Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) es profesora y autora de narrativa. Ha publicado los libros de cuentos Manderley en venta (2008), que obtuvo el Premio de Narración Breve de la Universidad de Zaragoza en 2007 y fue seleccionado en el V premio Setenil, Abierto para fantoches (2008), ganó el XXII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal, Azul ruso (2010), en la Editorial Páginas de Espuma, que también estuvo seleccionado como uno de los candidatos al premio Setenil, y Ni aquí ni en ningún otro lugar (2021), finalista del premio Ribera del Duero. En 2012 publicó su primer libro de microcuentos, Casa de Muñecas, también en la editorial Páginas de Espuma. Ha sido traducida al inglés, al francés, al italiano, al griego y al búlgaro. Coordinó la antología «Gótico Botánico», Impedimenta en 2024. En 2029 se publicó en Contraseña Fondo de armario, una selección de sus columnas periodísticas en Heraldo de Aragón. Una veintena de sus cuentos han sido antologados en volúmenes colectivos como Pequeñas Resistencias 5: Antología del nuevo cuento español (Páginas de Espuma, 2010), Cuento español actual (1992-2012), (Cátedra, 2012) ,En 2017 ganó el Premio Dos Passos con su primera novela, Las madres negras, publicada por Galaxia Gutenberg. En otoño de 2026 publica Extrañas, su quinto libro de cuentos, en Páginas de Espuma.
Entrevista a la profesora
Creo que se debe nacer con una vocación de contar y una necesidad de hacerlo cada vez mejor. No puedes escribir si no sientes como algo inherente a ti, desde siempre, la necesidad de narrar historias, una vez descubres que existen, que las disfrutas al escucharlas o leerlas. Pero junto con la predisposición natural debe aparecer, también, una voluntad de llevar a la práctica esa pasión, de aprender a narrar. No nacemos conociendo las técnicas, nos guía el misterioso afán de inventar ficciones y para lograrlo es fundamental leer y extraer enseñanzas de textos ajenos que podamos aplicar a los nuestros.
Me gusta mucho dar clase, igual que asistir como alumna. Creo que nunca dejo de hacerlo: cuando preparo un tema, en cualquier nivel, dirigido a cualquier grupo de personas, estoy aprendiendo algo, y todavía más cuando imparto ese taller o parte de una asignatura. Nunca me voy de vacío e intento incorporar en la siguiente experiencia aquello que he descubierto. Las aulas respiran una energía, son organismos vivos con los que entablas una relación muchas veces, al menos en mi caso, estimulante.
Empecé a trabajar como docente en el 2008. Me parece una profesión necesaria, me encanta formar parte de la cadena de transmisión de conocimientos, hablar en las aulas de autores y autoras a los que admiro, intentar inculcar mi entusiasmo hacia el lenguaje, el valor de la palabra como instrumento de defensa, como tarjeta de presentación.
Soy muy insistente con el tema de la lectura técnica. En mis talleres indago sobre los gustos del alumnado y procuro recomendar textos que puedan servirles a modo de luz en la ventana. Me gusta que lean desmenuzando cada párrafo, atendiendo a cada elemento del texto. Nada puede pasarse por alto: el título nos da información, muchas veces funciona como señuelo, como tráiler de contenidos. El comienzo, el final, hasta los silencios son elocuentes, funcionales. Hay que saberlo todo de lo que queremos contar, o ir descubriéndolo, caminando un paso por delante de quien nos leerá. Para adquirir esa destreza en el reconocimiento de cada pieza del relato es fundamental un entrenamiento lector, un afán quirúrgico que no pretende desmembrar la belleza y el misterio, sino descifrarlos.
Pido honestidad y perseverancia. Pido que sean autocríticos, que aprendan a cuestionarlo todo y a argumentar cada decisión que toman, que sepan por qué han elegido un adjetivo o el nombre propio de un personaje. Que no se dejen llevar por las emociones ni al leer ni al escribir: hay pocos empachos tan terribles como el que provoca un exceso de sentimentalismo.
Cuando acaba el curso me gusta que hagan balance y señalen aquello que les ha resultado más complejo y aquello que creen que se llevan como enseñanza estrella, como información relevante que va a servirles en lo sucesivo.
Me gusta que nos tomemos las clases como un recreo saludable de la vida adulta. No se viene a un taller a sufrir, a pasar vergüenza, a frustrarse si un texto se atasca, pero escribir no es fácil y no me gusta regalar los oídos, del mismo modo que tampoco me gusta regatear con un elogio. Soy bastante pejiguera en el uso del lenguaje, prohíbo, tal cual, determinadas palabras, las ñoñerías, los lugares comunes… Acabamos riéndonos de los tics lingüísticos que cada cual acarrea, o de aquellas brillantes ideas que acabaron linchadas en el análisis grupal.
Pido colaboración a quienes forman el grupo de alumnos/as , que sean capaces de formar una hermandad en la que se ayuda al compañero o compañera en apuros, se le brindan ideas, se le señalan los puntos positivos y lo mejorable con un espíritu constructivo.