Licenciado en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra y en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Ha asistido a cursos oficiales en la Universidad de Salamanca, en la Universidad Complutense de Madrid, y ha cursado el máster Recerca de les Humanitats en la Universitat de Girona (su tesina lleva por título La estilística de Dámaso Alonso, Amado Alonso y Carlos Bousoño. Una aproximación a sus teorías de la expresión poética).
Es autor, junto a Javier Aparicio Maydeu, de la colección de aforismos calderonianos Jardín Paremiológico (Edhasa, 2000) y ha publicado la biografía Calderón en tres jornadas, en Estudios sobre Calderón (Istmo, 2000).
Es autor de la novela Reino vegetal (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2023), que obtuvo la mención especial en la 45.ª edición del Premio Literario Kutxa Ciudad de Irún.
También es autor del volumen de relatos El bozal (Ya lo dijo Casimiro Parker, 2025), ganador del segundo premio en el concurso literario de la Fundación El Libro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2025, y finalista del Premio Setenil 2025 al mejor libro de relatos publicado en España.
Ha resultado ganador del Premio de Novela Café Gijón 2025 con su novela inédita Las crines, publicada en enero de 2026 la editorial Siruela.
Publica relatos de ficción en la revista Zenda.
Vive en L’Escala (Girona).
Entrevista al profesor
La pregunta sobre el supuesto «destino» del escritor esconde una trampa fundamental, dejar el trabajo y la dedicación en un segundo término, confiar en un talento innato. Y ese primer peligro esconde otro: la dejación de la técnica, del propio proceso de escritura, como si existiera algo más, una varita mágica que nos ha tocado o que nos puede tocar. Todo libro se compone, finalmente, de palabras. No existe la «vida de escritor». Lo que existen son los libros. Y hay que aprender a escribirlos.
No me gusta la palabra exigencia. Implica llevar las cosas a un extremo inalcanzable, forzar algo, la propia creatividad o la capacidad interpretativa. De lo que se trata, en realidad, es de ofrecer, de proponer, y cada alumno o alumna hará lo que quiera o lo que pueda con todo eso, con los materiales propuestos, con sus propios textos.
Cumplir con las actividades propuestas y con la voluntad de compartirlas. No les pido nada más.
El mero hecho de matricularse en un curso implica ya un interés. Y yo lo doy por sentado.
De respeto. Cada persona llega con un bagaje particular, con unas lecturas, con unas inclinaciones, con unos propósitos. Cada alumno desplegará, además, sus habilidades, su modo de contemplar el mundo, de reducirlo a palabras. Todo escritor habita su propia subjetividad y maneja unas técnicas determinadas. El respeto —ante los textos— es una buena herramienta para poder compartir los trabajos, para aprender, para escuchar.
En las marcas de estilo, en el modo —o los distintos modos— en que un escritor es capaz de plasmar en el texto su huella anímica. La técnica, en la escritura literaria, no sirve para comunicar -realmente-, sino para generar la ilusión de la comunicación. Y esa ilusión se consigue, en el mejor de los casos desarrollando el dominio de algunos recursos, un cierto estilo, un trazo particular.
Los textos —los que leo, los propongo en los cursos o los que escribo— forman, finalmente, una especie de texto mayor, una maraña de palabras y significados que se nutren mutuamente, que se acompañan. Cuando uno escribe lo hace al dictado de todo lo que ha leído, de los textos de sus maestros, de sus alumnos, y de todo lo que ha escrito con anterioridad. Todo texto se sustenta en una especie de sustrato inconsciente.
No tengo «un» escritor favorito, pero sí existen ciertos autores a los que recurro frecuentemente. Son autores a los que me aproximo con renovado interés, como si sus páginas —las mismas, las de siempre— revivieran en cada lectura. La nómina es extraña, casi aleatoria. Calderón, Machado, Borges, Marta Sanz…