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María José Codes

María José Codes es historiadora del arte y fotógrafa. Máster de Escritura Creativa por la ELDM, es autora de las novelas Los intactos (2017, Pre-Textos) —Premio Juan March de Novela Breve—, La peluca de Franklin (2014, Menoscuarto), Control remoto (2008, Calambur Editorial) —Premio Río Manzanares de novela, finalista del Premio Tigre Juan de novela— y de La azotea, (2009, El Brocense) —Premio Cáceres de novela corta—.

En narrativa breve ha recibido, entre otros, el premio del Club del Libro en Español de las Naciones Unidas, el segundo premio Galileo de relatos de ciencia ficción y el primer accésit de relato de la Semana Negra de Gijón.

Ha publicado relatos breves en varias antologías colectivas como Diodati, la cuna del monstruo (Adeshoras, 2016) Relatos 2 (2012, Tres Rosas Amarillas), Parábola de los talentos, (2007, Gens Ediciones). En ensayo ha publicado: Intriga y suspense. El gancho invisible. Colección guías del escritor (2013, Alba editorial).

Colabora con el Instituto Cervantes de Madrid y escribe para las revistas Ámbito Cultural, Turia, Revista de Letras, El genio maligno y La manzana poética.

Los intactos

Novela
Pre-textos
2017

Más información

Diodati, la cuna del monstruo

Antología
Adeshoras
2016

La peluca de Franklin

Novela
Menoscuarto
2014

Más información

Intriga y suspense. El gancho invisible

Ensayo
Alba Editorial
2013

La azotea

Novela
Institución El Brocense
2009

Control remoto

Novela
Calambur editorial
2008

Entrevista a la profesora

Uno puede tener condiciones innatas para ser escritor y finalmente no serlo. Se puede tener capacidad para observar e interrogarse sobre los demás, por ejemplo, y acabar siendo psicoanalista. Un astrofísico es para mí alguien nacido con aptitudes de poeta. Para desembocar en el oficio de escritor partiendo de un terreno fértil de aptitudes para la escritura, hay todo un proceso que necesariamente pasa por la lectura, por el descubrimiento de los maestros. Entonces lo innato se inocula de lo que Vila-Matas llama el Mal de Montano, la enfermedad de la literatura y la ocupación de nuestra mente por memorias ajenas. Y si el cóctel de lo innato y lo asimilado prospera para peor, siempre rumbo a peor que diría Becket, entonces el proceso cristaliza en escritura y es irreversible. Aceptado el mal como irremediable, el escritor suele tener prisa por aprender a moverse en su medio literario y conocer las técnicas para seguir su propio camino.

Me gusta la enseñanza. He sido profesora de Historia del Arte, de Historia de los libros, de español para extranjeros… Hace dos años, Javier Sagarna, de quien era alumna entonces, me propuso sustituir a una profesora enferma a los tres meses de haber comenzado el curso. Se trataba de un curso virtual de relato avanzado. Acepté sin dudarlo, sospechaba que era otro modo de seguir aprendiendo y no me equivocaba.

En la actualidad somos más de cincuenta profesores en la Escuela, de modo que la pregunta resulta difícil de contestar. Nuestro foro virtual de profesores está abierto veinticuatro horas al día y allí siempre encuentras a alguien charlando. Compartimos problemas pedagógicos o experiencias entrañables con alumnos, nos pasamos artículos, relatos o novelas digitales (los hay con una biblioteca envidiable). Bromeamos y celebramos acontecimientos (un hijo, una publicación, un premio…). Nos mandamos fotos y enlaces. Y así, poco a poco, intervención a intervención nos vamos conociendo y tomando cariño. A veces pueden transcurrir meses hasta que nos vemos físicamente, pero entonces, cuando estamos cara a cara, se produce un fenómeno extraño, te sientes locuaz y a gusto, entre verdaderos amigos.

Me siento totalmente libre. Javier Sagarna, nuestro director (maestro y amigo), me dio un consejo al empezar: «sé tú misma». Creo que sus palabras expresan con claridad la filosofía de la Escuela en este sentido. Peculiaridades de mi metodología… Se me ocurre, por los comentarios de mis alumnos, que soy muy meticulosa. Cuando recibo un relato o un capítulo de una novela (ortografía aparte), me pongo el mono y lo desmonto todo con cuidado, investigo pieza a pieza, busco que el resultado sea un todo armonioso y hermético. Para eso hay que deshacerse de lo que sobra, pulir lo necesario y a veces fabricar lo que falta. Me siento como un inspector hueso de la ITV. Es fácil que diga aquello de: «buen intento, pero no ha colado», naturalmente siempre dicho con respeto y buen humor. Tampoco escatimo los elogios y las ovaciones cuando reconozco un buen trabajo.

No pido nada en absoluto. No soy yo la que debe hacerlo. Me limito a avisar de las buenas noticias, de lo que puede sobrevenirles si su grado de compromiso es suficiente: una obsesión fabulosa que solo comprenden aquellos en tu misma situación. Los que tenemos una novela entre manos, somos muy solidarios y entregados entre nosotros. Si un compañero se encuentra ante un problema narrativo, se convierte en el problema de todos de un modo natural, por eso todos intentaremos dar con la solución. Somos generosos con nuestras ideas cuando formamos un equipo.

