Autor y periodista. Publicó, entre otros, los libros Después de las 09:53—AMIA: Cartografía de un atentado (2024), Camino al Este: Crónicas de amor y desamor (2019), Los crímenes de Moisés Ville: Una historia de gauchos y judíos (2013, editado en Estados Unidos como The Murders of Moisés Ville: The Rise and Fall of the Jerusalem of South America) y Sangre joven: Matar y morir antes de la adultez (2009).
Dictó talleres y seminarios de escritura creativa de no ficción, de crónica, de escritura de memorias y de periodismo narrativo en Argentina, México, Perú, Ecuador, Chile, Bolivia, Uruguay, España (Casa América, Universidad de Zaragoza) y Estados Unidos (Yale Journalism Initiative, UMass y más). Presentó su libro The Murders of Moisés Ville en la Universidad de Princeton y en Harvard Coop. Él mismo se formó en clases y talleres con Paul Theroux, Jon Lee Anderson, Martín Caparrós, Leila Guerriero y Julio Villanueva Chang; y estudió la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.
En 2015 ganó el Premio Gabriel García Márquez de la Fundación Gabo por su crónica «Rápido. Furioso. Muerto», publicada en Rolling Stone (Argentina), revista de la que fue editor. Antes, en 2010, había ganado el Premio Rodolfo Walsh a la Mejor Obra de No Ficción en la XXIII Semana Negra de Gijón, España, por su libro Sangre joven.
Sus textos han aparecido en los diarios La Nación y Clarín, y cada sábado publica SIE7E PÁRRAFOS, una newsletter de literatura y cultura pop. Fue corresponsal para Sudamérica del diario El Universal (México) y colaboró con Gatopardo (México), Etiqueta Negra (Perú), Tablet (Estados Unidos), Reportagen (Suiza) y Asymptote (Taiwán). Fue seleccionado en 2014 como parte de “la nueva tradición de la literatura argentina” por la revista Letras Libres (México).
Entrevista al profesor
Decir que «El escritor nace, no se hace», es decir algo que suena bien pero que casi nunca es así. Podemos admitir que, dando vueltas por ahí, hay dos o tres escritores que nacieron, no se hicieron: los genios, los infrecuentes, los que muy pocos conocemos. Los demás, la gran mayoría de los escritores que firman los libros que amamos, tienen oficio y saben que la constancia vence al talento. La crónica, el memoir y el periodismo narrativo son parte de un oficio, y los oficios se aprenden y se ensayan. A escribir se aprende leyendo muchísimo, escribiendo todavía más, y escuchando a algunos otros que ya recorrieron ese camino. Yo he escuchado y sigo escuchando a Leila Guerriero, Julio Villanueva Chang, Martín Caparrós, Paul Theroux y Jon Lee Anderson. Entre otros. Los maestros pueden enseñarte a mirar, a preguntar, a prepararte, a revisar. Eso se puede enseñar. Lo que no sé si se puede enseñar es el deseo, las ganas de escribir y de narrar, la obsesión, el peligro de dejarlo todo en vilo mientras corriges esa página final.
Empecé tarde, con dudas, casi por accidente, como creo que empiezan muchos. Alguien me pidió que diera un taller, lo hice, y descubrí que coordinar una clase o un encuentro de escritores es también una forma de aprender, quizás la más panorámica. Cuando tenés que explicar por qué una crónica funciona o por qué no, necesitás entender lo que hasta entonces era intuitivo porque no necesitaba una explicación. Pero cuando enfrente hay alguien con ganas de aprender, no alcanza con hablarle de la intuición. Así fue que al final coordinar clases o encuentros me hizo un mejor escritor y, sobre todo, uno más curioso respecto de la ingeniería que se activa a la hora de narrar.
Trabajo con los textos concretos de los alumnos, y también con lecturas de referencia. Muchas. Me interesa que cada uno encuentre su propia voz, me interesa acompañar ese crecimiento, ese proceso que a la vez es técnico, artístico, personal y quizás también profesional. Suelo trabajar con textos de Phillip Lopate y Joan Didion, Caparrós y Janet Malcolm, Emmanuel Carrère y James Baldwin, Leila Guerriero y Pico Iyer. Soy muy claro en separar los tres momentos del proceso de escribir una crónica: la mirada inicial sobre el asunto, el trabajo de investigación y la hora de la escritura. Algo fascinante, les digo a quienes van a mis clases o a mis encuentros, es que si uno quita una pieza en un momento del proceso, otra pieza se va a alterar en otro momento. En el proceso de escritura todo está interconectado de una manera inusualmente compleja.
