Escritora madrileña. Publicó el libro Televisión (Caballo de Troya, 2017), que narraba el final del trabajo digno y el nacimiento de la precariedad laboral. Su segunda novela, Los Erasmus (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2023), habla de la renta básica universal en la Europa previa a la crisis económica de 2008, y de la libertad de ser una joven estudiante en Alemania durante ese tiempo. Tiene publicado un poemario anterior, La habitación del agua (Baile del Sol, 2014), y dos obras de teatro por encargo del TNT de Sevilla; Despertamos, que fue parte de un proyecto europeo, y una versión de La dama de las Camelias, estrenada en el Lope de Vega de Sevilla.
Se ha formado en cursos de la Escuela de Escritores con Ángel Zapata, Marcelo Luján y Elvira Navarro, y en otras instituciones, en materias como la dramaturgia o el guion, con maestros como José Sanchís Sinisterra, Darío Facal, Antonio Jiménez Morato, Eloy Tizón, Lara Moreno, Ray Loriga, Patricio Pron o Adolfo Simón. Actualmente desarrolla la mayor parte de su trabajo creativo en el ámbito de la narrativa.
Después de asistir a talleres durante años, comenzó a impartir un curso de escritura enfocado en construir y recuperar la memoria de algunos pueblos en Galicia, gracias a una beca de los fondos de la UE para el fomento de la cultura en el rural. Colabora en la revista Cuadernos Hispanoamericanos y República de las Letras, la revista de la ACE. Es Licenciada en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid, obteniendo una beca Erasmus en la Universidad de Leipzig. Trabajó durante quince años en Telemadrid.
Entrevista a la profesora
Pienso la escritura en términos de necesidad; la escritora o el escritor lo son pese a todo, escriben porque necesitan hacerlo, salvando incluso su propia resistencia, porque es un trabajo duro. Pero también lo pienso en términos gozosos. Diría que hay una inclinación natural y una voluntad, y que el aprendizaje (también desde la enseñanza) es ilimitado: a escribir se aprende toda la vida y en ese sentido me parece deseable, en ocasiones, hacerlo acompañado. Podemos encontrar muy buenos profesores en los talleres y, por supuesto, están las lecturas, a las que a menudo llegamos gracias a esos maestros. Se puede enseñar muchísimo sobre escritura.
Mi labor como profesora está ligada a mi formación, en esta escuela y otras. Desde que entré en la universidad, me fui apuntando a cursos de guion, dramaturgia, teoría y crítica literaria, técnicas del cuento, géneros literarios, escritura creativa, charlas magistrales…, durante más de diez años. He tenido profesores muy valiosos en todo este recorrido, que me han acercado a lecturas, modos de analizar y corregir mis propios textos, para poder después leer adecuada y profundamente los de los demás, concebir múltiples posibilidades de la creación literaria a partir de encontrar un estilo, una voz, unas inquietudes literarias, unos temas, unas capacidades y unas limitaciones, lo que con el tiempo ha dado lugar a mi propia escritura. Comencé a dar clases cuando ya había publicado dos novelas y sentía que podía aportar algo por lo que yo había transitado antes.
Soy partidaria de establecer unas pautas, acotar un marco teórico, con unas lecturas en las que apoyarse (la relectura y el análisis de los textos que son espejos, la defensa férrea de la copia) y al mismo tiempo probar, explorar nuevos terrenos, incomodarse, arriesgarse… Los ejercicios prácticos son oportunidades únicas para perderle miedo al folio en blanco y para el error, que está en la base de toda libertad creativa. Se buscan que sean además ejercicios que estimulen y ofrezcan posibilidades dentro del espacio generado en el taller, para que el alumno pueda desarrollarse, asentar conocimientos y descubrir algo de su propio estilo e inclinaciones.
Que confíen en la propuesta como un viaje, sin requerimientos previos más allá de las ganas de compartir un espacio y una inquietud por el tema planteado. A partir de ahí, me gustaría que vayan haciendo su propio recorrido a medida que leamos, debatamos, escribamos y pongamos en común los textos. Mi exigencia es alta, dentro de las limitaciones de espacio/tiempo del taller, en cuanto a abordar el contenido propuesto y al análisis de los textos de los alumnos.
Me gusta estar abierta al diálogo dentro de una estructura pensada para abarcar el contenido inicial. Todo lo que se genera después dentro del grupo a partir de ideas, sensaciones y experiencias personales, me parece sumamente enriquecedor para el trabajo de escritura con los alumnos.
Su participación es fundamental en el desarrollo del taller. Primero por la sabiduría que desprenden los comentarios a la hora de analizar los textos de los compañeros en las lecturas. Pero también me he encontrado textos brillantes escritos en estado de gracia (y eso es algo que me hace creer en este tipo de espacios que fomentan la libertad creativa de la que hablaba, que pueden ser muy inspiradores). Al profesor le aportan muchísimo los alumnos, es algo que no se puede medir. En el espacio del taller, que es el de los alumnos, se encuentran hallazgos que te acompañan largo tiempo.
Dada la gran oferta de talleres que hay, las características del curso pueden dar algunas pistas sobre lo que cada profesor puede aportar al alumno. Es interesante tenerlo en cuenta a la hora de elegir el taller al que apuntarnos. Dentro de toda esa diversidad, lo importante es que el profesor dé lo mejor de sí: una energía, unos conocimientos, un método más o menos didáctico, unas técnicas, un gusto literario, una corriente literaria por la que decida regirse, lo que sea. Me parece importante ser consciente de a qué taller y con qué profesor te estás apuntando para que tenga sentido para el alumno, que se sienta ubicado en ese espacio (un buen profesor es capaz de generar ese espacio para el conjunto) y pueda aprender y disfrutar del taller.
Me gusta ir al fondo en el análisis de los fragmentos de lectura que planteemos, tanto los textos de los alumnos como los autores propuestos para llevar a cabo el taller, ya que estos nos aportarán a su vez nuevas claves de lectura y escritura aplicables a los propios textos.
Una se retroalimenta de la otra. La labor docente me deja mucha libertad y me permite revisitar textos desde otra perspectiva, pensarlos para otras personas, lo que supone un esfuerzo añadido y un análisis más profundo. Del mismo modo, el estar en contacto con quienes a su vez están haciendo una labor creativa me enriquece, por la conversación que se genera en torno a los textos, y me da aliento para afrontar mi propia escritura.
Partiendo de que es una pregunta imposible porque a cada momento elegiría uno distinto, tal vez ahora me quedaría con César Aira, escritor que parece contener una multiplicidad en sí mismo. Tiene más de cien novelitas y una imaginación desbordada, todas amenas, inteligentes y puramente literarias, así que parece un buen candidato ante la voracidad lectora. Hoy, que ya no será cuando alguien llegue a estas líneas, estoy disfrutando del último libro que publicó Truman Capote, Música para camaleones, que es una maravilla.