Para mí lo esencial es el respeto entre todos. Respeto al trabajo, al tiempo y a las opiniones de los demás. Me gustan la calma y las conversaciones tranquilas. No soporto algunos ambientes de crispación que he visto en otros foros, no va conmigo.

Se aprende de todo lo que te obliga a reflexionar. Por y para mis alumnos me esfuerzo por investigar lo que debo transmitir, lo que acaba por redundar también en mis escritos. Enseñando me hago más crítica con mis propios textos, lo que es una gran ventaja. Es como un círculo que se cierra: Enseño como profesor lo que he aprendido antes como alumno y porque sigo aprendiendo con mis alumnos, puedo seguir enseñando y enseñándome. ¿Me he liado?

El profesor no es más que otro escritor avanzado dispuesto a pasar el testigo de lo que ya sabe. Por eso creo que es imprescindible ser generoso con lo recibido y ponerlo a disposición del que quiera aprenderlo. Y desde luego ser honesto para lo bueno y para lo malo, es la única forma de que confíen en ti.

En lo que se lee entre líneas. Me gusta ir un paso más allá de lo que tengo ante mis ojos, buscar la manera sutil de expresar algo demoledor.

Publicar es imprescindible para un escritor y los premios son una forma de conseguirlo, aunque no la única, claro. Detesto, sin embargo, la actitud de los profesionales de los concursos, me parecen jugadores compulsivos que acaban escribiendo para concursar.

Las compagino sin mayor problema que el de la falta de tiempo. Por lo demás, soy capaz de concentrarme en las novelas de otros y luego regresar a la mía. De hecho, me gusta. Es como visitar jardines ajenos y tomarse un té con cada anfitrión, para luego quitarte los zapatos y acomodarte en tu propia casa.

He tenido y tengo muchísimos escritores favoritos, pero naturalmente lo que admiro de ellos es el impacto que me produjeron sus obras en algún momento de mi vida, así te puedo mencionar obras tan dispares como: La metamorfosis de Kafka, Los niños terribles de Cocteau, La montaña mágica de Mann, Antagonía de L. Goytisolo, el Rojo y negro de Stendhal, Werther de Goethe, Los novios de Manzoni, Berlín Alexanderplatzde Döblin, Entre dos palacios de Naguib Mahfud, Las Olas de Woolf, Las memorias de Adriano de Yourcenar, El amante de Duras, Bajo el volcán de Lowry, Sed de amor de Mishima… y muchísimos más: Lovecraft, Bradbury, Meyrink, Conrad, Camus, Flaubert, Zola, Steinbeck, Amis, McEwan… También Dante, Homero, Virgilio, Platón… Esta pregunta es una trampa, cuantos más autores nombro, más siento que dejo atrás una infinidad sin nombrar…Acabo de terminar tres magníficos libros de relato de mis compañeros que simultaneaba: Los cuentos de amor ya no se llevan de I. Cañelles, Oficios de J.C. Márquez y Sicilia, Invierno de I. Ferrando. Ahora leo (entre otros) Finalmusik de Justo Navarro.

Mi mirada es la misma, curiosa e impresionable. Tal vez sea al revés, es decir, que a causa de ella me interesen tanto la fotografía como la literatura. La que no mira igual es la cámara. Ese artilugio, con sus ópticas, zoom, flash, temporizadores, etc. es capaz de convertir en extraordinario aquello en lo que no reparas por resultar demasiado familiar. La fotografía es otra obsesión mía de la que prefiero no hablar ahora, corro el riesgo de extenderme demasiado.

Gracias a los premios, dos de mis novelas salen a la luz. Control Remoto (X Premio Río Manzanares) acaba de ser publicada en la editorial Calambur. Trata de una mujer que ha establecido una relación «clandestina» con la esposa de su amante. La novela transcurre un mes de agosto, cuando la protagonista espera, como Penélope, el regreso de su amante, de vacaciones con su familia. Se comunicará con ambos (el amante y su mujer) a través de dos teléfonos móviles y tejerá y destejerá pensamientos contradictorios durante la espera. También en unos meses, la Institución El Brocense de la Diputación de Cáceres publicará La azotea, una narración en primera persona contada por una niña de nueve años. ¡Qué puedo decir! Estoy contentísima. Te confieso que más de una vez me sentí desanimada viendo cómo se me acumulaban los escritos en el cajón. Por suerte estas cosas maravillosas suceden, hay que tener paciencia y seguir trabajando. Por lo demás, mi manera de abordar cada novela sigue siendo la misma, en ese sentido nada ha cambiado, la página de Word sigue mostrándose igual de vacía cuando tengo que empezar otro capítulo. Pero al mismo tiempo, la pasión por desentrañar cada historia es exactamente la misma que sentía cuando escribí la primera novela.

María José Codes
Profesora de:
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