Escritor, periodista, músico, fotógrafo y artista plástico. Es autor de los ensayos Diez maneras de amar a Lana Del Rey (Liburuak, 2022), Santos y francotiradores (66RPM, 2016) y El puño y la letra (66RPM, 2013), en los cuales, desde distintos ángulos, explora la relación entre música y literatura y la creación de mitologías modernas dentro del espacio de la cultura pop contemporánea.
Licenciado en derecho, cursó posteriormente el máster de periodismo de El País/UAM, en 2001, y desde entonces ha escrito para medios tan diversos como Ruta 66, El Confidencial, Eldiario.es, Nuebo, Rock I+D, Revista Paco (Argentina), Perfect Sound Forever (EE.UU), Fiat Lux, FronteraD, Arraianos, La Razón, etc, llevando a cabo una intensiva labor periodística centrada principalmente en el ámbito cultural y sociológico. Fue fundador de las revistas Kaput y Karate Press, y en su trabajo como docente ha impartido cursos sobre temas diversos, como la relación entre mito y poesía, la figura de Bob Dylan o la pervivencia de arquetipos mitológicos en la música underground contemporánea.
En el ámbito musical, aparte de su recorrido como crítico, ha editado numerosos discos durante los últimos quince años, derivando progresivamente desde el rock & roll hacia un mapa sonoro de cariz más experimental. Actualmente mantiene los proyectos de grabación Broke Lord y Digital Mother, en los que ejerce como compositor, bajista y cantante.
Entrevista al profesor
La narración de historias es inherente al ser humano, pero la escritura es una tecnología. Si es justo reconocer que nacemos insertos en una narrativa general y en un cuerpo social que se comunica y construye sus identidades a través de historias (de ficciones), también es justo reconocer que nadie nace per se dentro de una tecnología, que esa tecnología se aprende, y que su complejidad hace que podamos seguir “aprendiéndola” durante toda nuestra vida. Tanto leer como escribir son disciplinas profundas y con muchos niveles. El escritor, por tanto, en mi opinión, es un ser especialmente capacitado para (o motivado por) la esencial tendencia humana a contar historias, pero condenado a un camino de perfeccionamiento que lo convierta finalmente en un creador verdadero, logrado. En ese camino, principalmente experiencial, no reglado, muchos descubrimientos los hará por cuenta propia, pero algunos otros pueden ser enseñados, comunicados. La enseñanza, entendida como debate e intercambio, puede ser útil, aunque no puede sustituir el trabajo personal y la curiosidad esencial que se requieren para ser escritor.
Si se piensa, tanto el trabajo de periodista como el ensayo en tanto género (yo he cultivado ambos) tienen mucho de investigación y de docencia. Veo la docencia como una manifestación más de una pulsión creadora, que se retroalimenta con los otros aspectos de esa vía. Entiendo también la (mi) docencia como un intento de disolución de la autoridad y un camino hacia un estadio horizontal de intercambio de experiencias. Identificar y tratar de evitar los defectos endémicos de los sistemas educativos previos, en los que nos hemos criado, es un primer paso. Tratar de involucrar a los participantes en un diálogo fértil sería el segundo. Caminar hacia una praxis colectiva y una comprensión de lo creativo como un todo múltiple y no parcelado, que abarca la vida, sería el tercero. Creo que se puede ir hacia ese lugar compartido desde la aparente modestia de cualquier disciplina dada.
Creo que lo que se requiere de un alumno es lo mismo que se requiere de un profesor: un compromiso con el viaje que se intenta hacer. Más allá de eso el nivel de exigencia es una imposición personal de cada uno, aunque es obvio que un intercambio grupal fluido traerá un mayor caudal de ideas compartidas y, de modo natural, un mayor interés de todos los participantes por profundizar en una materia y dar lo mejor de sí como escritores.
Creo que el clima ideal es el de un grupo de trabajo entre iguales (con distintas capacidades, procedencias y cualificaciones, pero iguales). La intensidad del trabajo no debe eliminar el humor y el placer de investigar una pasión común.
A menudo cuando he impartido un curso he pensado que quien salía más enriquecido de él era yo mismo, o que al menos obtenía tanto como cualquiera de los alumnos. La divergencia de opiniones y su puesta en común es una riqueza en sí. Dando clase, curiosamente, he aprendido también a escuchar más y mejor.
Conocimiento del tema, claridad de exposición, capacidad de motivar a los demás a la escritura, de desafiar los métodos preestablecidos, de convertir un monólogo en una conversación, de valorar las particularidades que distinguen a cada alumno y lo hacen único.
Dado que gran parte de mis conocimientos son autodidactas y provienen de la experiencia de campo en diversos ámbitos, siempre he considerado importante desarrollar una capacidad para la inter-relación de datos y experiencias que provengan de orígenes diversos. Creo sinceramente que la era de los conocimientos exhaustivos y parcelados ha sido superada. Por otro lado, una parte importante de mi trabajo contempla la cultura contemporánea como una parte de la mitología, y a la ficción como una ampliación de la realidad. Esos son dos caminos que me han resultado fructíferos y desde los que me gusta desarrollar otras teorías. Para mí el hombre es ficción en acción, es decir, una búsqueda práctica, no teórica, de la verdad.
No considero que el campo de la creación esté parcelado en compartimentos estancos y distintos a los de la docencia u otros aspectos de la vida. Desde mi punto de vista, creación, experimentación, docencia… son manifestaciones de un mismo proceso vital, y, aunque distintas, están unas intervenidas y polucionadas por las otras. Por tanto, siempre estoy creando, igual cuando hago un poema que cuando imparto un curso o hago una reseña. Todo está interconectado.
No creo que casi nadie que escriba en serio tenga solamente un escritor favorito. Siempre tengo muchos libros abiertos al tiempo (no sé si es un buen hábito, pero es inevitable en mí). Ahora mismo estoy releyendo por tercera o cuarta vez (soy mejor relector que lector) Carta breve para un largo adiós, de Peter Handke, una «road movie» atípica que habla sobre la necesidad de transformación, la identidad y el lugar físico y mental necesario para que esta pueda mutar.