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María Gómez Lara

María Gómez Lara ha publicado los poemarios Después del horizonte (2012), Contratono (Visor, 2015) y El lugar de las palabras (Pre-Textos, 2020).

Contratono mereció el XXVII Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe a la Creación Joven, e incluye un prólogo de Ida Vitale. Además, fue traducido al portugués por el poeta Nuno Júdice bajo el título Nó de sombras (2015). Algunos de sus poemas también han sido traducidos al italiano, al inglés, al chino y al árabe y han aparecido, tanto en español como en ediciones bilingües, en distintos medios de Latinoamérica y España y en numerosas antologías de poesía colombiana y latinoamericana.

Ha sido profesora de literatura y de creación literaria en distintas universidades. En la Universidad de Harvard ha impartido cursos de lengua y literatura latinoamericana. En la Universidad de los Andes ha enseñado el taller de poesía que hace parte de la opción en creación literaria que ofrece la Facultad de artes y humanidades. En la Universidad Complutense de Madrid ha enseñado clases tanto de lengua inglesa como de literatura, especialmente de poesía escrita por mujeres a partir de un panorama de la literatura española y latinoamericana visto desde un enfoque de género.

Estudió literatura en la Universidad de los Andes en Bogotá. Tiene una maestría en escritura creativa en español de la Universidad de Nueva York y otra en literaturas y lenguas romances de la Universidad de Harvard. Es doctora en poesía latinoamericana por la Universidad de Harvard.

El lugar de las palabras

Poesía
Pre-textos
2020

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Contratono

Poesía
Visor
2015

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Entrevista al profesor / Entrevista a la profesora

La escritura, como cualquier otro oficio, tiene un componente importante de práctica, de técnica, de desarrollo de ciertas habilidades que pueden resultarle útiles al escritor o escritora, como una caja de herramientas para tener a su disposición. Creo que eso sí se puede aprender y enseñar, pero no en sentido vertical sino horizontal: desde el diálogo.

Empecé a impartir clases durante el doctorado y me di cuenta de que es una labor que disfruto enormemente, pues aprendo de los estudiantes en cada clase. Creo que el conocimiento es algo colectivo, que podemos construir juntas. Enseñar es aprender. Lo más valioso para mí de mi labor como profesora es que he descubierto que el amor se contagia. Por eso me emociona tanto cuando veo que mi amor por la poesía les llega a mis estudiantes, que les resuena esa fascinación que yo tengo por cada verso, por la musicalidad, por las imágenes que nos arrastran, por la forma única como una sílaba se acomoda junto a la otra.

Creo que en los talleres se pueden generar espacios muy propicios para la creatividad, para escribir y también para leer como escritores, con la curiosidad de quién abre el mecanismo de un reloj para entender su funcionamiento. Además de la escritura y de la dinámica común a los talleres, intento hacer énfasis en la lectura de poetas con registros muy distintos, de manera que los estudiantes nutran su propia escritura también desde la exploración de una variedad amplia de poéticas.

Cuando empieza el curso les pido a los estudiantes que traigan sus cuadernos, o que cuenten un poco en la clase sobre sus costumbres de escritura. También les pido que piensen en un proyecto, es decir, no solamente en poemas sino en un posible conjunto. Y, al terminar la clase, les pido que tengan un avance de ese conjunto. Les propongo que se dejen llevar por su proyecto, es decir, que lo reformulen si hace falta, que cambien de camino si eso es lo que los poemas necesitan. La exigencia creo que la traen los estudiantes, es decir, para mí lo más importante es que cada uno esté comprometido con su escritura y que tenga la voluntad de explorarla y de aprender del trabajo de los demás.

Para mí es muy importante que en mis grupos haya un clima de respeto por el trabajo de los demás. Por eso, desde el comienzo del curso se establecen unas reglas de empatía y cuidado, de manera que las críticas sean dirigidas a los textos y no a las personas. Me interesa que los  estudiantes aprendan a ser buenos críticos tanto de su propio trabajo como del de los compañeros, que sepan aproximarse a un texto con fundamento y criterio, con la disposición para oír lo que el texto necesita.

Mi parte preferida del oficio de profesora es todo lo que aprendo de los alumnos y las alumnas. Me enseñan sobre todo a seguir haciéndome preguntas, a no pensar que he llegado a una respuesta unívoca. También me enseñan a leer los textos que ya he leído de maneras nuevas, y a encontrarme con nuevos autores y autoras.

Creo que lo más importante es la apertura y la habilidad de escucha. Es decir, un buen profesor de escritura debe tener la intuición para oír las voces que están buscando sus estudiantes, para oír sus tonos y modulaciones, para oír sus posibilidades y así poder estimularlas con lecturas y ejercicios para que lleguen aún más lejos. Creo que un buen profesor de escritura es capaz de identificar las poéticas distintas que sus estudiantes persiguen y de potenciarlas en sus particularidades en vez de acercarlas a la propia.

Para mí lo más importante es profundizar en las habilidades de lectura de poesía, pues creo que es un género con frecuencia menos leído, tal vez desde el prejuicio erróneo de que es difícil, o de que necesita entenderse de una determinada forma. Para mí es fundamental que los estudiantes se acerquen lo más posible a la lógica de la poesía, que se apropien de ella, que les sean muy familiares las maneras como un poema logra que las palabras canten y nos conmuevan.

Creo que ser profesora de literatura y de creación literaria es la ocupación perfecta para compaginarla con mi propio trabajo creativo porque, por un lado, me parece que la mejor manera de pulir la propia escritura es leyendo; y estar preparando clases me permite reencontrarme constantemente con mis autores preferidos y descubrir nuevas lecturas para traer a las clases. Y, por otro, el estar proponiendo ejercicios creativos que estimulen a los estudiantes a adentrarse en la práctica de la escritura también es una manera de mantener fresca mi práctica, de probar nuevas posibilidades, nuevos tonos de mi propia voz. Además, el contacto permanente con las estudiantes me da la oportunidad de aprender de ellas, de explorar nuevas aproximaciones a la poesía, y eso también me resulta muy enriquecedor para trabajar en mis libros.

Es muy difícil elegir, pero una de mis poetas preferidas es Emily Dickinson. Me conmueve su sutileza: su manera de nombrar alrededor de las cosas, su escucha del murmullo de la poesía, del dolor, de la muerte, sus imágenes tan elocuentes, su trabajo con el silencio, con la musicalidad del verso, su puntación tan extraña que crea un ritmo que es sólo suyo. La poesía de Dickinson me acompaña siempre.

 

Ahora estoy leyendo The Beauty of the Husband, de Anne Carson.

Un minuto de poesía con María Gómez Lara

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'Frida Kahlo' / El País

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