro y no a mí mismo. Para escuchar tengo que prestar atención, es imposible escuchar sin querer, la escucha es un acto intencional donde focalizo mis sentidos a captar el mensaje que la otra persona me está trasladando, y digo sentidos porque la escucha se hace con todos los sentidos, la información se escucha, se ve, se toca, se huele, se saborea. Y si aun escuchando atentamente no entiendo, pues entonces tendré que preguntar y aquí viene la segunda herramienta para potenciar la empatía, uno de los recursos más poderosos que tenemos en la comunicación: la pregunta.
Todos hacemos preguntas en una conversación, pero no todas las preguntas son preguntas que nos ayudan a empatizar o a cuestionarnos de manera profunda, las preguntas poderosas son las que ayudan a la otra persona o, incluso a mí misma, a reflexionar y a buscar conclusiones y aprendizajes a los que nos había llegado previamente. A todos nos han hecho alguna pregunta en la vida que nos ha hecho parar y nos ha «abierto los ojos», de estas preguntas estoy hablando aquí, como cuando le preguntan a Edward Norton en American History X: «¿Algo de lo que has hecho ha mejorado tu vida?» Una pregunta que se da en medio de una conversación y que ayuda al protagonista de la película a tomar consciencia de sí mismo.
Una buena conversación nos hace sentirnos mejor, aunque a veces no nos guste lo que encontremos, y son conversaciones en las que las preguntas poderosas tienen un papel destacado. Las preguntas poderosas ponen en el centro a la otra persona: ¿Cómo te sentiste?, ¿Qué necesitas?, ¿Qué podrías hacer diferente? Etc. Las preguntas que no son poderosas acaban siendo preguntas que buscan más el cotilleo que profundizar en la conversación: ¿y qué pasó?, ¿qué te dijo?, ¿dónde fue? Etc. Preguntas de contexto que tienen más que ver con nuestras ganas de tener información que con el acto conversacional y que en muchas ocasiones nos alejan del objetivo principal de la comunicación. Estas son preguntas que se quedan en la superficie y nos distraen.
Otro síntoma de que las preguntas no son de calidad es cuando hacemos preguntas que llevan a tener dos conversaciones en paralelo, esas preguntas que buscan llevar la conversación a tu terreno y así contar tu libro. Todos hemos vivido ese momento en el que en una conversación empezamos una narración en paralelo a la de la otra persona. Esto nos aleja totalmente de la empatía y de la riqueza conversacional.
Aprender a hacer buenas preguntas tiene que ver con dos cuestiones: poner consciencia e intención, salir de nuestra burbuja y conectar realmente con la otra persona. Y por supuesto, hacer buenas preguntas es un tema de práctica, haré mejores preguntas cuantas más veces haya preguntado. Y la importancia de las preguntas no es algo que se me haya ocurrido a mí, ya Sócrates creía que la verdad y el conocimiento podían descubrirse a través del cuestionamiento y la reflexión que este genera. Al formular preguntas, no solo buscaba obtener respuestas, sino también provocar un proceso de pensamiento profundo en sus interlocutores.
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La creatividad, la comunicación y las emociones en el entorno profesional son algunas de las áreas de trabajo de María. Licenciada en Filosofía, especialista en RRHH con más de 20 años de trayectoria como consultora de desarrollo, así como counseller y facilitadora de aprendizaje.
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