Al comienzo les propongo que empiecen a imaginar los esquemas que pueden construir para sostener mejor sus textos; es decir, las estructuras y, más allá, la fluidez de la lectura. Hacia el final del curso, lo que espero es que hayan desarrollado una mirada analítica sobre su propio trabajo: que puedan volver sobre lo que escribieron y reconocer qué resulta y qué no, sin que yo tenga que señalárselo. La devolución, la crítica, tiene que ser motivadora, no destructiva. No sé si me convence tanto esa palabra: crítica. Creo que prefiero hablar de editar, revisar y corregir antes que de criticar.
Un ambiente de confianza y sinceridad en donde las personas puedan decir cosas como “este párrafo no me termina de cerrar” o como “me parece que esa línea hace que tu texto suene un poco aburrido”, sin que quien lo escribió lo viva como una agresión. Si al mismo tiempo hay un entusiasmo auténtico cuando algo está bien logrado, entonces el taller o la clase alcanza un buen nivel. Los talleres donde todo es elogio no funcionan. Los talleres donde todo se demuele, tampoco.
Que existen muchísimas historias a las que yo no accedería por mi cuenta. Cada participante llega con su propio universo, su territorio, sus fijaciones, y eso ensancha mi forma de mirar. Escribir no es una práctica fija sino una en movimiento: lo que para uno es evidente, para otro es un problema. En ese contraste aparecen matices y formas distintas de leer y de ordenar el material. A veces también surge algo más básico: la conciencia de que cada texto pide sus propias reglas. No hay recetas universales que funcionen siempre. Hay, sí, recetas valiosas que funcionan muchas veces, pero no siempre. En una clase o en un encuentro, los alumnos ofrecen una zona en la que aparecen los obstáculos concretos de escribir no ficción hoy, y las dudas que emergen cuando alguien se enfrenta por primera vez a la arquitectura de una crónica extensa. Esas preguntas me obligan a volver sobre algunas certezas que yo ya consideraba saldadas.
Un buen profesor de escritura no es, necesariamente, el mejor escritor en el grupo. Debería ser alguien que lee con atención lo que otro está intentando hacer y que puede devolver esa lectura de manera clara: no solo señalar qué funciona y qué no, sino explicar por qué y ofrecer un camino posible. La precisión vale mucho. Un buen profesor debería ser alguien honesto pero punzante, exigente pero cuidadoso. Enseñar es también una forma de seguir aprendiendo. Esto es obvio, y a veces se vuelve una frase vacía. En la práctica, lo que esta frase implica es aceptar que las cosas que tenemos en claro no son tantas. Enseñar no es predicar, sino intercambiar palabras e ideas. Es un proceso.
Me interesa trabajar, sobre todo, en dos niveles: la estructura y la escena. En la estructura se juega buena parte del problema en las crónicas largas: cómo se organiza el tiempo, por dónde se entra, cuándo conviene salir, en qué lugar cae la información decisiva. Es un orden y es una forma de construir sentido.
La escena es una de las unidades del periodismo narrativo. Sin escenas, el texto se vuelve abstracto. Aprender a construirlas —a mirar, a elegir detalles, a manejar el ritmo— es lo que permite que una historia respire. A la vez, me importa mucho la mirada. Desde dónde se mira y se cuenta: eso nunca es neutral. Para comprender qué hay en juego detrás de tal o cual texto, vale la pena definir esa posición, entender qué habilita y qué limita.
Con algo de tensión, porque para escribir hace falta tiempo y foco, y para coordinar talleres y clases… hace falta lo mismo. Hay algo que en realidad vuelve complementarios a la acción de escribir y a la de dar clases. Muchas veces se forma un círculo virtuoso.
Tengo muchos autores favoritos. En una época decidí quitarme un peso de encima y responder siempre lo mismo: Emmanuel Carrère, Martín Caparrós. Ahora quiero agregar a Leila Guerriero, Pico Iyer, Bruce Chatwin (fundamental), Joan Didion (fundamental), Gay Talese, Rodolfo Walsh (fundamental), Jorge Luis Borges (fundamental).