Escritora, periodista y editora boliviana-venezolana, es autora del libro de entrevistas Mujeres de Costado (2010); de la novela El sonido de la H, Premio Nacional de Novela 2014 (Bolivia); y de los libros de cuentos La composición de la sal, Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez (2015), y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, finalista del VI Premio Ribera del Duero-Páginas de Espuma en España (2020). Solo vuelo en tu caída (nouvelle), ilustrada por la artista Alejandra Alarcón, fue publicada en Argentina en 2023. Es directora y coautora del libreto de la ópera de cámara Matilde en las ojeras de la noche (2023). Su obra ha sido traducida al inglés, al portugués y al árabe. Recibió el premio Anna Seghers 2021. Es codirectora de la Editorial Mantis, especializada en publicar la obra de escritoras hispanoamericanas. Es doctora en literatura latinoamericana de la Universidad de Oregón (EEUU). También es fundadora del Programa de Escritura creativa de la Universidad Privada de Santa Cruz (Bolivia), donde también enseña.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

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Relato
2024

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Solo vuelo en tu caída

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Novela
2023

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Odelia

La composición de la sal

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Relato
2010

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Navona

Entrevista a la profesora

«El escritor nace, no se hace» es una frase hecha que, lejos de complejizar la cuestión de la creación, la banaliza, la elitiza y la reduce a una mera posibilidad genética. Aunque se trata de una consideración muy elemental sobre la escritura, sigue generando controversia. Llama la atención cómo incluso se tiende a separar la escritura de otras artes que se enseñan sin pudor ni complejos.

Dicho esto, en mi opinión, hay una parte de la escritura literaria que puede aprenderse y enseñarse, y otra que pertenece al orden del misterio; no porque ser escritor sea un asunto de elegidos, sino porque se trata de extraer algo de «adentro» hacia «afuera», dicho de un modo simple. Esa transmutación o «transubstanciación», para ser más atrevida, cada quien la realiza como puede. Con esta premisa, creo que los talleres de creación generan las condiciones para motivar, entrenar y, muchas veces, posibilitar esa búsqueda trascendente.

Tengo más de 15 años de experiencia enseñando escritura creativa. He dictado talleres en Bolivia, Colombia, España, México y Estados Unidos, pero todo comenzó motivado por la carencia. Vivo en un país con una sola facultad de literatura, ubicada en La Paz. En mi ciudad no existen carreras de humanidades: no hay literatura, pero tampoco filosofía, antropología, historia ni sociología. Ante esa aridez, hace 13 años decidí crear el primer programa de escritura creativa de Bolivia, en la Universidad Privada de Santa Cruz, que desde sus inicios mantiene un vínculo con la Escuela de Escritores de Madrid.

Me gusta pensar mis talleres como laboratorios creativos donde la unidad de experimentación es el lenguaje. Estoy convencida de que, más allá de la intuición y del carácter “inasible” del arte, la creación es un proceso profundamente reflexivo y crítico que puede desarrollarse.

A menudo se compara la escritura con un oficio —una carpintería—, lo que nos lleva a pensar en técnica, herramientas, repetición e incluso en la destreza que surge de la práctica y la imitación. Aunque la metáfora es útil, no alcanza a expresar la totalidad del proceso creativo. Escribir no es solo armar o desarmar textos, no es únicamente frasear o tramar. Es también un viaje intelectual y emocional, algo que se piensa y se siente, pero también un salto hacia lo desconocido (una «epistemología de no saber», como dice María Negroni).

Para habitar esa episteme, habilito la técnica como herramienta para trascender la propia técnica; coloco la lectura como centro y motor del ejercicio creativo; ofrezco estímulos y disparadores de la sensibilidad y de la mirada; propongo el ensayo y el error como instancias reveladoras del aprendizaje y, sobre todo, trabajo con los distintos desafíos escriturales que surgen alrededor de una idea.

Que piensen el taller no como un punto de culminación, sino como un punto de partida: un espacio para explorar la curiosidad, experimentar con el texto y reflexionar sobre los desafíos y las posibilidades narrativas desde distintos ángulos (crítico, poético, filosófico, político). Sin atajos ni dogmas.

Que cada quien se sienta cómodo consigo mismo y se brinde a los demás. Trabajamos con el texto: ese es el objeto de la discusión. Nada es personal en cuanto a las devoluciones, pero todo lo es en cuanto a la escritura. Me interesa conocer cada sensibilidad y que el taller sea un espacio que conmueva. Escribir es un acto íntimo, y el taller debe garantizar respeto.

Todo: a enseñar, a escuchar, a mirar, a leer. Enseñar es conectar. Si no existe el camino de ida y vuelta, no hay enseñanza.

Debe saber leer y escuchar, sin prejuicios ni dogmas. Orientar la búsqueda de cada quien, no replicarse como un espejo en sus alumnos. Enseñar a leer, leer cada vez mejor. Me viene la palabra «iconoclasta».

Todo el desarrollo de la inteligencia artificial abre un sinfín de preguntas y posibilidades. Es un área en la que me interesa profundizar.

Están entrelazadas todo el tiempo. Lo que investigo académicamente termina mezclándose en mi escritura y nutriendo mis clases.

Borges es un talismán para mí: siempre me impresiona el milagro, la belleza y la precisión de su lenguaje y pensamiento. Muy cerca de él, leo a María Negroni, con fascinación y siempre con lápiz y papel en la mano. Otra raza de poeta-pensadora es Cristina Rivera Garza, a quien también sigo de cerca. En este momento estoy leyendo a Giuseppe Caputo (La frontera encantada), junto con El beso de Kathryn Harrison y los poemas de Raúl Gómez Jattin.

Magela Baudoin, profesora de Escuela de Escritores -IMG570, fotografía de Robert Brockmann
Robert Brockmann

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